De las primeras semanas después de la invasión total de Ucrania por parte de Rusia, María Stepánova (Moscú, 53 años) recuerda las noches sin dormir pendiente de las noticias y las redes sociales. Se metía en Facebook en mitad de la noche y veía las lucecitas verdes de sus amigos que, como ella, no podían pegar ojo y se dedicaban a contemplar el horror que su Estado había desatado en su nombre en el país vecino. A las tres semanas, hizo la maleta y se fue a Nueva York a impartir un ciclo de conferencias en el Columbia Harriman Institute sobre literatura de la memoria en honor a su primer libro de prosa, En memoria de la memoria (Acantilado, 2022), en el que repasa la historia de su familia y el convulso siglo XX en Rusia. Entonces no lo sabía, pero ya no volvería a su casa de Moscú. Tras el curso se instaló con su familia en Berlín, donde sigue residiendo hoy y donde escribió su segunda novela, Desaparecer (Acantilado, 2026). En ese libro, la protagonista es M., que vive en la ciudad B., y recala en una pequeña localidad europea donde no conoce a nadie. Eso le sirve de motivo para despojarse de identidad y crear, al menos durante dos días, otra nueva. Una en la que no le pesa ni su idioma ruso materno, ni su país de origen ni los crímenes que está cometiendo la “bestia” en el país vecino. El nombre de Vladímir Putin no aparece escrito en ninguna página, pero queda claro que es de él y de los que le apoyan de quien habla cuando cita a la bestia, un animal sanguinario que requiere de sacrificios humanos. “La principal lección que he aprendido en estos últimos decenios, desde el comienzo de la era Putin, es que el mal tiene una capacidad asombrosa para generar más mal”, dice sentada en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), donde es la autora residente invitada de este año.
Desaparecer es un libro muy diferente a En memoria de la memoria, ¿cómo surgió la idea?
Yo no tenía intención de escribirlo. Cuando me fui [de Rusia] después del 24 de febrero, no entendía que me iba para siempre. Tenía que dar unas clases en Estados Unidos… Y a pesar de todo lo que estaba pasando, me dijeron: “No, ven de todas formas”. Pensé: bueno, ¿por qué no? Al menos es una oportunidad para hacer algo. Mis conferencias iban sobre la memoria familiar y se identificaban con la etiqueta de espacio post-soviético. Y eso suscita muchas preguntas porque hablaba de escritoras como Katia Petrovskaya, que escribe en alemán sobre su infancia en Ucrania…
¿Y eso es literatura alemana o literatura ucrania?
Mi tesis es que ahora vivimos en una época de identidades dobles, triples, quíntuples. Y que cuando una persona tiene tres o cuatro identidades, me parece que sería un pecado prescindir de esa riqueza porque significa que la persona está en diálogo con varios mundos a la vez, y eso es genial. En Barcelona soy una extraña. No lo entiendo en absoluto, pero veo que existen dos idiomas al mismo tiempo. Es evidente que se trata de una ciudad con dos identidades. Y es imposible renunciar a una de ellas, ¿verdad?
Bueno, creo que no todos piensan así.
Entiendo que no todos, pero, escucha, yo nunca he sido nacionalista.
¿Cuál es su idea nacional?
Nunca conseguiré ser nacionalista. Yo soy de esa generación, de aquellos tiempos en los que el cosmopolitismo era algo muy bueno para nosotros, pero no tanto para el Estado soviético. Y no he cambiado. No me gustan las fronteras, no me gusta dividir a las personas en nosotros y en los otros. Pero respeto las opiniones ajenas y también a los nacionalistas, cuando no sean caníbales.
Cuando la protagonista se queda sin conexión en una ciudad que no conoce, no siente pánico sino alivio. Se siente libre. Si nos deshacemos de la identidad y de la carga nacional que conlleva, ¿qué encontraremos? ¿Libertad tal vez?
¿Es posible, en general, deshacerse de esa carga? Sinceramente, creo que no. Este libro trata de una oportunidad tan sorprendente y afortunada que, de repente, le surge a la protagonista: salir de su vida y empezar a ser alguien completamente diferente, aunque sea por poco tiempo. Es como una oportunidad para desconectar y tomarse un respiro, es como cuando un niño le pide a sus padres: “¿Puedo no ir al colegio hoy? Porque no me apetece nada…”. Y eso es maravilloso, pero todos entendemos que tarde o temprano hay que ir al colegio.
Es lo que puede ocurrir con la inmigración: llegar a un nuevo país y formarse una nueva identidad porque nadie te conoce.
A principios del siglo XX, cuando hubo una migración masiva a Estados Unidos, era una práctica muy común en Ellis Island llegar y cambiarse el nombre. Pasar de Stepánova a Stephens. Y la gente dejaba de comunicarse con sus familiares y desplazaba el viejo idioma y los viejos recuerdos. Y sus hijos y nietos, justo al contrario, venían a ese páramo desolado e intentaban encontrar allí algo de lo antiguo. Porque, bueno, todos queremos lo que nuestros padres nos prohíben.
