Explosivo. Vehemente. Pasional. Impulsivo. Al límite. Con ciertos rasgos de una locura mezclada con lucidez que se traduce en un combo de mentalidad competitiva y pragmatismo. Con un atrevimiento natural e improvisación que siempre se adapta al ecosistema que le presenta cada rival y cada partido. Con el resultado como premisa, pero con el buen juego como mandato, por respeto a la historia y a sus propios genes futbolísticos. Así es Eduardo Coudet. Así es el River del Chacho.
El entrenador de 51 años que sucedió al deté más gandor de todos los tiempos en el Millonario transformó al golpeado River de Marcelo Gallardo en un equipo ganador que logró cuatro victorias en los cuatro partidos que disputó en el Apertura, que le pisa los talones a Independiente Rivadavia en la cima de la zona B y que está a solo tres puntos de Boca en la segunda posición de la tabla anual, que clasifica a la Libertadores 2027. En un equipo que provocó un bombazo de ilusión en los hinchas y una renovación de energías en todo River. Principalmente, en un equipo que este miércoles afrontará el desafío de trasladar su efectivo presente en el ámbito local al debut en la Sudamericana, frente a un Blooming que intentará pinchar el boom Coudet.
Así como existe la frase de que al fútbol se juega como se vive, la mayoría de los entrenadores dirigen como viven. Y el Chacho ya le está dando su fisonomía a este River. Al menos, es lo que quedó en evidencia en el 3-0 contra Belgrano en el Monumental: desplazamientos en un bloque compacto que se traslada con movimientos automatizados y veloces para cubrir la mayor cantidad de espacios, que se abroquela con compromiso y dientes apretados para defender y que se expande con agresividad y filo para atacar y herir al adversario con la mayor contundencia posible.
Un «equipo físico»
Uno de los mojones principales de la renovación estructural que logró Coudet es la intensidad física que les sumó a los jugadores para poder presionar alto a partir de la superioridad numérica y del adelantamiento de la línea defensiva: los zagueros Martínez Quarta-Rivero pegados a la espalda de Aníbal Moreno y los laterales como custodios de los volantes internos y/o extremos. De hecho, esta disposición táctica le permite también contar con dos jugadores por banda tanto para salir a apretar en la salida del rival como para aplicar el dos-uno en ofensiva, como ocurrió con la combinación entre Bustos y Juan Cruz Meza en la jugada del gol de Colidio contra el Pirata. Y como venía ocurriendo con Montiel en los primeros tres partidos del River del Chacho.
Para que esto sucediera, el primer click que consiguió el ex volante derecho, de gran elegancia y categoría con la pelota, fue cambiarles la cabeza a los futbolistas. Con palabras motivadores y sonrisas, con un elevado aumento de la exigencia y con decisiones que impregnaron de confianza a un apagado Driussi que recuperó su chispa. A unSalas que volvió a sentirse un delantero picante y a un Colidio que volvió a ser feliz en el Monumental.
La ola de contagio positivo se transmitió a la soltura de juveniles talentosos como Ian Subiabre y un Tomás Galván que con su doblete ante Belgrano se consolidó como el volante ofensivo que había prometido en la cantera de Núñez pero nunca antes había podido ratificar en Primera con la Banda, como sí lo había hecho en Vélez. Es cierto, aún anda en las gateras el desequilibrio individual del ecuatoriano Kendry Páez. Y la magia del eterno Juanfer Quintero, reservada como opción de alta gama p ara abrir defensas incómodas y cerradas que se van agrietando a partir del desgaste generado por las combinaciones colectivas veloces y verticales que ya están imprimiendo el sello de Coudet.
Esta explosión ofensiva, de nueve goles en cuatro partidos (2,5 por juego) fue impulsada por la seguridad de Beltrán en el arco y en la solvencia de una defensa integrada por hombres de Selección que apenas recibió un gol (ante Hurácan) con el Chacho. En un equipo que juega como se River.













