La noticia dio la vuelta al mundo en minutos. La inteligencia artificial (IA) había conseguido por primera vez una medalla en la prestigiosa Olimpiada Internacional de Matemática (IMO, por sus siglas en inglés), un concurso en que los 600 chavales más brillantes del mundo se enfrentan a seis problemas que han sido diseñados en secreto durante un año, y que deben resolver con solo lápiz, papel y su cerebro. Es mucho más que un concurso. Es el lugar en el que se maceran las mentes matemáticas que después solucionarán problemas imposibles y dirigirán las compañías tecnológicas que gobiernan el mundo. La noticia de la medalla que ganó la IA fue publicada por miles de medios y elegida como uno de los mayores avances científicos del año por la revista Science. Y aquí es cuando la narración comienza a complicarse. Porque la noticia es mentira.
EL PAÍS ha conversado durante los cuatro últimos meses con una docena de personas sobre lo que ocurrió en Sunshine Coast (Australia) entre el 10 y el 20 de julio de 2025. Las versiones varían y se contradicen, pero algo está claro: los involucrados habrían querido que los titulares hablaran de los chavales, como Ivan Chasovskikh, el genio ruso-americano que compitió con bandera neutral y consiguió una puntuación perfecta sentado en una mesa durante 4 horas y 30 minutos. Pero los titulares se los llevaron unas corporaciones billonarias y sus máquinas, que funcionan con algoritmos ultrasecretos, y que nadie sabe cuánto tiempo, energía o capacidad de computación usaron para ganar unas medallas que en realidad no ganaron.
Para comprender la complejidad de esta historia, y el terremoto que ha provocado en la comunidad matemática, hay que entender primero por qué la Olimpiada Matemática es tan importante. Se celebra anualmente desde 1959 y acuden seis chavales de unos 100 países (la cifra varía en cada edición). Los estudiantes preuniversitarios se enfrentan a seis problemas extremadamente difíciles repartidos en dos días y tienen 4,5 horas para resolverlos, armados solo con papel y lápiz. Estos abarcan áreas como álgebra, combinatoria, geometría y teoría de números, y no requieren conocimientos universitarios, sino creatividad, ingenio y lógica. Son diseñados y discutidos por un grupo de exolímpicos durante todo el año y son guardados con extremo secreto.
La Olimpiada es importante porque reúne a los jóvenes con mayor talento matemático del planeta y se ha convertido en la referencia para detectar y formar futuros líderes en ciencia y tecnología. Entre los ganadores más famosos están Terence Tao, que fue medalla de oro a los 13 años (uno de los más jóvenes en lograrlo) y, después, Medalla Fields, el Nobel de matemáticas. También fue medallista el personaje más misterioso de las matemáticas, Grigori Perelman, conocido por demostrar la Conjetura de Poincaré, renunciar al millón de dólares que suponía resolverlo y desaparecer de la vida pública. Y dos famosos empresarios tecnológicos: Sergey Brin, cofundador de Google, y Demis Hassabis, cofundador de Google Deepmind, la rama de IA de Google, y premio Nobel de Química.
Los chavales que compiten en las olimpiadas se preparan duramente durante todo el año. Diego, Fernando y Miguel son tres de los españoles que viajaron en 2025 a Australia para competir. Tienen entre 17 y 19 años. Estudiaban entre seis y ocho horas al día, entrenados por otros exolímpicos españoles. Una leyenda, María Gaspar, dirige el equipo español desde 1984. A sus “polluelos”, como los llama, los entrena, tutela y cuida desde que son elegidos hasta mucho después de su vuelta. Entre sus discípulos está Elisa Lorenzo, exolímpica y ahora coordinadora y correctora de la Olimpiada. Un dato fundamental en esta historia: ni Gaspar, ni Lorenzo, ni ninguno de los adultos que participan en esta competición cobra por ello. Lo hacen por amor a las matemáticas, y por abrir a otros chavales las puertas que se les abrieron a ellos.
Para la competición de 2025, a los correctores como Lorenzo les llegaron 250 propuestas de problemas, enviados por los países participantes. Y ahí empieza una “brutal” carga de trabajo, que deben afrontar en sus ratos libres: estudiarlos, observar si cumplen los estándares de la IMO, arreglarlos si son “feos”, como dice ella. Eligen unos 30 y, unos 10 días antes de que lleguen los chavales, las dos docenas de personas que trabajan en la organización se reúnen en jornadas de 10 a 12 horas diarias para decidir los seis problemas. Los eligen por su “belleza y dificultad”, explica la coordinadora.
