Virginia Gamba ha vivido muchas vidas en una. De Perú a Mali, pasando por Siria y Sudán, la ex URSS y los Estados Unidos, Sudáfrica, Israel, India, China, Hungría, Finlandia, Noruega, Suecia, Suiza y Myanmar, la ex funcionaria de Naciones Unidas, hoy jubilada de ese organismo y candidata independiente a la secretaría general que se definirá este año, se mueve en el mundo con una misión valiosísima: comprometer a los poderosos con la paz y la seguridad, con el desarme de los niños y el abandono de las armas químicas.
Como ella misma lo expresa: “La cooperación sirve más que la disuasión, la prevención es más importante que la acción. La esperanza, la fe, la caridad y la compasión no son atributos espirituales, sino herramientas para un estratega”.
La estratega internacional en resolución de conflictos estuvo en Buenos Aires, más concretamente en la Federación de Sociedades Españolas de Argentina (Fedespa), para presentar su libro En la cuerda floja. Crónica de una lucha por la paz y el desarme (Edhasa).
Lo hizo ante diplomáticos, académicos, referentes políticos y un público general que colmó las butacas preparadas en el espléndido edificio del barrio de Monserrat.
Estuvo acompañada por Rosa Rodríguez, de la Confederación Nacional de Mutualidades (Conam); Romina Olivera, de Alumni Capítulo Argentina/Universidad de Salamanca; la editora de Edhasa Cecilia Sarthe, y Julia Hernando, vicepresidenta de Fedespa.
Aventuras afortunadas y desafortunadas
“El libro que presento hoy es breve, tratando de resumir toda una vida en pocas páginas, por ello digo que es como una cita de pie de página si se considera mi vida entera y todas las aventuras afortunadas y desafortunadas que viví. El título de esta presentación también tiene que ver con este pedacito de vida que les traigo. ¿La paz es una utopía o una decisión política? Se podría llegar a preguntar si la paz es un deseo o una decisión. Es una pregunta que me he hecho desde que tengo uso de la razón”, expresó Virginia Gamba.
De inmediato, tras referirse a las distintas acepciones de “paz” que trae el diccionario y de recurrir a la poesía de Teresa de Ávila, la autora subrayó: “La estrategia está basada en el supuesto de la paz y la seguridad. No se puede tener paz sin seguridad y no puede haber seguridad sin paz. Por lo tanto, en el plano de los estados y las naciones, la seguridad no es negociable. Si no hay seguridad, no habrá paz, y la paz no se puede mantener sin también obtener seguridad”.
Para la estratega, “en relación con los estados y naciones pueden existir muchas promesas, pero esas promesas pueden ser temporales y no ayudan a la seguridad. Detrás de las promesas tiene que haber confianza. Hoy día estamos presenciando un momento en la historia universal donde no existe confianza y por ende no hay seguridad. Ahora bien, la confianza se gana con el respeto y el respeto se gana con el ejemplo”.
Mujer de fe y de personalidad tranquila y racional, Virginia Gamba abriga siempre esperanzas. Es la base de su labor que la ha llevado al corazón de los peores conflictos del planeta donde los niños han sido armados para guerras sangrientas, se han disparado armas químicas contra poblaciones civiles y se han cometido masacres impunes.
Las anécdotas e historias que jalonan su libro no están exentas de un toque sutil de humor, esencial para sobrellevar las presiones de los Estados sobre los distintos desempeños que ha tenido trabajando en organismos internacionales como la ONU.
Virginia Gamba es exfuncionaria de Naciones Unidas y candidata independiente a la secretaría general que se definirá este año. Foto: Martín Bonetto.Antes de su presentación, Clarín conversó con la autora, cuya vida es un ejemplo de compromiso con los otros y con el planeta.
Virginia Gamba se ha sentado con grandes líderes políticos en todas partes. Algunos nombres, apenas conocidos por el gran público, pero determinantes en sus países. Quizá el más descollante de todos haya sido el inolvidable Nelson Mandela, cuya vocación de paz en la sufrida Sudáfrica es un ejemplo para la Historia grande.
Con cautela y su afiatado bagaje en la burocracia internacional, Gamba respondió de forma diplomática nuestras preguntas, evitando los costados espinosos de los conflictos brutales que afectan hoy a Ucrania, Medio Oriente y el continente africano.
Infinita tristeza
–Usted, una estratega por la paz, ¿cómo se siente al despertar una mañana y enterarse de que Estados Unidos e Israel bombardearon Irán? ¿O que Rusia invadió Ucrania? ¿Los líderes de hoy no entienden el valor del diálogo?
–Hay dos partes. Una parte emocional, que es cuando me despierto y me entero de que ha habido una gran matanza, que es lo que más me afecta, eso me provoca una infinita tristeza. No me desanima ni me desilusiona, pero me apena. Lo primero que hago, en caso de una atrocidad, de inmediato le mando condolencias al país involucrado. Después sí, viene la parte racional. Me pregunto qué quiere decir ese hecho, quién está atacando y por qué. Trato de nutrirme de la mayor cantidad de información en corto tiempo. Estando en Naciones Unidas, enseguida se reunía el gabinete, iba a la oficina y escuchaba los informes, a la vez que la recolectaba. Ahí surgía una tormenta de ideas y pensábamos en cómo actuar. De lo poco que puede hacer un diplomático de Naciones Unidas, que no tiene mandato para actuar, es asesorar. Es importante pensar qué recomendaciones hacer y frenar la escalada del conflicto. En los conflictos armados hay una reciprocidad de violencia que escala.
