El rey dólar tambalea | Perfil

El rey dólar tambalea | Perfil

Deuda altísima, recesión inminente, una inflación que no baja como el gobierno espera (y prometió). Un presidente que se pelea con los datos y los periodistas. Podríamos estar hablando de la Argentina, pero no. La referencia es a la principal economía del planeta, la de Estados Unidos, cuyos problemas empezaron mucho antes de una guerra que no hizo más que acentuarlos.

Sabemos que, a pesar de estar en franco declive, la salud de la economía norteamericana marca al mundo entero. Y el pronóstico no es bueno. Es ese agotamiento del poderío estadounidense el que nos explica muchos de los movimientos tectónicos que se vienen produciendo en los últimos años, y que han derivado en un escenario belicoso que trasciende a Irán y el estrecho de Ormuz.

Este jueves la administración Trump recibió otra mala noticia: se revisaron a la baja los datos de actividad del último trimestre de 2025, cerrando en apenas 0.5%. El dato es especialmente negativo cuando el trimestre anterior fue de 4.4% y cuando se esperaba 1.4%, casi el triple de lo que fue. Una economía asediada por un déficit de más del 7% de su PBI, con una deuda pública que todas las calificadoras de riesgo han degradado, y cuya clase dirigente —no hay que caerle solo a Trump, como si fuera un loco suelto— exhibe delirios guerreristas típicos de los imperios en su etapa decadente. El caso es tan grotesco que el gasto en defensa supera el billón de dólares anuales.

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Sin embargo, lo que nos ocupa no es exclusivamente la particularidad de Estados Unidos, sino cómo su fragilidad afecta a la economía global, a cuyos vaivenes está obviamente sometida nuestra precaria economía doméstica. Vivimos en una etapa donde los capitales están a segundos de pasar cualquier frontera y donde la realidad de un país —especialmente de las potencias— contagia rápidamente a los demás.

Con este telón de fondo, la guerra en Irán. El ataque a uno de los principales productores de petróleo del mundo, con capacidad de cerrar el tránsito del 20% del crudo global, resultó en un aumento violento de los precios. Si bien la suba había comenzado bastante antes, el crudo ya lleva un 62% desde comienzos de año.

Este fenómeno deja su marca en todo el mundo: se encarece el traslado de mercadería, se encarece la producción, y la actividad se ralentiza o directamente retrocede. No es casualidad que la crisis petrolera de los 70 haya dado lugar a un fenómeno hasta entonces desconocido: la estanflación, esa combinación brutal de estancamiento e inflación.

La Reserva Federal, que se preparaba para un 2026 relativamente plácido tras las turbulencias arancelarias del año pasado, se encontró al cierre del primer trimestre ante un escenario radicalmente distinto. El dilema que enfrenta no tiene salidas positivas: subir las tasas enfría la actividad y condena a la economía a la recesión, además de aumentar los altísimo intereses de la deuda (un tema que bien valdría una nota entera); bajarlas amortigua la caída en la producción pero echa más leña al fuego inflacionario, condenando a millones a una crisis alimentaria mayor que la que ya existe. ¿Cianuro o cicuta?

Es un problema que abordó esta semana Kristalina Georgieva, vieja conocida de la Argentina y titular del FMI. Fue categórica: aun en el mejor escenario posible, no habrá un regreso limpio ni ordenado a la situación anterior. La destrucción de este mes de guerra tendrá un impacto violento y duradero sobre la economía mundial y sobre la vida cotidiana de la mayoría de la población.

Nos adentramos a una crisis con elementos nunca vistos. El orden internacional que se sostuvo, con tensiones y resquebrajamientos, durante los últimos 80 años está prácticamente destruido. La crisis entre Estados Unidos y la Unión Europea, la ruptura de facto de la OTAN, la emergencia de China: son apenas algunos de los factores que nos obligan a concluir que esta situación no puede leerse mirando el espejo retrovisor. Nos exige nuevas caracterizaciones.

Una de las más urgentes es el rol del dólar como moneda de reserva global. Su hegemonía no es solo financiera: es el sostén del poder norteamericano, el mecanismo por el cual Estados Unidos exporta su inflación y financia su déficit con deuda que el mundo entero está obligado a absorber. Pero ese privilegio exorbitante —como lo llamó De Gaulle hace sesenta años— viene crujiendo, y las guerras, Ucrania incluida, no hacen más que acelerar la fragmentación monetaria. Irán lo sabe, y no casualmente decidió atacar en ese punto flojo, permitiendo que cruzaran los barcos que se comerciaban en otra moneda. El rey dólar tambalea.

Y justo en ese momento, Argentina tiene un presidente que quería dolarizarse. Que prometió, como gran solución a todos los males, atarse para siempre a la moneda que el mundo está empezando a abandonar. Hay que tener un talento especial para proponer subirse a un barco justo cuando los que saben están buscando los botes salvavidas. El modelo que se vendió como ruptura revolucionaria puede ser, en el mejor de los casos, el último enamorado de un orden que se muere.

*Economista y docente de la UBA.

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