No hubo novedades en el esperadísimo discurso de Donald Trump sobre la guerra contra Irán. Tampoco nuevos ataques contra sus aliados de la OTAN, contra los que había arremetido horas antes. La “importante actualización” no fue más que eso, una actualización para pedir paciencia; una repetición un poco más ordenada de lo habitual de sus declaraciones de los últimos días: que apenas faltan dos o tres semanas para acabar el conflicto, que se han alcanzado los objetivos militares y que el estrecho de Ormuz se abrirá “naturalmente” una vez hayan cesado las hostilidades. Tendrán que ser otros países quienes se encarguen de garantizar el tránsito.
“Estamos en vías de completar todos los objetivos militares de Estados Unidos pronto, muy pronto”, ha prometido el mandatario en su alocución. “Estas acciones paralizarán al ejército de Irán, aplastarán su capacidad para apoyar a sus representantes terroristas y les negarán la capacidad de fabricar una bomba nuclear”, ha agregado, al prometer que golpeará “duramente” al país adversario en esas míticas próximas dos o tres semanas. “Los llevaremos a la Edad de Piedra, donde pertenecen”.
Su discurso era el primero formal a la nación de Trump en su segundo mandato. Transmitido en hora de máxima audiencia y en un escenario de máxima solemnidad — ante la sala Este, en el vestíbulo central de la Casa Blanca—, trató de lanzar un mensaje de tranquilidad a unos mercados zarandeados por el cierre del estratégico estrecho de Ormuz y las consiguientes alzas de los precios de la energía, y a unos votantes temerosos de una nueva “guerra eterna” en Oriente Próximo y sus efectos en los bolsillos familiares.
A lo largo de apenas veinte minutos, el presidente, que habló de pie y sonó cansado, insistió en que el conflicto está ganado. Que las subidas de los precios del crudo son solo a corto plazo y culpa absoluta de Irán, por lanzar “ataques enloquecidos contra petroleros de países vecinos que no tienen nada que ver con este conflicto”. Que los precios se desplomarán en cuanto acabe el conflicto y que, de todos modos, Estados Unidos no necesita el petróleo del golfo Pérsico porque es el mayor productor del mundo. “Cómprennos a nosotros”, ha instado a los países perjudicados por el estrangulamiento del estrecho. Y ha pedido paciencia, recordando que otros conflictos -las guerras mundiales, la de Corea o la de Vietnam- duraron años y esta solo lleva 32 días en curso.
No aportó nuevos detalles sobre qué circunstancias tendrán que darse para cantar victoria y marcharse, o cómo piensa llegar allí en esas dos o tres semanas. No hubo alusiones a operaciones sobre el terreno, ni a los detalles de las negociaciones que Washington asegura mantener con Irán. Tampoco, qué ocurriría si decide cantar victoria y retirar sus tropas, pero Teherán no se da por derrotado y mantiene las hostilidades en la zona.
El discurso llegaba en momentos en los que la guerra contra Irán —que Trump confió en que podría solventar en poco tiempo, con mínimo costo y máxima gloria para convertir Irán en un protectorado a la venezolana— se le ha complicado al presidente mucho más de lo que esperaba, pese a los mensajes triunfalistas que ha ido lanzando. A las pérdidas humanas de trece soldados —más de trescientos han quedado heridos— se han sumado las de costoso material, una drástica escalada en los precios de la gasolina y un descenso en picado de sus cifras de popularidad en las encuestas.
No es casualidad que el mandatario dedicara una mención específica a Venezuela y lo que considera el gran logro militar y geopolítico de lo que va de mandato. “Ahora estamos trabajando codo con codo con Venezuela, somos —en el sentido más estricto de la palabra— socios en una empresa conjunta», alegaba. “Nos estamos entendiendo de maravilla en lo que respecta a la producción y venta de cantidades masivas de petróleo y gas, las segundas mayores reservas de la Tierra, solo por detrás de las de Estados Unidos”, dijo.
