El enorme mérito de la versión cinematográfica 2026 de Cumbres borrascosas es haber destruido, con una ráfaga de ametralladora de utilería FN SCAR–H color rosada, el malentendido –la maldición bienintencionada– trenzado durante casi dos siglos sobre Emily Brontë y su obra.
El grito de horror propinado por las lectoras de literatura romántica ante la brutalidad –el grado cero de sevicia– del héroe brontëano del film, Heathcliff, es el grito de todas las generaciones que se rehusaron a aceptar la verdad intolerable de la demoníaca novela original.
Ya fuera por razones de marketing, por su asociación con el género de terror, porque las prácticas BDSM exploten las taquillas; ya sea por los motivos más espurios, viles, bajos, antiartísticos y mercantiles, ninguno va a lograr opacar el hecho contundente de que esta versión capturó el espíritu bestial de la novela.
Un espíritu que ninguna de las hermosas –románticas– versiones anteriores pudieron tomar. Aunque Lawrence Olivier haya sido el más grande actor trágico inglés y Juliet Binoche atesore toda la espiritualidad de la que carece Margot Robbi; pese a que Ralph Fiennes –¡un Heathclif rubio!– actuara y transpirara el personaje, cosa que no pudo hacer Jacob Elordi; aun así, las adaptaciones anteriores de Cumbres borrascosas son más infieles a Brontë que la directora Emerald Fennelll.
La versión de Luis Buñuel
A excepción, claro, del genial Luis Buñuel, que con el 1% del presupuesto de Fennelll, bajo los chaparrales tórridos de México y en las peores condiciones posibles, con actores de telenovelas con acento polaco –pese a que la productora se llamaba Tepeyac– logró realizar la más embrujada y fantasmagórica versión de Cumbres borrascosas del cine.
El artefacto se llamó Abismos de pasión y, a diferencia del film de Fennelll, el suyo comulga hasta el tuétano con la pasión metafísica, el material del que está hecha la novela. Con sus actores de cuarta categoría, un vestuario lastimoso y los acentos espurios, Buñuel trazó con maestría las tensiones entre una superficie dramática y las profundidades del bien y del mal.
Porque Cumbres borrascosas, y eso Buñuel lo entendió muy bien, es un romance metafísico: trata más de fuerzas que de personas.
Emily Brontë, una poeta del abismo –de los abismos, como William Blake– decidió invertir el relato de Milton, El paraíso perdido. Para Cathy, su heroína, la casa de Cumbres borrascosas –la representación del Infierno– para ella es el Cielo, y la granja de los Tordos –el Cielo– para ella es el Infierno. Cathy soñó que estaba en el Cielo y que los ángeles la echaron, y lloró de felicidad al volver al Infierno.
Cumbres borrascosas con Juliette Binoche. Foto: SYGMA/HOWARD JACQUELINE / archivo Clarín.El pathos de Cathy, como el de Heathcliff, el héroe o contrahéroe del libro, arrastra el síndrome de Peter Pan, la búsqueda de la infancia perdida, esa tierra del Nunca Jamás de la que fueron expulsados al llegar a la adolescencia. ¿Y acaso Brontë no está hablando de la tragedia de todas las infancias y las adolescencias?
La novela describe, uno por uno, cada rito de pasaje: la caída de Cathy en la Granja de los Tordos, la sangre (la sangre menstrual), la alfombra púrpura, la lengua roja del perro macho que la muerde. Esos rojos omniscientes, inexorables en la novela –que Buñuel no pudo reproducir en su film en blanco negro (no los necesitaba)–, que tan bien aplicó la dirección de arte de la película de Fennell.
La novela Cumbres borrascosas, en su exacta relojería, funciona como la creación de un mito, el mito como solucionador de problemas. La poeta Brontë usó la forma de la novela para dar realidad a un mito muy ambicioso, el mito de cómo se produjo la cultura: las mesas de té, los sofás, la religión, los buenos modales que imperan en la Granja de los Tordos.
La lucha, entonces, se da entre la Naturaleza y la Cultura, entre Heathcliff y su rival, Edgar Linton, entre Cumbres borrascosas y la Granja de los Tordos. Como todo bildunsroman, Cumbres borrascosas trata sobre la caída, pero también sobre la orfandad y el incesto, sobre la cuestión de los orígenes, sobre el ser inmortal.
La política mística de Emily Brontë, en fin, parte del romanticismo byroniano que ella leyó e imitó desde niña, una fantasía de incesto que crea a su héroe como al hijo bastardo de la Naturaleza. Heathcliff es un niño de piel oscura, gitano, indio, español o latinoamericano, un ángel de los abismos que no concilia ni acepta tratos, viola todas las leyes establecidas, un activista fanático de las filas del Mal. Aunque el bien y el mal no significan nada para él, porque Heathcliff es amoral. Un antihéroe torturado, cruel, taciturno, satánico, el ángel oscuro que habita el drama gótico más complejo escrito jamás por una mujer.
A tono con muchas actrices del mainstream, la heroína de Barbie –una Barbie feminista, por cierto– Margot Robbie quiso lavarse el maquillaje de la muñeca capitalista más taquillera de la industria de la explotación infantil. De modo que se puso al frente del proyecto de mano de su productora LuckyChap Entertainmen.
Cumbres borrascosas con Juliette Binoche. Foto: SYGMA/HOWARD JACQUELINE / archivo Clarín.En calidad de productora tomó el papel protagónico femenino y, de paso, eligió al protagónico masculino, un Ken de altura XL, exitoso deportista y modelo, musculoso, inexpresivo, pésimo actor, no le sucedió en la vida nada que pueda rozar un milímetro la piel de su personaje, el sujeto que prefirió someterse a once horas diarias de aplicación de prótesis y maquillajes para personificar a Frankensteien antes que actuar a Frankenstein.
Como Frankenstein
Este joven, Jacob Elordi, se atrevió a ponerle el cuerpo a Heathcliff. Elordi actúa Heathcliff como si fuera Frankenstein pero… ¿quién podría actuar a Heathcliff?
Merle Oberon y Laurence Olivier en la pelicula Cumbres Borrascosas. Foto: archivo Clarín.Cuando se publicó en 1847, los críticos demolieron el libro. Lo demolieron porque lo leyeron bien: “No hay un solo personaje que no sea absolutamente abominable y completamente despreciable. Son los habitantes de un distrito aislado e incivilizado, o están sometidos a una influencia demoníaca”, publicó Britannia; “Ciertos detalles de crueldad, inhumanidad, odio y venganza son susceptibles de escandalizar al lector, disgustarlo y hacerlo enfermar”, Weekly; Heathcliff “es un demonio bruto” y su autor “obstinado, brutal y morboso”, North American Review; “No conocemos en toda nuestra literatura de ficción nada que represente de manera más chocante las peores formas de la humanidad”, Atlas; el Frazer Magazine trató a su autor Ellis Bell (el pseudónimo de Emily Brontë) de “perturbado”.
El filósofo George Bataille, que lo leyó en el siglo XX, escribió que Cumbres borrascosas era “quizá la más bella, la más profundamente violenta de las historias de amor”. Y también, en consonancia con los críticos del siglo XIX, que Emily Brontë sólo se detuvo a un paso del Marqués de Sade.
Laura Ramos es autora de Infernales. La hermandad Brontë, Las señoritas. Historia de las maestras estadounidenses que Sarmiento trajo a la Argentina y Mi niñera de la KGB.










