Si fuera un lugar, la abogada y escritora Mónica Zwaig sería un territorio de confluencia. Nació y se crió en Francia, en una familia de argentinos. Estudió Derecho, pero es escritora. A los 25 años, vino a Buenos Aires a conocer el país de sus padres y aprendió a hablar castellano mientras asistía a los juicios de Lesa Humanidad. Trabajó en el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y es actriz, dramaturga y traductora. Escribió dos novelas: Una familia bajo la nieve y La interlengua (Blatt & Ríos). Y ahora, publica Avisale a mi mamá (Siglo XXI), un libro para adolescentes en el que se encuentran la dictadura argentina con la inteligencia artificial: «Quería armar una pasarela en el tiempo y la IA me sirvió para eso», dice a Clarín.
En la cocina de la casa de la escritora, las manzanas se están cocinando para la compota. Un poco atenta y un poco ajena, Zwaig se dispone a responder las preguntas de Clarín sobre esa historia que comienza cuando el chat de inteligencia artificial que usa Teo (14 años, un trabajo práctico de Historia por hacer y pocas ganas) le trae mensajes muy extraños. Alguien le pide ayuda. Alguien que está secuestrado y al que torturan…
–¿Cuáles dirías que son las dificultades de abordar la dictadura para contársela a los y las adolescentes?
–En el proceso de escritura de la novela tuve la posibilidad de hablar con adolescentes y sentí una gran confusión sobre el tema, entre la inseguridad de ¿está bien lo que digo? y la falta de información. En su mayoría todos sabían que había habido desaparecidos pero no podían explicar mucho más y tampoco explicar con sus palabras. Eso me hizo pensar qué había que “contar todo de nuevo”, explicar desde cero pero no solo la historia con las fechas sino los términos, y hacerlos partícipes de reflexiones sobre el contexto y lo que estaba en juego e incluso sobre el vocabulario que usamos para hablar de la dictadura. Para mi hay que vencer tres obstáculos principales: el prejuicio de que sobre este tema ya está todo dicho y hecho; evitar el cassette y los eslóganes que generan un ejercicio de repetición pero no un entendimiento y una búsqueda de sentido; y liberar la palabra para que todos puedan hablar, preguntar, preguntarse, sin sentirse juzgados por eso.
–Teo, el protagonista de Avisale a mi mamá, está terminando segundo año y no sabe ni le interesa nada sobre esa historia reciente del país. ¿Debería ser de otro modo?
–Creo que la novela trata de contestar a esa pregunta justamente, a través del recorrido de Teo. Me interesa más la pregunta que la respuesta o las respuestas. Escribí esta novela con mucha humildad, porque tengo mucho respeto por los adolescentes y porque el tema de la dictadura es tan enorme e inabarcable que no siento que tenga lecciones que darle a nadie. Es desde ese lugar que quise escribir, con esta pregunta en la cabeza. Traté de imaginar las preguntas que se podía hacer un joven que se mete en el tema por primera vez y tomarlas con mucho respeto. Creo que la adolescencia es un periodo donde el presente es tan intenso que tal vez es lo único que realmente importa y me gustó el desafío de buscar generar un interés por el pasado, buscar una rajadura por donde entre algo de curiosidad.
–Mora, su compañera, tiene la misma edad, pero su vínculo con el tema es distinto. ¿Por qué elegiste ese contrapunto y qué rol les otorgás a las familias?
–El personaje de Mora me apareció muy naturalmente pensando en los nenes que ví en las marchas del 24 todos estos años. Después lo fui construyendo y traté de armar un personaje que va más allá de los clichés, como en la vida real, un personaje con dudas y con preguntas. Me parecía interesante también dar lugar a estos jóvenes que están interesados en esa época de la historia porque los hay también y que los lectores puedan también empatizar con este personaje o identificarse. Me parece que la familia tiene un rol fundamental pero no decisivo. Creo que justamente la adolescencia es un periodo de ruptura y cuestionamiento y la crisis puede dispararse por el lado menos esperado.
–La IA como herramienta pedagógica todavía está en debate, ¿por qué le das un espacio central en la trama y cuál es tu posición sobre su rol en la escuela?