Los problemas son el secreto mejor y más cuidadosamente guardado del año en matemáticas. El jurado está aislado esos días. Gaspar recuerda: “Cuando yo empecé, me iba de casa y decía: ‘Me voy a Varsovia, pero no vais a saber nada de mí en diez días”. El evento es patrocinado cada año por distintas empresas y, a veces, por gobiernos. Cuesta unos tres millones de euros para pagar billetes y hotel a organizadores y niños.

En la ceremonia de inauguración de la Olimpiada, los 600 chavales hacen un juramento en el que se comprometen a ser honestos y respetar las reglas del juego. Lo que no sabían entonces es que algunas multinacionales no iban a respetar las mismas reglas.
Las empresas de IA llevan varios años participando de algún modo en la IMO. Su interés es evidente: quieren entrenar sus modelos con los problemas, conocer a los chavales y darse a conocer a ellos. De hecho, ellas y las universidades más prestigiosas del mundo, también presentes, se pelean por intentar fichar a los chicos. Muchos de ellos, sobre todo los de los países en mayores dificultades, se juegan el futuro en la IMO. Pero este año, las multinacionales no solo querían fichar talento. Querían ganar medallas.
Gregor Dolinar, presidente de la junta de la IMO, explica que la organización invitó a representantes de las empresas interesadas a Australia. Eran Google, OpenAI, Harmonic, Huawei, Numina y ByteDance, la empresa china detrás de TikTok. “Organizamos una mesa redonda y unas charlas; es un tema de enorme interés para los estudiantes”, dice.
Los chicos hicieron sus pruebas el 15 y 16 de julio. Y ahí empieza una “agotadora” carrera contrarreloj, según Lorenzo, de los correctores para decidir quién se lleva las medallas. No es sencillo; muchos problemas se pueden solucionar de maneras distintas, y el jurado premia la “elegancia y simplicidad”, que muchos líderes de equipo les discuten después. Pero el 17 de julio, Dolinar les escribió un mail. Les explicaba que las empresas de IA también habían hecho los ejercicios y les pedían que las evaluaran también a ellas.
Los correctores, cuenta Lorenzo, se sorprendieron. “Estábamos sin dormir, con mucha presión y mucho trabajo, y lo hacemos sin cobrar, por los chavales. Pero ese mail nos pedía que trabajáramos gratis para esas corporaciones”.
Los correctores decidieron negarse y escribieron al presidente. Decían sentirse preocupados porque la IA “pueda distraer de la importancia que la IMO tiene para los estudiantes” y pedían que cualquier resultado relacionado con ella se hiciera público “al menos una semana después de la ceremonia de clausura”. Su segunda preocupación era económica: “Si este trabajo va a proporcionar beneficios a empresas comerciales, estas deberían contribuir financieramente a la IMO”. Y la tercera era técnica: “Tenemos preocupaciones científicas. Los modelos de IA deberían tratarse científicamente, con plena transparencia e integridad científica”. Sin embargo, los correctores desconocían cómo iban a concursar las IAs. “¿Qué información utilizan los modelos? ¿Qué tipos de algoritmos se aplican? Aplicar los esquemas de corrección a modelos de IA resulta problemático cuando están diseñados para pruebas escritas por humanos, a los que podemos atribuir intención y comprensión”, decían en un correo electrónico.
“El problema fue que la decisión de invitar a representantes de empresas de IA se tomó bastante tarde”, explica Dolinar. “Se asumió que no debería ser un problema evaluar las soluciones de seis empresas de IA, además de las soluciones de 600 estudiantes, lo que podía considerarse como corregir a seis estudiantes más. Envié un correo preguntando quién estaría dispuesto voluntariamente a corregir esas soluciones si tenía tiempo libre. Supongo que algunos coordinadores, que ya estaban bajo mucha presión, recibieron ese correo como una carga adicional”.
La organización sí aceptó el primer punto. “Pedimos a los representantes de las empresas de IA invitadas que no publicaran los resultados hasta una semana más tarde. Todos aceptaron”, dice el presidente. En realidad, fueron casi todos. Porque OpenAI no respondió.
