Ritmos migrantes: la música latina florece también en Berlín | América Futura

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Maximiliano Fernández grabó su primera canción en la cárcel. Gran parte de su adolescencia la pasó entre drogas y centros de menores. Tras la aceptación que alcanzó su primer tema, se tomó la música en serio y desde entonces no ha parado de crear. Su nombre artístico es RC Maxi. Actualmente es director y cantante de La Dirty Vaina, una banda radicada en Berlín que fusiona el rap con el reggae y otros ritmos latinos como la salsa y la cumbia.

Tras salir de la prisión, Maxi comenzó a trabajar como músico callejero en las líneas de metro de Buenos Aires. Estuvo más tranquilo, pero no del todo limpio. “Al final uno siempre está ahí, como coqueteando con el peligro y tenía un montón de cosas en casa que si me caía la policía estaba hasta las pelotas y ya reincidente. ¿Entendés?”, cuenta Fernández. Hace una breve pausa, le da una calada al porro, piensa para sí y retoma la conversación.“La verdad es que Europa en ese sentido me dio la oportunidad de hacer algo nuevo, de ser alguien y decir no quiero seguir con esto toda la vida, ¿viste? Y tampoco le quiero regalar mi vida al servicio penitenciario”, dice. Más allá de lo que expresa con palabras, sus gestos corporales muestran lo consciente que está del privilegio de tener un pasaporte italiano que le permitió salir. A eso se le suma su pasión por el arte que le sirvió como guía para enderezar sus pasos.

Muchos migrantes llegan con el sueño de cumplir en Europa las metas que no pudieron alcanzar en su país de origen. El choque de comenzar de cero mata las ilusiones. “Tenés que estabilizarte económicamente, hay que buscar un laburo (trabajo) de lo que sea, no conocés a nadie. Eso hace que te metas mucho en este sistema. Boludo y te olvidás. Che, si te encontrás trabajando en una hamburguesería ocho horas, pagando el depa, entre que te vas de joda y conocés la ciudad no hiciste música”, afirma Maxi, que es ahora barbero. Esta realidad es muy común entre los músicos migrantes. Muchos abandonan el arte o lo hacen principalmente como hobby para aliviar la presión que impone el nuevo sistema.

Berlín es una ciudad abierta al arte. En sus calles y edificios cubiertos de grafitis confluyen personas de todas partes del mundo. El tecno domina la mayoría de los clubes, pero en los últimos años la escena cultural latina ha crecido al ritmo de la llegada de nuevos migrantes.

Entre 95.000 y 105.000 latinoamericanos viven hoy en la ciudad, unos 30.000 más que antes de la pandemia. La cifra es aproximada, pues muchos tienen doble ciudadanía y aparecen en las estadísticas como europeos. Son descendientes de los migrantes que un día partieron de Europa hacia América Latina y ahora regresan al continente de sus abuelos.

Hoy en día lo que no está en internet es como si no existiera. Para muchos músicos independientes grabar en un estudio profesional es un desafío económico. La mayoría no cuenta con patrocinadores ni obtiene ingresos suficientes de su arte. El productor Jheyson Vives conoce bien ese problema. “Grabar en un estudio profesional no es barato”, explica. “Estás pagando al técnico de sonido, el espacio y todo el equipo. Si el estudio está bien equipado y tiene gente preparada detrás, el precio sube bastante”.

En algunos casos, el costo puede ser considerable. “Un amigo mío tiene un estudio donde graban bandas completas. Por un fin de semana de grabación pueden cobrar unos 2.000 euros”, cuenta. “Pero es un estudio grande, donde puedes grabar batería, voces, todo”. Pese a estos precios, Jheyson explica que esos estudios no están sobrados, porque quizás un fin de semana tienen clientes, pero después pueden pasar varios días o semanas que no va nadie. La vía más económica y accesible para estos músicos independientes es crear sus propios estudios de grabación caseros.

