Liliana Furió es una de las fundadoras de Historias Desobedientes. “Conocí a Analía Kalinec, hija de Eduardo Emilio Kalinec [policía de alto grado condenado por torturas y homicidios] un año antes de que pudiéramos formar el colectivo”, recuerda. Durante ese primer tiempo estuvieron solas, intercambiando experiencias que todavía no tenían forma pública. En 2017, fundan el grupo, integrado, dice, «no por valientes, sino por gente común». “Rompimos muchos moldes”, considera. Desde entonces, su recorrido se inscribe en una trama colectiva que también atraviesa su vida personal, en diálogo constante con Julie August, su compañera, hija de un médico del ejército nazi: dos historias distintas que convergen en una misma pregunta sobre la herencia y la responsabilidad.
Su propia biografía está marcada por la normalización. “Para mí era absolutamente natural que hubiera gobiernos democráticos y militares”. Durante la dictadura, dice, “la pasé muy bien, no tenía idea de nada. Con la democracia empiezan a salir a la luz los crímenes y yo no me quise enterar”. Incluso cuando leyó el Nunca Más eligió creerle a su padre: “Me dijo que eran excesos, que él no tenía nada que ver”.
El punto de inflexión llega años más tarde, en 2008, cuando su padre queda detenido. «Ahí dije: pará, hay archivos, hay testimonios, una cantidad abrumadora de relatos del horror. No pude seguir intentando creer que él no había estado”. En el campo de los derechos humanos, desconfiaban de estos hijos e hijas de represores. «Pero seguimos avanzando, dando testimonios, acompañando juicios”. El colectivo se vuelve parte activa de ese entramado.
Hoy, el sentido del trabajo también es acompañar a otros en ese proceso de reconstrucción. “Cuando yo me confronté con esto, no tenía dónde ir”, dice. Por eso, la apuesta es construir red, «que sepan que hay otros hijos, otras hijas… que ya hicieron ese camino”. Y, en última instancia, intervenir sobre algo más amplio: “Desarmar esta cultura de la crueldad”.










