“¡Es que parece una obra de teatro! ¡Una ópera!”, exclamaba anoche extasiada una mujer, coreada por su pareja y sus dos hijos veinteañeros, a la salida del segundo concierto de la gira Lux de Rosalía en el Movistar Arena de Madrid, ante 17.000 personas (lleno). Desde que la artista catalana comenzó el tour de su nuevo disco, el pasado 16 de marzo en la ciudad francesa de Lyon, esas comparaciones han sido habituales tanto entre el público como en las crónicas profesionales. También se ha hablado de ballet, danza contemporánea, performance, música sinfónica, electrónica o flamenco, así como de Goya, Degas, la Mona Lisa y la Venus de Milo. Vertido todo ello como una avalancha en medios de comunicación y redes sociales, troceado y escudriñado como si fuera un test de cultura general, puede parecer un corta y pega. Una mezcla de géneros, estéticas y referencias artísticas icónicas ideales para instagramear como cuando se va de visita al Louvre.
Pero igual que no es lo mismo asistir a una representación teatral u operística que verla grabada, aunque sea en pantalla grande y con la mejor realización posible, tampoco se puede juzgar un concierto con vídeos o clips en redes sociales. Se trata en ambos casos de disciplinas escénicas, eso que llaman “artes vivas”, que sobreviven desde la antigua Grecia pese a la omnipresencia de las pantallas o tal vez precisamente por eso. Hay que experimentarlas en directo para disfrutarlas (o sufrirlas) de verdad. Muchos fans con entrada para próximos conciertos han bramado en los últimos días contra el alud de spoilers que desvelan detalles del espectáculo de Rosalía, pero ¡qué más da!: es como si dejáramos de ir a ver Romeo y Julieta porque ya sabemos el final.
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Las referencias artísticas del ‘Lux Tour’ de Rosalía
Aunque ciertamente hay muchos momentos instagrameables, donde se la juega y gana Lux es en el directo. Pese a la disparidad de lenguajes, estilos y estéticas, el espectáculo mantiene una unidad de estilo y una coherencia interna en todos los frentes: narrativo, visual y conceptual. Hay también numerosos elementos escénicos que sostienen un universo constante, aunque no estático, con una escenografía minimalista pero poderosamente simbólica, que sintetiza la esencia de su último álbum: dos tramos de escaleras que cambian de posición en cada uno de los cuatro actos en que se estructura el show. Unas veces invitan a elevarse al cielo y otras a perrear en los sótanos. Las dos grandes pantallas que enmarcan el escenario, más allá de la función amplificadora, son fundamentales en el desarrollo de la dramaturgia: señalan, enmarcan, subrayan y potencian emociones a la manera del teatro contemporáneo.
Pero todo esto sería superfluo si no funcionara lo más importante en un espectáculo musical: la interpretación. Rosalía, aparte de su fabuloso registro vocal, es toda verdad en el escenario. Puede emocionarse hasta las lágrimas en sus temas más íntimos y acto seguido hacer contacto visual con el público para derretirlo con una sonrisa. Es evidente, como se le ha criticado desde que empezó la gira, que no es una diva de la ópera ni una virtuosa del ballet cuando se eleva en puntas, pero tampoco lo pretende: son chispazos que intercala para llevarnos por un instante a otros mundos.

Esa hibridación de lenguajes y disciplinas es también característica de las artes escénicas actuales. Ya desde antes de que empezara anoche el concierto en el Movistar Arena Madrid, una ambientación sonora previa poco habitual en los conciertos de pop, con fragmentos de óperas y piezas emblemáticas del repertorio clásico, avisaba de la mezcolanza. O ese sonidillo de cuerdas afinándose, tan familiar antes de una ópera o concierto sinfónico, también chocante en el contexto. Y la disposición de la orquesta Heritage, situada en el centro de la pista, en lugar de un foso o detrás de la artista.
Sobre el escenario, mientras tanto, un telón cerrado que representa la parte de atrás de un lienzo anticipaba las dos narrativas visuales principales. Por un lado, la recreación viviente de pinturas y esculturas emblemáticas. Por el otro, la exhibición impúdica de la trastienda de las artes escénicas, otro santo y seña del teatro contemporáneo desde que las vanguardias rompieron la cuarta pared para desmantelar el artificio del teatro naturalista burgués. De esa manera también Rosalía se despega de los corsés y convenciones de los conciertos para crear sus propias reglas. Ella misma, en su primera aparición en escena, llegará metida en un baúl de utilería para emerger vestida de bailarina con tutú como si fuera una muñeca encerrada en una caja de música.
Desde esa zona cero exenta de alma, la artista transitará por múltiples estados emocionales, apoyada en un cuerpo de baile de primer nivel y coreografías efectivas pero no efectistas, a la altura de la mejor danza contemporánea europea. Las firma el colectivo francés (LA)HORDE, excepto la que se hizo viral desde el primer concierto en Lyon: la concebida para el tema La perla por el griego Dimitris Papaioannou.
La división del concierto en cuatro actos ha dado pie a las comparaciones con la ópera, pero también la factura grandiosa con que están concebidos algunos tramos, los saltos mortales emocionales, la combinación de momentos íntimos con otros festivos, así como escenas como la bautizada en redes sociales como el “entremés del confesionario”, donde Rosalía invita a amigos suyos a contar sus peores experiencias amorosas (en Madrid, el lunes fue la youtuber Soy Una Pringada y anoche la rapera Metrika).
Pero no: Lux no se puede juzgar como se juzgaría una ópera. Tampoco como un espectáculo teatral, musical o de danza. Ni siquiera como un concierto de pop. Estas son las reglas de Rosalía y como tal hay que valorarlo. Tal vez debamos aplicarle una definición parecida a la que alguien (nunca se supo quién) le atribuyó a Lola Flores: “No es ópera ni ballet ni teatro, pero no se lo pierdan”.










