La futbolista, la pasión y el eterno retorno de lo mismo | Fútbol | Deportes

La futbolista, la pasión y el eterno retorno de lo mismo | Fútbol | Deportes

En la mesa había varias personas que habían dedicado su vida al deporte profesional. Se habló de los sacrificios realizados. De los dolores y las lesiones. De la renuncia a una vida convencional. De la desazón inmensa que aparece cuando no se alcanzan las metas marcadas. De la idea de que siempre podrías haber dado un poco más. De la obsesión con los errores, con esos fallos que te persiguen como espectros de un cuento de terror victoriano. De la vejez prematura del cuerpo después de años de rendir al máximo. Y de la necesidad de reinventarse tras la retirada, ese día a partir del cual ya no eres el mismo. Fue arrollador.

En un momento dado se hizo el silencio entre los comensales. Quizá para romperlo, alguien me preguntó si, siendo consciente de todo aquello, me gustaría que alguno de mis hijos fuese deportista de élite, quizá futbolista. No sé por qué me lo preguntó precisamente a mí. Tampoco supe qué contestar. Dudé. Quizá buscando salir de la encrucijada y dejar de sentirme observado por los presentes, le trasladé la cuestión a ella. Fue como un pase, una asistencia a alguien de quien sabes que está en mejor posición para marcar.

“Si yo tuviera un hijo o una hija, desde luego que sí”, contestó.

No fue solo por salir del paso, en realidad. Me interesaba su respuesta. La conozco desde hace mucho. Nekane Díez, esa delantera que llegó a Primera División con 15 años y se mantuvo allí otras 16 temporadas. Siempre en el mismo club. Casi 400 partidos. Más de 150 goles. A esa jugadora que también sufrió lesiones, una tras otra, hasta que un día no pudo seguir más.

La vi triunfar y caer, y caer y volver a triunfar. Y mientras los demás hablaban de esas caras B del deporte, recordé que unos años antes nos encontramos en una cafetería, en unos días grises en los que ella luchaba contra el destino y su rodilla. Llevaba tiempo apartada del verde. Le pregunté cómo se encontraba. Miró al suelo. Negó con la cabeza. Habló de dolor, de miedo, de sufrimiento. Sentí una pena enorme por ella, a la que admiraba y sabía fuerte.

Por eso le pasé la pregunta. Porque sabía que ella había conocido la versión amarga del deporte de élite, esa que los demás solo podemos llegar a intuir. Porque sabía que había sufrido tanto que a veces se rompió por dentro.

Y por eso también insistí un rato después. De acuerdo: un hijo, una hija, con una carrera todavía por escribir desde cero. Pero, ¿y ella? ¿Volvería a empezar? Así que reformulé la cuestión al modo del eterno retorno de Nietzsche: si tuvieras ahora mismo la posibilidad de rebobinar tu vida, volver al comienzo de tu carrera y vivir de nuevo cada momento grandioso, cada gol de esos más de ciento cincuenta, pero también volver a probar el sabor amargo de las lesiones, la caída, la ansiedad, el miedo, la retirada, el dolor… ¿lo harías?

No dudó ni un segundo en responder: “Sí. Una y otra vez, sí”.

Me reconfortó escucharla, porque ella es formadora. Ya en sus años de profesional ocupaba sus ratos libres entrenando a niñas en un equipo de pueblo. Yo la vi muchas veces (mi hijo jugaba en aquel club) y nunca se me escapó la mirada de admiración de las pequeñas, que proyectaban en la delantera sus sueños de futuro. Nada hay más importante, cuando se trata de transmitir algo, que seguir sintiendo pasión por ello.

Sí, respondió, y creo que me miró al hacerlo como si respondiera a un reto. ¿Qué esperabas, amigo? ¿Que te dijera que no? ¿Que no merece la pena? ¿Que dudara?

Yo sonreí y apliqué la pregunta a lo mío: ¿volvería a pasar por todo, por cada momento, exactamente tal como fue? ¿Por cada alegría y cada lágrima? Porque al final no hablábamos solo de fútbol, sino de la necesidad de vivir plenamente, de entregarse a una tarea hasta hacerla parte de uno mismo, de dejarse el alma en un balón dividido o en una frase que no termina de sonar perfecta. Jugar, escribir, pintar, enseñar: da igual el verbo. Lo importante es no olvidar por qué empezamos a hacerlo, qué nos llevó hasta ahí, y sentir que merece la pena incluso cuando las cosas no salen bien, cuando la tarea exige más de lo que devuelve. Quizá ahí resida el verdadero éxito: en saber que volverías a recorrer el camino, conociendo ya el precio.

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