Un «rescate» de las escritoras del siglo XIX que olvida a quienes las rescataron antes

Un «rescate» de las escritoras del siglo XIX que olvida a quienes las rescataron antes


Aunque participaron en la fundación de una literatura nacional, las escritoras argentinas del siglo XIX, después de batallar duramente para sostener su legitimidad como tales, fueron desapareciendo de las bibliotecas, no ingresaron al canon y se esfumaron por largo tiempo del imaginario pedagógico y colectivo; no se enseñaban sus obras en la escuela, y casi ni estaban presentes en el campo del conocimiento especializado. La historiografía literaria, hasta bien iniciado el último cuarto del siglo XX, las tiene en cuenta rara vez, luego del capítulo inaugural que les dedica en conjunto Ricardo Rojas (1922).

En la Historia crítica de la literatura Argentina (1999-2018, bajo la dirección general de Noé Jitrik), primer proyecto de gran envergadura luego del que desarrolló el Centro Editor (y donde también habían sido soslayadas), hay una mayor figuración de las escritoras en general, pero aún dentro de pautas anteriores: a veces se apela el esquema grupal por género, o bien, a las menciones dentro de vastos artículos temáticos.

En el caso de las decimonónicas existe un solo capítulo dedicado en forma individual a Juana Manuela Gorriti (Tomo 2): en el Tomo 3, los protagonistas de la fundación de los géneros literarios en la nación moderna son los autores varones ya consagrados.

El siguiente paso en la historiografía literaria nacional es decisivo y sienta un hito muy diferente: la Historia feminista de la literatura argentina, que comenzó a publicarse en 2022. Se trata de un proyecto en cinco tomos y un diccionario, dirigido por Laura Arnés, Nora Domínguez y María José Punte, nacido en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la UBA, y prohijado por EDUVIM, prensa de la Universidad de Villa María.

Un campo desbrozado

Pero a esta instancia no se llegó desde la nada. Ya existía un campo desbrozado por trabajos tanto editoriales como críticos, desde los muy pioneros estudios generales de Néstor Auza (1988) y Lily Sosa de Newton (1967 a 2003), sobre periodistas, narradoras y mujeres argentinas destacadas.

En las últimas dos décadas del siglo XX y lo que va del siglo XXI, la historia de las mujeres y de la vida privada, el interés en lo subalterno, los feminismos académicos, se cruzan con los archivos literarios para generar estudios críticos y colecciones de rescate que dan a conocer y ponen en valor la relegada producción de nuestras antepasadas.

Aunque hoy día algunos docentes abocados a la divulgación histórica y literaria hablen del profundo olvido editorial de estas obras y se presenten como sus “descubridores”, lo cierto es que un ingente trabajo de investigación y de fina edición, realizado en su casi totalidad por mujeres investigadoras, ya venía colocando estos textos nuevamente al alcance del público, en ediciones de todo tipo, desde las más populares de la Biblioteca Clarín (Ficciones patrias, de Gorriti, por Graciela Batticuore, en 2001), a las académicas (pero no ignotas ni inaccesibles) de Eudeba o de Corregidor.

Daré algunos pocos ejemplos, solo dentro de la Argentina. Si seguimos el hilo de Juana Manuela Gorriti, sus Obras Completas en varios tomos fueron reeditadas, primero por la Fundación del Banco del Noroeste Cooperativo, Salta, al cuidado de Alicia Martorell (entre 1992 y 1999) y más recientemente en la Biblioteca del Norte, dirigida por Leonor Fleming, que las publicó en dos editoriales, La Crujía y Eudeba; todos los tomos contaron con un estudio preliminar y notas, a cargo de distintas estudiosas.

Si avanzamos por la huella de Eduarda Mansilla, a partir del 2007 florecen las ediciones en nuestro país: María Gabriela Mizraje publica su gran novela Pablo, o la vida en las Pampas dentro de la colección “Los raros”, de la Biblioteca Nacional, que ya había dado a la imprenta en 2006 La familia del Comendador, de Juana Manso, a cargo de Lidia Lewkowicz.

Corregidor, en su Colección “Ediciones Académicas de Literatura Argentina, siglos XIX y XX” (dirigida por Jorge Bracamonte y por quien firma), publicó tres obras de Eduarda: los Cuentos (2011, editados por Hebe Molina), las Creaciones (2015, editadas por Jimena Néspolo), así como su producción periodística completa, hasta entonces dispersa (2015, en edición de Marina Guidotti), todo ello en el marco de dos Proyectos de Investigación Plurianual del Conicet de los que fui investigadora responsable.

En un registro intermedio se halla el hermoso proyecto de la Colección “Las Antiguas” (Buena Vista), dirigida por Mariana Docampo, que busca llegar a un amplio abanico de lectores y tiene la particularidad de incluir en cada título el prólogo de una escritora actual, trazando una línea de diálogo filiatorio antes ausente.

Eduarda Mansilla por Francisca Noguerol. Universidad de Salamanca.

Ni una sola mención

La compilación titulada Las que moran en las sombras. Selección (Minotauro), del profesor Ever Oroná (quien, sorprendemente, no hace en sus breves prólogo e introducciones una sola mención de todo este trabajo anterior, crítico y editorial), incluye cuatro autoras: Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla, Ada Eflein y Raimunda Torres Quiroga.

El título, ligado a lo gótico, y su aparición en un sello de impacto, tradicionalmente consagrado a la fantasía y la ciencia ficción, ubican esta antología en un lugar no solo de buscada visibilidad, sino de contemporaneidad, o de intemporalidad, en un momento en que la fantasía oscura está de moda. Como lo estuvo, por otra parte, en el siglo XIX, que fue también el de Guy de Maupassant y Edgar Allan Poe.