–Le voy a plantear un escenario hipotético: llega usted a la secretaría general de la ONU, ¿qué recomendaciones daría para frenar lo que hoy parece el preludio de una guerra mundial?
–En ese escenario hipotético haría tres cosas simultáneas urgentes. Trataría de hablar con los líderes de los países en conflicto. O si es un grupo armado contra un gobierno –en Naciones Unidas les llamamos partes en conflicto– hablaría telefónicamente con ambos expresando la preocupación por los acontecimientos. A veces, esto que es simple, funciona como una especie de toque para quienes están involucrados, de modo que sepan que hay otros viendo lo que ocurre. No será a mucho, pero es necesario como alerta. Luego pediría una reunión del Consejo de Seguridad al presidente del mes (de ese estamento), porque el secretario general no puede convocar directamente al Consejo (integrado por cinco miembros permanentes: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido). En este tipo de crisis uno de los países tiene que llamar a reunión urgente. En estas reuniones se prepara una declaración informativa en un par de horas, que no puede tener prejuicios y debe estar referida a los hechos, no supuestos, de los cuales hay que tener pruebas. No lo dejaría ahí: soy experta en resoluciones exitosas. Es probable que buscara precedentes de resoluciones que funcionaron en casos similares. Tengo más de 50 años de trabajo y sé qué funciona y qué no. Además de que conozco qué tipo de resoluciones precedentes pueden resultar aceptables en los conflictos actuales. Trabajaría como asistente del o de la presidente del Consejo de Seguridad en este tipo de resolución. Hay que entender que una confrontación militar no es lo mismo que la perpetración de un genocidio, o un conflicto violento que genera el desplazamiento de mucha gente. En esos casos, al día siguiente, yo me tomo un avión y me voy. Uno lo dice así, pero los países son soberanos y podrían negarse a recibir al secretario general de la ONU y uno no tiene el lujo del tiempo. Toda mi vida hice el trabajo de disponer la logística necesaria y generar el espacio para despolitizar el conflicto.
–Núremberg dejó una extraordinaria herencia: la creación del derecho internacional. ¿Ese andamiaje se hizo pedazos? ¿En las guerras de este siglo nadie lo respeta? Naciones Unidas es ferozmente criticada hoy.
–Hay hechos que para mí son una realidad. El año 2020, cuando estuvimos aislados por el Covid, fue nefasto. No solo empobreció a la población en todo el mundo, sino que también generó una falsa esperanza de que era importante la recuperación económica de los pueblos, el cambio climático y de que al fin de cuentas todos tenemos más o menos los mismos problemas, o sea que hay una base común. En cambio de darse eso, se dio lo opuesto. Cuando nace la vacuna y se sale de la pandemia, fue como si esta hubiera sido el pasaporte para volver a ser violentos. Fue un rebote doble de violencia. Es como si hubiera habido un año de paz forzada, y entre 2021 y 2022 fue doblemente violento para ganar el tiempo perdido. Noté un gran aumento de violencia. Por un tiempo pensé que a lo mejor no era tan grande, pero enseguida vi que los Estados miembros de Naciones Unidas y los Estados en conflicto no tenían la voluntad que yo había visto en los últimos 30 años: tener más resguardo y buscar una solución negociada de sus disputas. En el pasado había masacres, había violencia, pero también había un entendimiento de que era importante la resolución pacífica de los conflictos. En el pasado había más voluntad de paz, aunque no hubiera necesariamente menos violencia. Lo que advertí, ya en 2022, es que esa voluntad flaqueó y que en el post Covid se iban a buscar soluciones militares para los conflictos políticos. Evidentemente hay una tendencia a resolver las disputas en forma militar y no política, cuando los conflictos son políticos. Por eso domina la fuerza y no la diplomacia. Eso invariablemente lleva a que la otra parte también procure equilibrar usando también la fuerza. Por eso escala a gran velocidad. Los derechos humanos fracasan cuando la voluntad es resolver un conflicto a la fuerza y por eso queda reducida a su mínima expresión la protección de los civiles. Pero no todo uso de la fuerza armada es necesariamente un crimen de guerra. Y ahí hay una gran confusión a partir de la caída de Kabul, en Afganistán. A partir de allí hay un conflicto detrás de otro. Todos se dieron en menos de 24 meses. El tema de resguardar los derechos humanos se empieza a politizar. Pero una tiene que buscar claridad, evidencia y actuar con la letra de la ley. Pero todo el derecho internacional y humanitario son muy antiguos…
–No tanto. Las Convenciones de Ginebra y el Tratado de Roma no llegan a 80 años.
