Leproso. Qué brutalidad de palabra. Primero porque secuestra despectivamente a la persona bajo el nombre de una enfermedad, como si todo en ese individuo estuviera borrado por su padecimiento (no decimos canceroso, por ejemplo), y después porque se trata de una dolencia mítica, de un mal que se ha confundido durante siglos con el Mal como si tuviera algo demoniaco, de modo que las pobres víctimas del bacilo de Hansen (ese es el nombre técnico) no solo soportaban una dolencia atroz (dolorosa, deformante, mutiladora) y que fue incurable hasta 1981, sino que, por añadidura, sufrían un maltrato social espeluznante: han sido apaleados, perseguidos, expulsados del mundo, encerrados para siempre. Leproso. Un término traspasado por el sufrimiento.
“Mi padre estuvo enfermo de lepra”, me escribió hace poco una lectora, Lola Campos. Unos meses antes de morir, el hombre redactó unas pocas páginas autobiográficas y le pidió a Lola que terminara su libro si él no podía. Han tenido que pasar 30 años para que ella cumpliera el mandato paterno, pero ahora lo ha hecho y lo ha sacado en Universo de Letras, la plataforma de autopublicación de Planeta. Se titula Nuestro Dios privado y es un texto poderoso y alucinante, un testimonio insólito que merecería mayor difusión.
Todo empezó en 1962, cuando Juan Campos, un profesor de Latín e Inglés de 29 años residente en Málaga, casado, con un embarazo en marcha, acudió al médico porque estaba muy fatigado. Tras una batería de pruebas, el conmovido doctor dictó sentencia: “Hijo, tienes lepra. Tienes que abandonar tu trabajo, tu familia y tu vida para siempre e internarte en la leprosería de Trillo (Guadalajara). Has de hacerlo antes de 15 días o si no irá la Guardia Civil a llevarte”.
El horror que este diagnóstico provocaba se intuye en el hecho de que tanto la esposa como sus suegros le apoyaron, pero su propia madre lo repudió y lo echó de casa. Llegó Campos a Trillo en un marzo helador; nada más atravesar la cancela del recinto vio el cementerio, y pensó: “De aquí no salgo ni muerto”.
Pero sí salió, seis años después, porque los nuevos antibióticos rebajaban de tal modo la carga del bacilo que la enfermedad ya no era contagiosa. En 1968 regresó a su vida, aunque cada año tenía que pasar un mes en el hospital. Siguió teniendo hijos, hasta sumar nueve; cambió de trabajo y se hizo contable. En 1981 se descubrió que administrar un cóctel de tres fármacos durante un año acababa con la enfermedad, y desde esa fecha la OMS proporciona gratuitamente el tratamiento a quien lo precise. Así que la lepra se cura, pero Lola no lo ha sabido hasta ahora, cuando se ha puesto a investigar para escribir el libro. Leyéndolo adviertes que, bajo una apariencia de normalidad, la vida que llevaban era bastante rara. Los niños sabían lo de la lepra y tenían ir a Sanidad todos los años para hacerse dolorosas pruebas, con cortes en la oreja y raspado de heridas (salían todos llorando, cuenta Lola), pero de eso no se hablaba nunca, hasta el punto de no mencionar ni la curación. Hasta ahora, con el libro, no se han asomado de verdad a ese inmenso cráter de silencio.
En 1987, Campos pidió la baja por primera vez por una gripe y en la oficina se enteraron de su pasado médico. Entraron en pánico: precintaron su despacho y le obligaron a jubilarse. Él intentó explicar que estaba curado, pero no escucharon. Ni uno solo de sus compañeros le llamó. Sus amigos y colegas de años. Leproso, ya digo.
Los fuertes fármacos habían destrozado su salud. A los 57 años y en apenas dos meses tuvo una hemorragia intracraneal y tres trombosis que dejaron secuelas de las que se recuperó dificultosamente. Para peor, cada vez que lo llevaban al hospital le volvían a poner medicación contra la lepra, innecesaria y sin duda un veneno para él. En 1993, a los 60 años, Juan Campos se suicidó. Y curiosamente ha sido al llegar a los 60 cuando su hija Lola ha decidido poner luz en las tinieblas y escribir este libro. Para ello ha ido al sanatorio de Fontilles (Alicante), la única leprosería que queda en Europa, centro de referencia mundial. Ha hablado con antiguos enfermos, que cuentan atrocidades, el maltrato indecible que han sufrido en este país. Es una historia subterránea, desconocida y chocante: hay otros mundos, pero están en este. Sigue habiendo lepra en el mundo, sobre todo en la India; en España, de 10 a 15 casos al año. Y se cura, aunque la gente se empeñe en ignorarlo.