Y luego viajaban a su aldea polaca o irlandesa buscando sus raíces…
Y allí ya no quedaba nada. Es una historia sin principio ni fin. Uno puede convertirse en otra persona, pero en la siguiente generación, los hijos o los nietos volverán y volverán a transformarse. En el caso de mi protagonista, todo esto está relacionado con la vergüenza y el horror por la violencia que ella no puede detener y ante la cual, de una forma u otra, se siente…
¿Culpable?
Cómplice, sí. Y ella está todo el tiempo pensando en ello y no puede encontrar la palabra adecuada. Es decir, ¿qué es eso? ¿Es culpa o responsabilidad, o algo más? Pero de lo que no duda ni un segundo es de que ella forma parte de esa especie de máquina orgánica de violencia. Que, dado que ella formaba parte de esa sociedad, lo que le ha ocurrido a esta tiene una relación directa con ella. Y por eso ella se examina a sí misma de forma interminable y a veces cómica en busca de atrocidades potenciales y reales. En el libro viaja y viaja, y cuanto más lejos llega, más ganas tiene de comer y no para de comprarse comida. Y esa comida es un sándwich vegetariano. Uno muy éticamente correcto. Con aguacate y tofu, y sin carne, sin pescado.
Algo que jamás comería la bestia.
Sí, pero se olvida el sándwich en el tren, luego se lo da a alguien. En fin, que cuando no puede más, se compra un enorme y repugnante döner y desgarra su carne con los dientes. ¿Por qué? Porque no podemos negar nuestra esencia. Biológicamente eres un depredador. Hay muchos animales en este libro. Pero no está claro si todos los animales son parientes de la bestia, que es un animal caníbal y muy diferente a todos los demás.
En el libro escribe: “Verán, es que la bestia no estaba delante o detrás de mí, sino que me rodeaba siempre y lo hacía de tal manera que tardé años en comprender que yo vivía dentro de la bestia”. La protagonista se pregunta: ¿en qué he fallado? ¿Cómo permití esta situación?
Y lo más importante: si hubo algún momento en el que aún podía cambiarla.
¿Lo hubo?
Si la bestia lleva agresiones bélicas sobre un país vecino en nombre del país… Rusia es quienes viven en Rusia. Y eso significa que, por tener ese pasaporte, ella es una de las que llevan a cabo esas agresiones. Hubo un tiempo de inercia y parecía que no podía ser tan malo. En 2010, 2011, 2012 hubo protestas masivas en Rusia y ya estaba claro que este régimen estaba moralmente obsoleto. Pero también quedó claro que no iba a cambiar.
No por las protestas.
No desde abajo. Simplemente porque este régimen no se sostiene en ninguna base ética. No hay ideología detrás de él y eso significa que no sienten vergüenza, y eso da mucho miedo.

¿No hay absolutamente ninguna ideología en Rusia?
Hay fragmentos, como un edredón de retazos, una especie de mantras que utilizan los propagandistas. Invadimos Ucrania, en primer lugar —dicen ellos—, porque los ucranios son nacionalistas, y, en segundo lugar, porque no hay ucranios.
Qué paradoja.
No es muy lógico, ¿verdad? Y, además, si no hay ucranios, y parece que solo hay rusos… ¿Para qué entonces bombardear a los rusos y cortarles la calefacción? Este es un régimen que se diferencia del franquismo, del nazismo, del comunismo, de todos esos regímenes totalitarios del siglo XX que partían de una ideología.
De una idea, aunque fuera terrible.
Sí, y luego adquirían rasgos personalistas. No eran menos caníbales, pero partían de alguna idea aparte de la seguridad personal y las ambiciones del líder. A lo de ahora no se le puede llamar idea. Se comportan con hambre y con resentimiento. Y eso es aterrador.
No es muy optimista.
No, por desgracia. Veo que todo el mundo imita rápidamente el modelo ruso. Los partidos de derecha en Alemania, en Francia, Orbán, Trump… Ahora Trump dice: “Necesitamos el petróleo”. Y no hay ningún tipo de incomodidad, porque de repente ha resultado que, en los últimos 10 o 15 años, el derecho del más fuerte ha vuelto a ser la prioridad principal. Es decir, si puedo hacerlo, entonces tengo derecho. Y si tengo derecho, significa que debo quedarme con todo lo que quiera.

En Rusia hace años que no hay unas elecciones justas, pero en el resto de los países que cita hay gente que está votando a favor de esta postura.