La primera autora es en realidad la más cercana, cronológicamente hablando: Ada María Elflein (1880 – 1919), maestra, escritora de literatura infanto-juvenil, cuya narrativa se vincula sobre todo a lo legendario y lo folklórico.

Juana Manso. Archivo Clarín.

Los cuentos aquí incluidos no incursionan en lo sobrenatural; nos presentan un daño completamente humano que se encarna en episodios violentos de la historia colectiva (la guerra de la independencia, la guerra civil), y en el entorno de la cotidianeidad “normal”: el seno de la familia, donde una madre y una abuela pueden fabricar, a fuerza de injusticia y de maltrato, a un pequeño Caín, o la vida en una pensión, cuando la maldad de la encargada y de los vecinos llevan a una maestrita al suicidio.

“La loca Basilia”, por cierto, revive tópicos de la “barbarie federal” de larga trayectoria en la ficción argentina: un hilo de crueldad une las cabezas cortadas del novio de Basilia y del padre de Escolástica, personaje de Sobre héroes y tumbas. El tiempo de las dos se congela para siempre en el horrible asesinato, bisagra entre la cordura y la locura.

La siguiente narradora es Raimunda Torres y Quiroga, de datos biográficos borrosos, que firmó también como Matilde Elena Willi y no tiene publicaciones registradas desde 1885. En los cuatro primeros cuentos, escritos con expresividad desaforada, campean espectros y fantasmas, o alucinaciones compartidas. Sus protagonistas son feminicidas llevados por los celos y también por un gozo sádico, a la perpetración de crímenes despiadados que reciben el castigo supremo en la justicia sobrenatural.

El último relato, más que un cuento, es un popurrí de “Supersticiones y creencias” (su título) sobre diablos, duendes y brujas en Suiza y Escocia.

Pioneras del gótico fantástico rioplatense

Gorriti y Mansilla, las otras dos autoras, son reconocidas pioneras del gótico fantástico rioplatense. Hay tres cuentos de las originales Creaciones (Buenos Aires, 1883) de Eduarda Mansilla. “El ramito de romero”, uno de sus textos más notables y estudiados, es “una antesala” de “El Aleph”, dice el prologuista, repitiendo (sin citarlas), a María Gabriela Mizraje (1999) y a Jimena Néspolo (2015), en sus iluminadores análisis.

Los modos de conocimiento, la pugna entre el paradigma del positivismo científico, la iluminación artística y metafísica, y la religación con la totalidad a través del amor, son ejes de este largo cuento que empieza en una morgue, con el cadáver perturbador de una bella mujer, y asciende hacia un espacio de revelación.

“Dos cuerpos para un alma”, cargado de ironía punzante, se centra en el disparatado deseo del príncipe Zoutzo, que ama a dos mujeres y, para no renunciar a ninguna, no se le ocurre mejor solución que repartir su alma entre dos cuerpos, en un experimento digno del Dr. Frankenstein.

“La loca” se sumerge de lleno en el territorio ominoso de la fatalidad y sus símbolos, que solo Julia percibe: intuye que el mal entrará en su romance idílico bajo la figura del mejor amigo de su prometido; todos los presagios se cumplen, arrastrando a la muerte a los amigos transformados en rivales y precipitándola en la locura.

De Juana Manuela Gorriti se edita “La quena” (1845), primera narración publicada durante la etapa posterior a la Independencia, por una persona nacida en el actual territorio argentino. Escritora de tres patrias: la nuestra, pero también Bolivia y Perú, en esta nouvelle fundacional, Gorriti apela al imaginario andino (incluida la leyenda del tesoro de los incas) para crear esta historia mestiza de opresores y de oprimidos que no se resignan a su suerte; el intrincado final es a la vez macabro y lírico: la música más bella brota de una quena hecha con el fémur de la mujer amada.

También dentro del mundo andino, “Yerbas y alfileres” plantea un interrogante que se deja abierto: ¿estamos ante un enfermo cuya dolencia se ha sanado con la medicina, o se trata de la víctima de una mujer celosa que ha intentado dañarlo con un muñeco vudú?

“La hija del mashorquero”, pieza clásica de la literatura antirrosista, trabaja con contraposiciones extremas: la beldad y la bondad angelicales de Clemencia en contraste con el “alma negra” de su padre asesino. Más allá de la exagerada estética romántica, e incluso de la circunstancia política, el relato encarna verdades universales de la “justicia poética”: que se extermina brutalmente al enemigo porque se lo considera fuera de la condición humana, y que el mal desatado puede volverse sobre el perpetrador, arrebatándole al ser más querido (sean Clemencia o Mary Corleone, tan amada por su padre como Clemencia por el suyo).

Sombras del mal humano

Las que moran en las sombras no encaja siempre dentro de una propuesta de “fantasía”. Ni en la “poética de la incertidumbre” propia del fantástico, ni en la irrupción de lo sobrenatural, pero (fiel en eso a su título), sí trabaja sobre las sombras del mal humano en sus diversas formas.

Si sus lectores quieren profundizar en las vidas y obras de estas primeras narradoras, les bastará un click del mouse para encontrar otro tipo de ediciones que también se comercializan hoy (y ya se comercializaban antes), e incluso a veces se descargan sin costo; también hay una gran masa crítica de artículos analíticos, muchos en portales de acceso abierto.

No es necesario incurrir en falsas dicotomías: la investigación académica no compite con la divulgación popular. Más bien crea sus condiciones de posibilidad (al exhumar los textos y al estudiarlos); la fundamenta, tanto como la complementa.

Las que moran en las sombras. Selección, prólogo e introducciones de Ever Oroná (Minotauro).

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