Refuerzos militares
El discurso también se producía cuando el pasado fin de semana han llegado a Oriente Próximo 3.500 soldados —2.500 infantes de Marina y 1.000 marineros— y un grupo de buques anfibios. Otros tantos se encuentran en camino, y se han dado órdenes de movilización a unos 2.000 paracaidistas de la 82 División Aerotransportada. Todos ellos se sumarán a los cerca de 50.000 soldados estadounidenses que ya se encuentran en la zona, algo que ha suscitado las conjeturas sobre una posible incursión en suelo iraní: en la isla de Jarg, donde se concentra el grueso de su industria petrolera; en Ormuz, para forzar su apertura. O la operación más cinematográfica, pero mucho más arriesgada: la entrada en territorio continental iraní para capturar el uranio enriquecido.

Un presidente al que le gusta ver resultados rápidos encuentra que el panorama es, cinco semanas después de dar la orden de atacar, muy distinto al que imaginó: el régimen sigue en pie, y sin aparentes fisuras internas ni deserciones pese a las muertes por bombardeos de muchas de sus principales figuras, incluido el líder supremo, Alí Jameneí. Teherán se ve fuerte. Se ha hecho con el control del estrecho de Ormuz y no tiene ninguna intención de cederlo; desde luego, no a menos que Estados Unidos acceda a proporcionar garantías de seguridad claras y tangibles. Las fuerzas de la República Islámica siguen disparando contra objetivos de los adversarios, y la amenaza nuclear no se ha disipado: el uranio enriquecido iraní sigue en algún punto del subsuelo del país.
Trump ya había venido adelantando desde el lunes, en mensajes cada vez más claros, qué iba a decir en su alocución. Que da por ganada la guerra y están cumplidas todas las metas militares: se han bombardeado más de 13.000 objetivos y se han destruido más de 150 barcos de la Armada iraní; se han aniquilado arsenales de misiles y la capacidad de reconstruirlos; Irán ha visto diezmada su capacidad de atacar a los aliados estadounidenses.
El presidente también da por conseguido el cambio de régimen, pese a que las estructuras teocráticas sigan en pie y, bajo el control de la Guardia Revolucionaria, se hayan hecho más radicales. El inquilino de la Casa Blanca sostiene que el nuevo liderazgo es mucho más razonable que el anterior y se encuentra en conversaciones con Washington que avanzan a buen ritmo, mientras Teherán niega que haya negociaciones. Solo admite meros intercambios de mensajes.
Un mensaje contra la OTAN
El republicano también planeaba arremeter contra la OTAN y los países miembros, según había declarado a la agencia Reuters. Alguien debió de hacerle recapacitar: no hubo ninguno de los ataques furiosos y las amenazas de represalias que llevaba formulando en los últimos días. Uno de los motivos era el rechazo de estas naciones a formar parte de una operación para abrir por la fuerza Ormuz. Otro, la negativa de países como España o Italia a ceder el uso de sus bases o su espacio aéreo para la guerra.
El martes, el presidente estadounidense había advertido en un mensaje en sus redes sociales su disposición a retirar a su gigantesco despliegue militar del golfo Pérsico sin necesidad de haber logrado la liberación de Ormuz. Ha llamado a los países que consumen el combustible que atraviesa ese paso a que “hagan acopio de valentía, vayan al Estrecho y tomen” el petróleo ellos mismos. También había apuntado como plazo para esa salida “dos o tres semanas”.
Este miércoles aseguraba que las autoridades iraníes le han pedido un alto el fuego. Pero sostenía que solo lo aceptará a cambio de la libre circulación marítima a través de Ormuz.

También amenazaba a los países de la OTAN con la salida de Estados Unidos de la Organización del Atlántico Norte o, cuando menos, un recorte drástico de su papel como líder de la alianza que ha servido de eje a la defensa transatlántica en las últimas ocho décadas. En una entrevista concedida al periódico conservador británico Daily Telegraph, llegaba a tildar a la organización de “tigre de papel”. La advertencia, aunque la evitara en su discurso, ya ha suscitado un primer efecto: la semana próxima viajará a Washington para reunirse con él el secretario general de la Alianza, Mark Rutte.