La noche de la clausura, cuando los estudiantes recibían nerviosos sus premios y medallas, ellos, sus coordinares y los correctores recibieron, asombrados, una noticia inesperada: OpenAI había publicado en redes que su modelo “logró un desempeño” de medalla de oro. No decían lo que no podían decir, que habían ganado una medalla, ya que, primero, no se presentaron, y segundo, su modelo jamás fue evaluado por los correctores de la IMO.

“¡Logramos un desempeño de nivel de medalla de oro en la Olimpiada Internacional de Matemáticas 2025! Nuestro modelo resolvió problemas matemáticos de primer nivel, al nivel de los mejores concursantes humanos”, decían en X. Recibieron miles de retuits y ‘me gusta’. Los medios entendieron que habían ganado una medalla real a sus competidores humanos y muchos titularon así sus crónicas. Nadie les desdijo.
We achieved gold medal-level performance 🥇on the 2025 International Mathematical Olympiad with a general-purpose reasoning LLM!
Our model solved world-class math problems—at the level of top human contestants. A major milestone for AI and mathematics. https://t.co/u2RlFFavyT
— OpenAI (@OpenAI) July 19, 2025
La noticia cayó como una losa sobre la normalmente divertida clausura del concurso. “Pero qué cabrones, qué vergüenza”, recuerda ahora Lorenzo que pensó. “Están escribiendo en X, han hecho una nota, tienen a los medios de comunicación… Fue una bomba”. “Estuvo un poco feo que intentaran quitarnos el protagonismo”, coincide Miguel, uno de los estudiantes españoles.
Después se desató el caos. Google se dio cuenta de que OpenAI se había saltado el embargo e intentó que sus resultados fueran validados. Algunos de los correctores denunciaron el “acoso” al que fueron sometidos por Google. “Estaba tomando algo, y entonces el líder de Bielorrusia, creo, se me acercó y me dijo: ‘Oye, Google te está buscando’. Y luego esos tres tipos estaban allí, con su chaqueta de Google DeepMind, y decían: ‘¿Eres el responsable del problema cinco?’ Yo dije que sí. Ellos, literalmente, abrieron el portátil y dijeron: ‘Esta es nuestra solución. ¿Puedes corregirlo?“, recuerda el suizo Arnaud Maret, uno de los correctores. “El chico de Google me dijo que cada hora que pasaba entre el comunicado de prensa de OpenAI y el suyo es una vergüenza para Google”. Con humor, reflexiona ahora: “¿Cuándo volveré a tener tanto poder de negociación en mi vida para decirle que no a Google?“.
OpenAI no ha respondido a las preguntas de este diario. Google, sí. “La participación de Google DeepMind en la IMO 2025 fue planificada varios meses antes del evento. Técnicamente, no compitió contra los estudiantes: no recibió una medalla de oro, sino que se formuló intencionadamente [en su nota] que habíamos alcanzado un nivel equivalente al de una medalla de oro”, dice Thang Luong, científico principal que dirigió la colaboración de la compañía con la IMO. Respecto al asalto a los correctores, explica: “Durante el evento, la IMO confirmó oficialmente que otorgaría una calificación oficial a las empresas de IA. Todas las interacciones, durante y después del evento, fueron dirigidas y facilitadas por los miembros del consejo asesor de la IMO, incluido el presidente”.
Para Dolinar, sin embargo, Google “se llevó una desagradable sorpresa cuando descubrió que OpenAI había actuado por su cuenta. Ajustaron sus planes, pero hay quien no quedó contento con cómo lo gestionaron”.
Más allá del circo, había problemas técnicos reales. Un coordinador que evaluó la solución de IA para el problema 5 dijo que esta “podía adivinar el resultado final, pero no podía demostrar ninguna parte correctamente” y que, de haberla recibido de un estudiante, le habría dado cero puntos y habría informado al Comité de Ética.
El presidente de la IMO rechaza frontalmente la crítica de algunos de los coordinadores de que la IA robara la atención de los chavales. Es más, cree que lo que pasó fue, precisamente, todo lo contrario: “Gracias al éxito en la resolución de problemas por parte de estas empresas, la IMO apareció en los principales medios de todo el mundo. Mucha más gente supo de su existencia. Desde el punto de vista de la visibilidad, fue muy positivo”. Además, Dolinar defiende que Google, por ejemplo, ya ha donado un millón de dólares a la Olimpiada y ayudó a organizar el primer concurso en África. Gaspar disiente: “Ellos [las IAs] pueden decir lo que les dé la gana. Pero no están compitiendo en igualdad de condiciones”.
