Entre el pan sin levadura y barro: la memoria de Pesaj

Entre el pan sin levadura y barro: la memoria de Pesaj

Pesaj, la celebración que rememora la salida del pueblo de Israel de la servidumbre en Egipto, no se li- mita a un hecho del pasado. Se trata de una experiencia que se renueva cada año mediante un entrama- do de disposiciones, símbolos y re- latos que invitan a reflexionar sobre la emancipación, la memoria y la identidad, y que se extiende a lo largo de siete días (ocho fuera de la tierra de Israel), iniciándose en es- ta ocasión el 1 de abril.

Las prácticas asociadas a esta festividad, lejos de ser meros rituales formales, conforman un lenguaje instructivo. Entre ellas destaca la prohibición del “jametz”, es decir, todo producto leudado o fermentado. Durante ese período no sólo se evita su consumo, sino que se retira cuidadosamente de los hogares. Este acto cotidiano encierra un significado profundo. Del mismo modo en que la masa inflada sugiere exceso y artificio, su supresión pro- mueve la sencillez y propicia un efecto de limpieza interior que acompaña la celebración de la libe- ración personal.

Frente a ello se encuentra la “matzá”, un pan sin levadura, austero y esencial, que ocupa un lugar central. Representa el alimento preparado con urgencia antes de la partida de la esclavitud hacia la in- dependencia, pero también simboliza la modestia y la condición humana. Su ingestión no se limita a cumplir un precepto; supone integrarse a un relato que atraviesa distintos linajes y conecta el pasado con el presente.

El “Seder” de Pesaj, la cena inaugural de la conmemoración, constituye el eje pedagógico de estas observancias. A través de una secuencia ordenada se recrean los episodios del Éxodo, se degustan elementos cargados de significado como las hierbas amargas, que recuerdan la amargura de la opresión, o el “jaroset”, elaborado con manzanas, nueces, vino y especias, que por su color remite al barro con que los hebreos fabricaban los ladrillos (para la construcción en Egipto), y se generan espacios de cuestionamiento, especialmente para los más jóvenes. No se trata so- lo de recordar, sino de narrar, intercambiar ideas y despertar la atención. La transmisión adopta un carácter dinámico, casi teatral, en el que cada gesto posee valor simbólico.

Otro aspecto relevante consiste en la invitación a identificarse con aquella salida, como si cada individuo hubiera atravesado ese tránsito. Esta mirada convierte los acontecimientos del pasado en vivencias presentes. Así, las reglas de Pesaj enlazan la historia colectiva con la conciencia individual.

La festividad integra una dimensión ética significativa. El relato de la liberación no glorifica el sufrimiento padecido, sino que advierte sobre los riesgos de perpetuarlo. Mantener viva la memoria de la opresión implica asumir un compromiso con la justicia y la empatía, en particular hacia quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.

En conjunto, estas observancias revelan una pedagogía delicada de la memoria. Mediante acciones concretas como limpiar, degustar, narrar y cuestionar se cultiva una sensibilidad histórica y espiritual. La independencia, en este contexto, se percibe como un logro que re- quiere atención y responsabilidad.

Así, las leyes de Pesaj, lejos de restringir, abren un horizonte de sentido donde cada descendencia puede reencontrarse con sus raí- ces y proyectar, desde allí, una aspiración renovada de dignidad y autonomía.

Norma Kraselnik – Especial para Clarín

Otras formas de esclavitud: De la opresión que encadena el cuerpo como la sufrida en Egipto a la que encadena la conciencia.

Hay una noche en el calendario judío en la que el tiempo deja de ser lineal y se vuelve memoria viva. Pésaj, la pascua hebrea que conmemora la liberación de Egipto, no es solo la evocación de aquel éxodo geográfico, sino la posibilidad siempre abierta de interrogar nuestras propias for- mas de sometimiento. “Avadim hainu” -“esclavos fuimos”- recitamos en la conmemoración, no como dato histórico, sino como prescripción existencial. Porque la servidumbre no pertenece únicamente al pasado. Muta, se disfraza, se internaliza.

El relato bíblico de la epopeya de Egipto describe un pueblo subordinado por la fuerza, reducido a objeto del poder de otro. Allí, la esclavitud es visible, tangible, cruel. Sin embargo, la tradición rabínica complejiza esta imagen. En el Talmud (Pesajim 116b) se nos enseña que cada generación debe verse a sí misma como si hubiera salido de Egipto. La exigencia no es recordar, sino reconocerse. ¿Dónde se encuentran nuestros propios sometimientos?

En términos modernos, las formas de servidumbre pueden asumir la modalidad de la aliena- ción. Puede pensarse como el pa- saje de una opresión externa a una internalizada. La primera encadena el cuerpo; la segunda, la conciencia. Un esclavo sabe -aunque sea en lo profundo- que no es libre. El alienado, en cambio, puede llegar a creer que su condición es natural, incluso deseable. Ahí radica su mayor peligro.

Rabí Abraham Joshua Heschel advertía que el problema del ser humano moderno no es solo la injusticia, sino la indiferencia. Esa anestesia espiritual se asemeja a la alienación, una desconexión que afecta tanto la propia dignidad como la del otro. Pésaj viene a interrumpir ese adormecimiento, agitándonos con interrogantes incómodos. El Mah Nishtaná (que se traduce como “¿en qué cambia esta noche?”) -que representan las cuatro preguntas que se formulan durante la cena de Pésaj- no son un juego infantil, sino una pedagogía de la inquietud. Siguiendo esta línea, el Maharal de Praga sugiere que el vocablo Egipto (Mitzraim) comparte raíz con “metzarim”, estrecheces.

No se trata de un lugar físico, sino de una condición de encierro. La salida, entonces, no es histórica, sino esencial- mente anímica. Salir de Egipto es ensanchar la conciencia, romper las lógicas que nos reducen. En este punto, resuena una intuición de Julio Cortázar: “La costumbre es una forma de muerte cotidiana”. La alienación se alimenta de hábitos que no cuestionamos, de rutinas que nos vacían de sentido. Pésaj, en cambio, irrumpe en la rutina con gestos inesperados: el mandato de comer matzá -el pan ácimo- y reclinarnos en los asientos durante la comida festiva para contar una historia de antaño como propia. Es, en definitiva, un entrenamiento para des- naturalizar lo dado.

El filósofo Emmanuel Levinas insistía en que la libertad no es un punto de llegada individual, sino una responsabilidad hacia el otro. Haber salido de Egipto nos obliga éticamente: “No oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Éxodo 22:20). La memoria de la servidumbre no es nostalgia. Es mandato.

Tal vez la pregunta más urgente en cada año no es si fuimos esclavos, sino en qué momentos confundimos nuestras cadenas con elecciones. La alienación no hace ruido, no duele como el látigo, pero erosiona silenciosamente la posibilidad de una vida plena.

Pésaj nos invita a comprometer- nos de manera valiente mirándonos con franqueza, colocando palabra a las servidumbres modernas -el consumo irreflexivo, la prisa, la desconexión- y comenzar, aunque sea torpemente, un camino de liberación. Porque la salida de Egipto es un ejercicio permanente. Quizás, en ese ejercicio, descubramos que la verdadera libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en querer lo que nos hace verdaderamente humanos.

Rabino Daniel Goldman – Comunidad Bet El

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