Trump carga contra Starmer por no participar en el ataque a Irán: “La relación especial de nuestros países ya no es lo que era” | Internacional

Trump carga contra Starmer por no participar en el ataque a Irán: “La relación especial de nuestros países ya no es lo que era” | Internacional

Alguna prensa británica lo ha bautizado como el “momento Love Actually” de Keir Starmer, aquella escena de la comedia romántica de obligatoria reposición cada Navidad en la que el primer ministro británico, representado por Hugh Grant, planta cara en una rueda de prensa, para regocijo de sus asesores, los periodistas y el público, al matonismo del presidente estadounidense, que reacciona con desagradable sorpresa ante la rebelión de su tradicional aliado.

Donald Trump está irritado porque Starmer ―su amigo, su cómplice, un “buen tipo”, como lo llegó a definir― ha dicho que el ataque concertado de Estados Unidos e Israel contra Irán es ilegal, y lo que es peor, poco eficaz, porque “no se cambia un régimen político desde los aires”.

Trump no ha tardado en ventilar su ira, en una entrevista telefónica con el diario The Sun. “[Starmer] No ha ayudado mucho. Nunca pensé que diría esto. Nunca pensé que vería esto del Reino Unido. Francia, por ejemplo, ha estado fantástica. Todos han estado fantásticos. El Reino Unido se ha comportado de modo muy diferente”, se quejaba el estadounidense.

Lo cierto es que la reacción del Gobierno británico ha estado completamente acompasada con la de aliados tan importantes como Francia y Alemania. Los tres países (E3) respondieron el fin de semana con una declaración conjunta, para evitar discordancias. No participarían en los ataques contra Irán, dijeron, pero pondrían sus efectivos militares a disposición de cualquier estrategia defensiva en la zona, para proteger sus propios intereses nacionales y los de sus aliados.

Y la interpretación más evidente de ese texto era que París y Berlín daban cobertura a Londres para sus próximos pasos. Porque el Reino Unido tiene más presencia, más bases y más intereses en la región que sus otros dos aliados. Desde el mismo sábado, cazas de combate Typhoon y F-35 británicos sobrevolaban Oriente Próximo en misiones defensivas. Y si en un primer momento Starmer negó a Trump la utilización de sus bases en la zona para lanzar la ofensiva contra Irán, tardó 48 horas en plegar velas. El primer ministro anunciaba el domingo que el ejército estadounidense podía usar las instalaciones británicas, con el único propósito “defensivo” de atacar los depósitos de misiles iraníes.

Para Trump, demasiado poco y demasiado tarde. El presidente estadounidense se mostraba “muy decepcionado” con el primer ministro británico y volvía a arremeter contra él. “Era la relación más sólida de todas. Ahora tenemos relaciones más sólidas con otros países europeos. Es un mundo diferente, de hecho. Nuestra relación con tu país es ahora muy diferente a como era”, dice al periodista de The Sun.

La “decepción” de Trump con Starmer se comenzó a fraguar unos días antes del ataque a Irán, cuando el primer ministro le dejó claro que no podría utilizar para esa operación la base conjunta británico-estadounidense de la isla Diego García, en el Archipiélago de Chagos. La Administración Estadounidense ha tenido una respuesta errática ante el acuerdo histórico de devolución de este conjunto de islas a Mauricio, cerrado el año pasado. Ha dado su aprobación; lo ha criticado después. El secretario de Estado, Marco Rubio, ensalzó las virtudes del acuerdo. Trump, a continuación, lo definió como un “acto de estupidez”.

Con la visión utilitarista del mundo que tiene el estadounidense, la idea de resarcir un acto de colonización y de injusticia con los nativos desplazados hace décadas de esas islas es un acto de claudicación ante las políticas de identidad de la izquierda. “La llamamos la isla woke”, intentaba ironizar Trump en la entrevista.

Starmer, el abogado humanista

Hace ya más de dos décadas, cuando Starmer no estaba en política (ni siquiera era miembro del Partido Laborista) ni soñaba con llegar a ser primer ministro, su voz fue de las que más alto se oyeron contra la guerra de Irak lanzada por George W. Bush y respaldada por Tony Blair, en contra de la legalidad internacional y del clamor ciudadano.

El abogado especializado en derechos humanos que era Starmer estaba convencido de que nada bueno resulta de una acción ilegal. La sombra de esa guerra ha acompañado su trayectoria durante esos años. Por eso este lunes, cuando durante dos horas y media de comparecencia en la Cámara de los Comunes, ha plantado cara a Trump, muchos diputados laboristas respiraban aliviados y aplaudían. Temían que el primer ministro volviera a dar un golpe de timón de los suyos e intentara congraciarse con Washington. Es cierto que resultaba complicado explicar cómo se podía mantener distancia ante lo sucedido (incluso rechazar el ataque contra Irán) y a la vez ceder en el uso de las bases militares. No es una línea tan diáfana la de definir como “defensivos” los posibles ataques lanzados desde esas bases contra el arsenal militar iraní.

Pero en lo que Starmer estaba obligado a decir, sus palabras fueron muy claras. “Todos recordamos los errores de Irak y hemos aprendido las lecciones. Cualquier acción del Reino Unido tendrá siempre una base legal y un plan bien concebido”, decía. El modo sutil de un primer ministro poco proclive al conflicto de decir que la guerra lanzada por Trump y Netanyahu era ilegal y torpe.

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