En Rusia hay un 25% que se opone abiertamente a Putin. Aproximadamente el mismo porcentaje que está a favor de Putin de la misma manera abierta. Y hay alrededor del 50% de aquellos que, por encima de todo en el mundo, valoran su, así llamada, vida privada. Quieren estar tranquilos, que no los molesten. Piensan: “Sí, tuvimos 70 años de poder soviético, luego los años noventa”. “Queremos que nadie nos moleste. Nos sentaremos en nuestra parcela de la casa de campo y haremos una barbacoa”. Y durante un tiempo existía ese pacto entre Putin y el ruso medio. Vosotros nos permitís hacer lo que queramos en política, y nosotros os damos total libertad para el consumismo. Hagan lo que quieran, enriquézcanse, viajen al extranjero, compren Chanel. Pero el Estado lo rompió. Y esto no empezó en 2014, porque antes estuvo Osetia, estuvo Chechenia. Es un ejemplo de negación, de represión en todo el país. Se necesitaría mucha psicoterapia después de 1991. Pero nadie ha dicho cómo tratar a países enteros.
¿Es un trauma no resuelto de la perestroika?
Creo que viene de más lejos. En ese país la esclavitud existió hasta 1861. Y luego hubo una pobreza monstruosa. Y todas las personas simpáticas, inteligentes, intelectuales, todos deseaban terriblemente la revolución… Y llega 1917 y todo es lo que se quiera menos humano. Matan a millones. En Alemania, con Hitler, esto duró 12 años. En Rusia, 70. Y todos mataban a todos. Se trata de la destrucción uniforme de un porcentaje de personas sin motivo alguno.
Para, simplemente, mantener el estado de terror.
Sí, y por inercia. Trabajo estajanovista con porcentajes. En los noventa parecía que todo había acabado pacíficamente, sin derramamiento de sangre.
¿Cómo se siente con respecto al uso del idioma? Lo pregunto porque a la protagonista de Desaparecer le cuesta mucho hablarlo.
Se siente culpable por hablar ruso.
¿Usted también?
Sí. Tengo mucho miedo de hacer daño a alguien. Pero claro, no soy la protagonista y, como persona de habla rusa, entiendo dos cosas. Yo no he escrito durante mucho tiempo, no era capaz…, pero entiendo que no voy a entregar el idioma ruso a aquellos que lo convierten en un hacha, en un kaláshnikov o en un instrumento de tortura. Tengo el mismo derecho a este idioma y tal vez más porque soy escritora y no una asesina a sueldo. Sé que el idioma puede ser un detonante. Pero, sinceramente, no creo que el idioma pueda ser culpable. El lenguaje es tan víctima como las personas. Puede utilizarlo un asesino, un violador, un sinvergüenza. Pero si un violador coge un paño de cocina para taparle la boca a la víctima, ¿significa que ese paño de cocina es culpable? Creo que no. Y creo que alguien debe escribir en ruso desde el amor. Y si debe haber alguien, que sea yo.

¿Sus libros se publican en Rusia?
Sí. Pero Desaparecer salió con dos frases censuradas, aquellas que hablaban de la invasión a un país vecino. Las tacharon en negro y cualquiera las puede buscar en Google. Ahora he terminado una novela que empecé en 2019 sobre Anne Lister, una diarista inglesa que resulta que era lesbiana. Y de repente sucede que en Rusia se puede publicar un libro como Desaparecer pero no un texto relacionado con una temática LGTBI, porque eso es delito penal. Y eso significa que en Rusia nunca será publicada, ni vendida ni reseñada.
¿Y qué hará entonces?
Buscaré publicarla en algún lugar en el extranjero.
Al principio de nuestra conversación, dijo que cuando se marchó de Rusia, lo hizo para siempre.
Sí.
¿No piensa volver?
No.
¿Nunca?
Cuando me fui, no sabía que era para siempre. Me fui a trabajar un mes y medio al extranjero. Pero me di cuenta bastante rápido de que ya no volvería. No le veo sentido. No creo que tenga adónde volver ni por qué volver mientras exista el régimen de Putin o alguna variante. A veces siento una terrible punzada de nostalgia por mi apartamento y por mis cosas colocadas en su sitio, recuerdo el orden en el que tenía los libros… o por el lugar de mi dacha cerca de Moscú, a la que he ido toda mi vida. Cómo huele a finales de primavera. Y cuando alguien me envía una fotografía de allí, es como si me pincharan con una aguja. Pero si me imagino yendo en autobús a la dacha, rodeada de gente, no podré no preguntarme: ¿este ha matado a alguien o está a punto de hacerlo? Si no ha matado con sus manos, quizás dirija drones. No quiero apoyar lo que está pasando allí ahora con mi presencia. Yo me fui porque creo que hay que seguir escribiendo. Y, también, por repugnancia. No quiero tener nada que ver con eso. En esta situación hay muchas cosas involucradas: consideraciones teóricas, imposibilidades éticas personales. Lo único que no suscita tales preguntas es la existencia del bien y del mal. Nunca he estado tan segura como ahora de que el mal existe y es muy fácil señalarlo con el dedo. Está ahí, en todo su esplendor. El mal existe, lo vemos, por lo que hay que idear formas de resistirse a él.










