Chile: La falsa isla | Iberoamérica democracia

Chile: La falsa isla | Iberoamérica democracia

“Chile limita al norte con el Perú / y con el Cabo de Hornos limita al sur”. Así empieza una de las canciones más crudas de Violeta Parra sobre la injusticia sempiterna de la patria. “Se eleva en el oriente la cordillera / y en el oeste luce la costanera”, sigue, posicionando a Chile en el mapa con la precisión de un himno escolar y la amargura de un epitafio. Lo que Violeta describe no es solo geografía: es un destino. Chile es una isla que no se atreve a llamarse isla. Está pegada al continente pero separada de él por barreras que ningún vecino latinoamericano tiene: el desierto más árido del mundo al norte, la cordillera más larga al este, el océano al oeste, y al sur el fin del mundo, ese Cabo de Hornos que suena a sentencia.

Esta condición de isla falsa explica muchas de las peculiaridades de la política chilena. En Chile casi no se habla de política internacional. Los debates electorales transcurren como si el resto del planeta fuera un decorado. Todo se piensa en clave local, todo se procesa como si las ideas nacieran aquí, en este largo y angosto país que se mira el ombligo con una concentración que a veces roza el ensimismamiento patológico.

Y sin embargo, basta mirar con atención a los líderes que Chile elige para darse cuenta de que la isla no es tan isla. Allende representó el desarrollismo con tentación castrista que recorría América Latina a fines de los sesenta. Pinochet instaló el neoliberalismo más puro, de manera simultánea y más extrema que Thatcher y Reagan. Boric llegó montado en la ola de la nueva izquierda posmoderna, con su lenguaje de derechos e identidades, que bien podría haber nacido en Barcelona o en Portland. Y Kast, derrotado en 2021 y victorioso ahora, es un representante del ultraconservadurismo que hoy gobierna en Buenos Aires, Roma o Budapest.

Todos ellos son, a su modo, franquicias de corrientes globales. Pero todos han tenido que doblegarse ante algo que ni la dictadura logró modificar: el mismo himno y la misma bandera, el mismo cristianismo profundo teñido de masonería anticlerical, esa amabilidad republicana que convive con el rencor de clase, esa sensación de pertenecer a una gran familia que puede odiarse durante la semana pero se reúne el domingo en la misma mesa.

La pregunta que plantea la llegada de Kast a la presidencia es cuál de dos fuerzas lo gobernará: las sirenas del mundo exterior o la voluntad de atarse al mástil y hacer que sus marineros, con las orejas tapadas, sigan navegando. Kast no se parece en casi nada a Milei. Aburrido, serio, católico apostólico y romano. Fue criado en el gremialismo, esa derecha radical de los noventa, de matriz franquista y teñida de experiencia neoliberal que, a pesar de saberse heredera de Pinochet, aprendió a vivir en democracia y a negociar con la socialdemocracia de Lagos y Bachelet. Kast parece alguien incapaz de cualquier locura, pero esa sensatez es solo aparente. Lleva veinte años siendo la oposición más cruel y poco escrupulosa a cualquier otra derecha, que sus amigos llamaban “cobarde” por no negarle la sal y el agua a la izquierda.

Quizás los mayores peligros nazcan, sin embargo, de esa posición de falsa isla en que la geografía nos puso. Porque aunque la persona de Kast no se parece en nada a Milei o a Trump, gran parte de su programa y las ideas que lo originan provienen directamente del manual MAGA. Lo confirmó su visita al resort de Trump en Miami, días antes del cambio de mando, en medio del escándalo por la revocación de visas a funcionarios de Boric —un castigo por un cable submarino con China ya descartado, que fue un intento sin disimulo de Estados Unidos de intervenir en la política local.

El episodio reveló algo inquietante: si Kast no es Trump, no pocos de sus hombres de confianza y gran parte de su partido sueñan con que se parezca lo más posible al gigante colorín del norte. Han adoptado el estilo MAGA sin la excusa del carisma de Trump ni la desesperación argentina de Milei. Han hecho suya la polarización desenfrenada, la deshonestidad como sistema de pensamiento, las patadas y los escupitajos como antesala a la negociación.

Un ejemplo preciso: en esta casi isla que se llama Chile, los ministros de Hacienda son serios, grises e intocables. Se manejan con criterios técnicos que son más o menos los mismos de gobierno en gobierno. Se conocen desde la universidad y los posgrados, que casi siempre cursan en universidades norteamericanas. No hacen casi nunca lo que acaba de hacer Jorge Quiroz en su primera conferencia de prensa: elegir una fecha —el 31 de diciembre de 2025— en que la caja fiscal era de apenas 40 millones de dólares, cuando lo normal al cierre de una administración son entre tres y cuatro mil millones. El ministro de Hacienda omitió mencionar que en enero esa cifra ya había subido a más de 1.400 millones de dólares por los flujos normales de inicio de año. El exministro Grau lo refutó en pocas horas. Quiroz no aceptó preguntas.

Una señal más de que Chile, por más separado que esté del mundo, ya no es diferente de sus vecinos en lo esencial: la economía también es aquí una cancha sangrienta y sin árbitro donde se juega la política. Todo eso mientras la primera dama sirve la comida en el casino de La Moneda y el presidente improvisa sus largos discursos sin más ideas que un rosario de lugares comunes llenos de buenas intenciones, en que peinarse en la mañana y usar corbata parecen ser el programa de gobierno. Un ejecutivo del sentido común más antiguo y conocido, bien intencionado y conservador. Y sin embargo, justo en la costura, asoma la fibra contraria: la violencia comunicacional, la piratería ideológica, la falta de escrúpulos y de paciencia que con tanto éxito gobierna ya más de la mitad del mundo democrático.

La falsa isla descubre, tarde y a su pesar, que el continente siempre estuvo ahí.

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