Mario, Eduardo y Roberto Kennedy eran tres hermanos productores rurales entrerrianos, ligados al radicalismo, con trayectorias internas diversas.
Esa diferencia se disolvió bajo el peso de la dictadura, como resumió una frase atribuida a Mario Kennedy: “La tiranía de Uriburu no nos deja otro margen. Hoy somos todos argentinos comprometidos que no lameremos las botas de la dictadura. ¡Viva la patria!”.
En las primeras horas del domingo 3 de enero de 1932, los Kennedy y un grupo de 14 hombres iniciaron la insurrección en La Paz. El plan se inscribía en una coordinación más amplia: un “Comando Central” en Concordia debía levantar la región, pero esa sublevación fue desbaratada y el mensaje de suspensión no llegó a tiempo a La Paz.
Aun sin refuerzos, el grupo avanzó sobre la ciudad. Tomaron la Jefatura de Policía, donde cayó el comisario de un disparo en la frente y murieron varios agentes en el tiroteo. Ocuparon la municipalidad, la oficina de correos, el telégrafo y dependencias judiciales, buscando controlar las comunicaciones y evitar saqueos.
Organizaron guardias en bancos y puntos clave, con la intención de presentar la rebelión como restauradora del orden constitucional y no como motín.
Cuando los Kennedy comprendieron que el alzamiento no se replicaba en otras ciudades, que Concordia no se había levantado y que el gobierno nacional reaccionaba con rapidez, la correlación de fuerzas cambió de manera drástica.
El grupo se dispersó a zonas rurales y montes cercanos a La Paz, iniciando una retirada que abrió la cacería estatal.
El operativo combinó tropas del Ejército de la III División movilizadas hacia la zona de La Paz y embarcaciones de la Armada y Prefectura que subieron por el Paraná desde Buenos Aires para bloquear la fuga fluvial.
En la madrugada del 6 y los días siguientes, se produjeron enfrentamientos en parajes cercanos a la ciudad, donde los insurrectos, conocedores del terreno y con apoyo de paisanos, lograron forzar el repliegue parcial de fuerzas oficiales.
El episodio decisivo fue el bombardeo aéreo que se inició alrededor del 7 de enero de 1932 y que algunas crónicas describen como un ataque de unas tres horas, realizado por biplanos Breguet III triplazas.
Las aeronaves lanzaron bombas sobre zonas boscosas, islas y montes ribereños donde se creía que los rebeldes se ocultaban, ensayando por segunda vez en la historia argentina (el primero había sido sobre la población wichi de Napalpí en el Chaco en 1924) el uso del bombardeo aéreo sobre población civil en un contexto de represión interna.
Si bien las cifras exactas de muertos y heridos civiles no están claras, el impacto simbólico fue enorme: un gobierno de facto utilizaba la aviación para castigar una ciudad y su entorno rural por un alzamiento radical.
Pese al cerco por tierra, agua y aire, los Kennedy evitaron la captura inmediata. Durante más de 40 días, se desplazaron entre montes, estancias y parajes ribereños, protegidos por redes de solidaridad compuestas por correligionarios radicales, cazadores y paisanos que les daban refugio, comida y guías.
Finalmente, a mediados de febrero de 1932, cruzaron el río Paraná y llegaron a la ciudad uruguaya de Salto, donde fueron recibidos por centenares de exiliados radicales. Allí se integraron a una diáspora yrigoyenista que veía en la experiencia de La Paz un símbolo de resistencia, pero también una advertencia sobre la dureza del régimen de José Félix Uriburu.
El Estado argentino combinó detenciones, persecuciones y despliegue propagandístico: la rebelión se mostraba como un “desorden” sofocado para legitimar tanto la dictadura saliente como el inminente gobierno de Agustín P. Justo, surgido de elecciones fraudulentas con la UCR proscripta.










