Ciencia con actitud punk al servicio de las comunidades | América Futura

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La herencia de compromiso y rebeldía corre por sus venas. Hijo de militantes de izquierda que formaron parte de la resistencia a la dictadura militar, creció en una familia marcada por el compromiso social y político en tiempos difíciles del país. Una tradición que, como él lo dice, implicaba incomodar cuando era necesario. De su padre, Nicolas tomó el amor por las montañas, las aventuras, la naturaleza y la lógica combinada. De su madre cuenta que heredó el saber estar donde se la necesitaba, aunque doliera hasta en los huesos, del amor y el compromiso sin condiciones con quien lo necesitara. Cincuenta años después, Nicolás Zanetta-Colombo (Santiago de Chile, 39 años) sigue esa tradición a su manera: incomodando, pero desde la ciencia. “En eso también encuentro una forma de resistencia. Es lo que traigo conmigo”, dice.

De su madre adoptó algo más que el temple: una forma de naturalizar la presencia, de tomar riesgos, de estar ahí donde hace falta. Una educación que hizo muy coherente la forma de trabajar que tiene hoy en día. Y en diciembre de 2025, esa manera de entender la ciencia fue reconocida con el Premio Maddox 2025 en la categoría Early Career Award, siendo el primero que recibe un científico latinoamericano en los catorce años de historia del galardón otorgado por la revista Nature y Sense about Science.

El jurado destacó su “enfoque innovador e inclusivo” en la investigación y difusión de estudios sobre los impactos de la minería en comunidades del norte de Chile. Pero si algo caracteriza a Zanetta-Colombo es su capacidad para articular mundos que no siempre hablan entre sí: la academia y los territorios, los laboratorios y las calles polvorientas de Calama.

“El mundo académico es brutalmente tradicionalista”, dice. “Y cualquier cosa que lo exceda es peyorativizada, como un rebelde, como un mal científico”. Su respuesta es una distinción que parece obvia, pero que en la práctica se olvida: “La ciencia tiene que ser rigurosa y objetiva. Pero las preguntas que elegimos investigar nunca son neutrales, entonces, ¿cómo las respuestas podrían serlo?”

El vínculo con el desierto de Atacama comenzó en el Centro UC Desierto de Atacama de la Universidad Católica de Chile. Ahí empezaron a producir libros con pertinencia local, educación con sentido de lugar. “En ese entonces la educación territorial de Chile era transversal: si hablaban de pueblos originarios, se hablaba de los mapuches, de ríos, el Maipo, de cerros o montañas que eran de la Patagonia”, recuerda. “Pero los niños en el norte tienen una geografía totalmente distinta. El material que producimos rescataba esa geografía”.

Fue en las escuelas de Alto El Loa donde empezaron a ver “los gigantescos problemas de la minería”. Lo invisibilizado de sus problemas. Ahí comenzó a construir la forma de trabajo que tiene actualmente: primero, aprender de las comunidades; después, diseñar las preguntas.

“Esto nos permitió conocer lo que teníamos que conocer para lo que teníamos que construir. Averiguar qué les duele”, explica. “En Chile la minería suele presentarse como una épica nacional, y creo que es uno de los principales desafíos que tenemos. Es una actividad altamente profesional y técnica, pero no por eso deja de ser dolorosa”.

Zanetta-Colombo describe un fenómeno de “violencia lenta”: una contaminación que no mata de un día para otro, sino que se acumula generacionalmente. Es un daño territorial profundo que se transmite en el tiempo. “Te arrastra y te impide producir”, sintetiza. ”Con el agua, se interrumpe un río que alimenta comunidades. Se reemplaza por otro recurso con características químicas distintas, muchas veces más complejas.

Esa violencia no es estrambótica. No tiene el impacto visual de una explosión. Es acumulativa, y eso hace que se le pierda el trazo. “Los únicos que la quieren visibilizar son las poblaciones nativas de estos territorios. Los que menos protección tienen”.

Sus investigaciones, que combinan geoquímica, dendroquímica [analizar los elementos químicos acumulados en los anillos de los árboles para reconstruir la historia ambiental] y modelos biológicos, han sido pioneras en documentar empíricamente lo que las comunidades del Loa vienen denunciando hace décadas. Los anillos de árboles plantados por la Corporación Nacional Forestal en los setenta guardaron en su madera el registro de la contaminación. Los polvos de las escuelas, analizados en siete laboratorios de cinco países distintos, revelaron fases minerales con características mucho más riesgosas que las que se regulan.

“Cuando me enfrenté a este problema, yo no sabía por dónde íbamos a estudiar”, reconoce. “Cuando empiezo el doctorado, cuando empiezo a tratar de dar respuestas a estas inquietudes, lo hago sin haber trabajado en esta área. Mi posición es superdisponible y abierta. Los primeros métodos que ocupamos son absolutamente estándar para saber si un lugar tiene más contaminación que otro. La riqueza está en cómo conectamos esos métodos para responder preguntas complejas”.

Su trabajo es citado en la demanda que organizaciones ambientales, vecinos y el municipio de Calama presentaron contra el Estado chileno. Es la primera vez en la historia del país que ciudadanos llevan al Estado ante la justicia por contaminación minera. Pero su aporte va más allá de los tribunales: es la primera vez que alguien les pone números a demandas históricas.

“Amplificamos las demandas de las comunidades a través de datos. Muchas de las cosas que investigamos, ellas ya las saben por experiencia propia, las viven, pero es posiblemente la primera vez que alguien les pone números. Y esos números, en un mundo que se cuantifica, son mucho más eficaces para sostener sus demandas”.

Un enfoque que a veces genera resistencias. “Cuando chocas con mensajes como ‘eso no es ciencia, es activismo’, es agotador”, dice. “Hay quienes piensan que no hay que involucrarse con los ‘objetos’ de estudio, pero cómo no hacerlo si el objeto de estudio son personas. En un mundo que necesita más empatía”.

Hoy, desde la Universidad de Heidelberg, observa con atención el panorama científico chileno y latinoamericano. Cree que fortalecer la investigación interdisciplinaria y territorial será clave para el futuro. Pero encuentra esperanza en los estudiantes: “Veo que están abiertos a otras formas de cuestionar, de aprender y de posicionarse dentro de la academia”.

“Hoy la economía chilena sigue fuertemente estructurada en torno al extractivismo. No lo podemos reemplazar en un corto plazo. Pero no podemos dejar de pensarlo”, dice Zanetta-Colombo y cuenta una escena que lo resume todo: dos jóvenes de segundo medio en un proyecto educativo. Estaban haciendo una calicata para ver las distintas capas. Uno, más canchero, quería jugar al fútbol: “No estoy pa picar piedras”. El otro, más aterrizado, le respondió: “Si no quieres picar piedras, tienes que estudiar”.

“Y si eso lo llevamos al modelo actual, es básicamente lo que estamos haciendo como sociedad. Picar piedras”, reflexiona Zanetta-Colombo. “Tal vez tenemos que empezar a pensar en otro modelo en el largo plazo, que no dependa exclusivamente del extractivismo”.

Zanetta-Colombo no dice que la ciencia salva al mundo. Lleva la bandera de un mensaje más modesto y más profundo: “Siempre hablamos de cómo la ciencia se mete en las comunidades, pero tenemos que resolver cómo las comunidades se meten en la ciencia. Cómo el conocimiento que tienen se considera parte de los diseños de las investigaciones”. Los artículos que ha trabajado, dice, han comenzado desde la humildad científica: aprendiendo primero de lo que las comunidades tenían que enseñar.

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