El propio Jheyson Vives es un productor y videógrafo dominicano radicado hace nueve años en Berlín. En su habitación tiene montado su homestudio donde graba y colabora con otros artistas que buscan abrirse paso en Berlín. La acústica no es perfecta, ni los equipos son de última generación como para que permitan grabar una banda completa a la primera toma, pero el esfuerzo y la dedicación logran productos que se asemejan a los estándares actuales. Otros músicos graban sus proyectos en Alemania y mandan las maquetas a productores en Latinoamérica donde los costos son menores. Así logran que calidad y economía vayan de la mano.

La camaradería es el motor que mantiene viva la escena. En ella juegan un papel importante los migrantes españoles, que a pesar de ser europeos han establecido conexiones sólidas con los artistas latinoamericanos. Juntos crean un ecosistema donde se mezclan estilos, ideas y proyectos, desde conciertos en bares hasta jam sessions en estudios improvisados.

Ese intercambio ha generado circuitos de conciertos y fiestas donde se mezclan distintos estilos musicales. “Hay eventos que se llenan bastante y otros donde no va casi nadie”, dice Vives. “Pero muchas veces el público también está formado por artistas. Son músicos, bailarines o gente que trabaja en algo creativo y que va porque conoce a alguien o porque forma parte de esa misma escena”.

Como parte de esta interrelación de músicos migrantes ha surgido el colectivo Nómadas. Son artistas urbanos que confluyen en Berlín y se han unido para crear una identidad conjunta entre artistas que a su vez tienen proyectos individuales. Es una familia donde se encuentran creadores como El Polvo, Real Beltrán, Melodians entre otros, provenientes de países como Chile, España, Cuba. A este grupo también se unen productores musicales, directores de cine y artistas visuales que aportan desde sus manifestaciones y perspectivas artísticas. Este colectivo no solo se apoya en lo artístico, sino que también se dan la mano cuando tienen problemas personales, necesitan buscar trabajo o renta.

Muchos de los artistas entrevistados para este reportaje coinciden en que una de las mayores dificultades que tienen en estos momentos es lograr mantener un espacio fijo de presentaciones. A pesar de que la escena ha ido creciendo no es lo suficiente como para que un local les brinde una peña permanente. Otros espacios también les piden altos precios a recaudar por entradas y en caso de no lograrlos tienen los propios artistas que pagarlo de su bolsillo. Por eso en algunos casos hay quienes se van con un parlante a tocar en plazas públicas a expensas de la voluntad de los transeúntes.

“Desde que llegamos a Berlín hace diez años, hemos visto cómo la escena cultural se ha ido desarrollando cada vez más y se van habitando más espacios”, cuenta Carlota Vázquez, quien junto a Almudena Díaz conforma el dúo Melodians. “Siento que estamos en un punto de inflexión. No diría que la escena está recién comenzando, porque hay artistas y colectivos que llevan años abriendo camino, pero tampoco está totalmente consolidada”.

Los espacios más disponibles son los bares underground de los edificios okupas. Generalmente se organizan varios grupos y hacen sus presentaciones, pero estos sitios tampoco generan muchos ingresos para los músicos. Los precios de las entradas son mayormente simbólicos y el público que asiste va en busca de un sitio lo más económico posible.

En estos momentos, Brauni Hause Project ha brindado su local para que bandas como La Dirty Vaina o Dimond Dust Project se presenten de manera habitual. Aquí también acuden artesanos o tatuadores y personas que en estos momentos están con problemas de papeles, pero mediante estos eventos logran hacer algo de dinero en negro. El público por su parte encuentra en estos sitios parte del calor latino que rara vez se encuentra en Alemania, incluso, algunos alemanes se integran a estos espacios en busca de esa calidez humana que se pierde entre el invierno y la nieve de Europa.

Berlín es una ciudad de nómadas. Nadie sabe si se quedará para siempre. Muchos llegan, pasan unos años y luego siguen su camino. Pero en este momento es el lugar donde hay que estar: para conectar con la movida, con el público, con otros artistas migrantes. Para hacer comunidad y sentirse menos solos, menos locos.

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