Mientras los chavales solo necesitaban papel y lápiz, algunas fuentes estiman que el coste computacional de pruebas similares para la IA puede superar el millón de dólares en energía. Y meses después de todo lo ocurrido, la historia tuvo un inesperado chimpún: el gigante chino DeepSeek reclamó el mismo “oro” por su cuenta, sin coordinarse con nadie. Los titulares dijeron que DeepSeek “arrasó” en las Olimpiadas, y la prestigiosa revista Nature tituló que lo había hecho “tan bien como los humanos”, en una competición en la que no estuvo, y jamás compitió con ningún humano.

El precedente está sentado: ya no hace falta ni llamar a la puerta. La IMO 2026 se celebra este año en Shangai (China). Y buena parte de la atención estará puesta, de nuevo, en la IA. Dolinar y Google reconocen estar “en conversaciones” para determinar el papel de estas empresas en el concurso y discutir su posible financiación. Algunos expertos creen que la IA debería participar en su propio concurso, con sus propias reglas. Uno de ellos es Terence Tao, que también estuvo presente en Australia y es, posiblemente, el matemático más influyente del mundo. “Aunque muchas empresas de IA hacen un trabajo excelente, una de mis principales críticas al sector es que a menudo son muy secretas sobre su investigación y tienden a publicar únicamente sus resultados positivos, sin divulgar los negativos, lo cual va en contra de los principios de la ciencia”, explica Tao a EL PAÍS.
Según su argumentación, el formato de la Olimpiada está cuidadosamente diseñado para estudiantes humanos sin acceso a apuntes ni a ningún tipo de ayuda, “que solo pueden confiar en su memoria”. No es una comparación equitativa: “El agente de IA puede estar formado en realidad por múltiples subagentes que se comunican entre sí, y tendría acceso a una cantidad de información muy superior a la de cualquier humano”. Tao explica que, del mismo modo que existen competiciones separadas para velocistas olímpicos y pilotos de coches de carreras, “acabaremos adoptando un formato diferente para las competiciones olímpicas de IA”. Él forma parte del consejo asesor del AIMO, “quizás el experimento más prometedor en esa dirección”, dice.
Todos los protagonistas de esta complicada historia sienten algo de pena y melancolía. Pena porque lo que haya trascendido de la IMO sean las peleas de las empresas de IA, cuando lo verdaderamente alucinante es el trabajo de miles de matemáticos voluntarios para hacer brillar a cientos de chavales de cientos de países que “se comunican en el lenguaje universal de las matemáticas”, dice Gaspar: “Son adolescentes que, quizá, lo hayan pasado mal en clase, por ser demasiado listos. Es una competición, pero una competición sana, y los niños hacen amigos para toda la vida”.
La melancolía viene porque, quizás, estén defendiendo un mundo que está a punto de acabarse. Es el mundo de la mente humana, el papel, el lápiz, el cronómetro y un problema de difícil solución, que puede resolverse de formas elegantes y bellas, formas que, hasta el momento, solo la mente humana ha sido capaz de imaginar. Dolinar es optimista: “Siempre habrá personas brillantes en todo el mundo que quieran desafiarse a sí mismas con problemas que requieren solo pensamiento puro”. Cuenta que los propios investigadores de las empresas de IA le dijeron algo “bonito”: los matemáticos son los últimos guardianes de la mente humana frente a la IA, con su “pensamiento preciso y su atención al detalle”.
Miguel, Fernando y Diego son quienes deberán vivir en ese mundo. Todos estudiarán matemáticas. Reclaman, además, que estas Olimpiadas sean reconocidas como lo que es, “una locura de mérito”, y que los participantes puedan acceder a la universidad en condiciones especiales, como los deportistas. “Es una pena que alguien que se prepara duramente para esto no pueda entrar en la universidad a estudiar matemáticas porque sacó un 8 en otra asignatura”, dice Diego. Respecto a su futuro, ninguno tiene especial interés, de entrada, en trabajar en una multinacional de la IA. Todos ellos aman la belleza de las matemáticas, sus “verdades absolutas”, pero también “su libertad creativa”, y defienden el poder de la mente humana: “Cuando me enfrento a un problema y me tiro ocho horas con él y acabo sacándolo, me entra una alegría que no puedo explicar”, explica Miguel. “Y en el momento en que no pueda sentir eso, será el día que me muera”.