–Hablando con adolescentes me dí cuenta que usan la IA todo el tiempo, para el colegio y para la vida personal. Pensé que usando la IA como recurso ficcional tal vez me permitía trazar un punto en común entre los adolescentes y también una posibilidad de identificarse muy ligada a su presente. Sentía que era la posibilidad también de acercarme a ellos. En cuanto a la narrativa me parecía útil también porque me permitía incorporar preguntas a la historia que estaba contando y también podía armar diálogos con un poco de humor cuando la IA empieza a volverse “loca”. Yo no busqué para nada hacer un estudio sociológico sobre la IA y los adolescentes o la IA en el colegio. Ahí también trato de escapar a la moraleja, de dar lecciones sobre si estaba mal o bien usar la IA. Quise darle una vuelta más y buscar otro lugar para hablar de eso. Lo que sí me interesa es que esta novela pueda servir como disparador para dialogar sobre ese uso de la IA. Yo la usé poco para armar esta historia, prefería imaginarlo. Además quería armar una pasarela en el tiempo y la IA me sirvió para eso. Me parecía interesante la contradicción de que buscamos el pasado en el celular, con un aparatito tan moderno o una aplicación tan moderna como chatgpt. Busqué trabajar sobre estos dos tiempos en simultáneo. No busqué ser original tampoco. Me inspiraron autores como Bradbury, Mariana Enriquez, películas como Jumping Jack Flash. Y creo que hay también una voluntad de rendir homenaje a lo que ya se hizo antes sobre ese tema como “el mar y la serpiente” de Paula Bombara, o la noche de los lápices y tal vez preguntar cómo dialogar con estas referencias en un mundo tan tecnológico como el actual.
–Parece difícil que un chico como Teo conecte con la historia argentina de los 70, más allá de los detalles de la trama, ¿cuáles te parecen que son los posibles contactos entre aquellos hechos y estas adolescencias (incluso estas juventudes del presente)?
–Al principio de la búsqueda de la novela quería centrar todo en la búsqueda vocacional y la falta de vocación para tener como dos contrapuntos: los jóvenes de los 70 con convicción y los de hoy con falta de proyección en el futuro. Después me corrí de esta búsqueda porque me parece que enfrascaba mucho estas juventudes. Y volví a algo más terrenal y humano: el vínculo con los padres, el miedo de hablar en público, los amigos, los profes que son buenos y los que son malos. Pensé en mis recuerdos adolescentes que también me llevaban a eso, ese cotidiano en la escuela, el grupo de amigos, las ganas de fiestas, las contradicciones internas. A eso le agregué algo de la ruptura porque creo que la adolescencia es el periodo de ruptura, de cambios, y eso tal vez sea un punto más de identificación en estos jóvenes.
–Hay una idea extendida que dice que, mientras hay sobrevivientes, las grandes masacres y genocidios tienen alguna vigencia, pero al desaparecer los testigos directos, la humanidad tiende al olvido o la desmemoria. ¿Tiene ese genocidio argentino posibilidades de no ser olvidado o relativizado?
–Creo que es imposible olvidar. La memoria se transmite incluso en los silencios y en las ruinas. En el caso de Argentina se hizo y se hace un trabajo de memoria con mucho esfuerzo, muy diverso y muy profundo. Hay de todo, literatura, cine, periodismo, documentales, juicios, investigaciones históricas, archivos judiciales, archivos de abuelas, archivos documentando los crímenes…A veces me asombro de ver que siempre se escuchan las mismas historias o hitos sobre la dictadura, habiendo tantos trabajos de diversos tipos que relatan aspectos de la historia tan fascinantes, me pregunto si el hecho de tener tantas cosas desarrolladas o para desarrollarse no genera un especia de abrume general y nos quedamos contando las mismas historias siempre. Ahora la memoria es por suerte algo vivo. Siempre se van a actualizar estas preguntas sobre el pasado. También creo que el impacto del genocidio es tan grande y llega a tantas esferas de la sociedad al nivel individual y colectivo que el intento de relativizarlo no puede prosperar.
–¿Cuáles pensás que son las herramientas para hacerle frente al negacionismo?
–Dar a conocer la historia. Creo que hay que abrirse lo más posible, no generar endogamias entre los que pensamos lo mismo. Tal vez parezca una estupidez pero creo que hay que encontrar las historias buenas y difundirlas con ganas como si fuese la primera vez que se habla del tema. Para eso creo que hay que encontrar un lenguaje creativo, fresco y por eso confío mucho en las nuevas generaciones para seguir abriendo este camino.
Avisale a mi mamá, de Monica Zwaig (Siglo XXI).