–Sí, pero fueron dictados para un contexto que ya no existe. La guerra no está prohibida. Está prohibida la guerra de conquista. El uso de la fuerza no se puede prohibir. Es humano. Lo que sí se puede prever es que las guerras se peleen con reglas y que sean más humanas de lo que fue la Primera Guerra Mundial. Si uno sigue las reglas del derecho internacional humanitario o del derecho internacional los países tienen que avisar que van a atacar, pero eso no evita el sufrimiento humano. Las guerras ya no se pelean en espacios abiertos, sino dentro de las ciudades densamente pobladas. Ya no se pelea con fuerzas armadas con uniformes. Esto es asimétrico, son grupos armados, terroristas, paramilitares o de seguridad privada, mercenarios, que se asocian y pelean en mitad de las ciudades y convierten a estas en blancos militares. Mi puja en los últimos tres años en Naciones Unidas fue decirles a los Estados miembros que hay que hablar del elefante en mitad del cuarto. Las líneas rojas (uso protector de un emblema) de lo que es aceptable y no aceptable deben ser adecuadas a hoy. Hoy se puede hacer una guerra dañando a muchísima gente. No es tanto que la ONU no funcione, sino que las reglas tienen que ser modernizadas y adoptar un nuevo estándar de seguridad para los civiles. No se puede pedir a Naciones Unidas una función que no tiene. Lo que he notado desde la caída de Kabul en adelante es una enorme politización, tanto de la información como de las posturas de los Estados miembros. Como una división casi ideológica entre los países. Muy parecido a lo que pasaba durante la Guerra Fría. Evidentemente ha habido una polarización en la que el único que pierde es el ser humano, la población civil. Esta ideología del enemigo es tan fuerte que politiza los medios de comunicación, que en este momento son muchísimos. No es como hace 80 años. Hoy están la Inteligencia Artificial, las redes, la noticia es instantánea, las noticias falsas existen. Incluso hay gente que, con buena fe, las difunde. Hoy se puede dar una versión de la historia, rápidamente, y multiplicarla solo con fines políticos. Eso alimenta la guerra, la revancha, las atrocidades. Eso nunca se puede corregir. Solo alienta más violencia. No creo que Naciones Unidas esté más débil. Hay una enorme confusión que no permite análisis correctos y se genera esa imagen de organismo internacional débil, que además no tiene recursos. Creo que es cuestión de poner orden.
Virginia Gamba es exfuncionaria de Naciones Unidas y candidata independiente a la secretaría general que se definirá este año. Foto: Martín Bonetto.–¿Qué opinión le merecen los liderazgos políticos actuales, que han sumido al mundo en un desequilibrio geopolítico, comparados con los que existieron hace 70 años?
–No creo que podamos comparar peras con manzanas. En el pasado existía otro tipo de educación y otras exigencias en los estadistas. Existía otro tipo de pacto social. No había tanto sensacionalismo. No existía el poder mediático de hoy, con el que cualquiera surgido de la nada puede decir cualquier cosa. Hay gente muy joven ganando espacios. No digo que antes todos eran más sabios, porque se cometieron muchas atrocidades. Pero sí puedo decir que la información y la experiencia que tienen los líderes hoy, a menos que sean regímenes no democráticos, no tienen la misma base ni los mismos criterios con que se contaba en el pasado. Hoy no hay estadistas. El último estadista que conocí y que trascendió sus fronteras fue Nelson Mandela. Ahora tenemos presidentes y líderes que no son estadistas. Estamos viendo un hastío de los sistemas políticos de los últimos 80 años que está generando nuevos espacios, que nadie sabe dónde llevan. Es interesante porque la tendencia es global. Los líderes que están naciendo son un anatema de pasado. Hay ganas de buscar otros caminos. Es un orden mundial en transformación y nadie sabe lo que está del otro lado. Por eso no se puede comparar. Esa transformación también es política. Es una nueva era. La evolución no se puede detener ni se puede desinventar nada. Tenemos que tratar de proteger al ser humano para que esa transformación no sea tan violenta, que no surja de la sangre de los civiles sino del diálogo en paz. Soy una firme creyente de que se puede crear el espacio. En este momento me asusta mucho la violencia. Y la violencia está en aumento.
Virginia Gamba básico
- Nació en San Martín, Buenos Aires, en 1954. Estudió en Gran Bretaña y desarrolló su carrera en distintos países de Europa, África y América como experta en cuestiones estratégicas relacionadas con la paz, la seguridad y la seguridad humana.
- Trabajó en universidades, fundaciones, institutos de investigación, organizaciones multinacionales, gubernamentales y no gubernamentales.
En la cuerda floja. Crónica de una lucha por la paz y el desarme, el libro de Virginia Gamba (Edhasa, 2025)- En 1995, en su calidad de miembro del Comité Ejecutivo de las Conferencias Pugwash, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz junto con el profesor Joseph Rotblat.
- Como miembro de la ONU, trabajó incansablemente por el control de armas, el desarme y desmovilización, así como por la defensa de los niños en contextos de conflictos armados.
- Es autora de numerosos libros y artículos académicos sobre una amplia gama de temas relacionados con la paz y la seguridad humana.
En la cuerda floja. Crónica de una lucha por la paz y el desarme, de Virginia Gamba (Edhasa).










