La conversación empezó como tantas otras entre madre e hijo. Pero esta vez, una palabra inesperada cambió el rumbo de todo: marca.
Nunca imaginé que ese concepto —tan asociado al mundo empresarial y digital— terminaría modificando la forma en que miraba mi propia trayectoria profesional.
Durante años, mi camino estuvo sostenido por la formación, la experiencia y el desarrollo de distintas unidades de negocio. Era un recorrido sólido, con identidad propia, aunque nunca lo había pensado en términos de marca personal ni de posicionamiento dentro del ecosistema digital.
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La idea surgió casi de manera casual. Fue mi hijo, Tobías Librera, quien comenzó a hablarme de algo que, al principio, me resultaba completamente ajeno: transformar mi trayectoria en una marca.
Desde su trabajo como filmmaker, Tobías tiene una mirada muy particular. Posee ese ojo que no solo capta imágenes, sino que logra ver más allá de lo evidente. Detecta historias donde otros tal vez solo ven rutina. Y fue justamente esa mirada la que me ayudó a descubrir que mi propio recorrido también podía convertirse en contenido, en narrativa y en un proyecto con proyección.
Así comenzó una nueva etapa.
Primero llegaron las ideas; después, las pruebas, los primeros contenidos y el aprendizaje constante. En ese proceso se sumó mi actual community manager, Cande Uzal, con quien comenzamos a ordenar y potenciar la comunicación digital. También se integró Ezequiel Pelizza, responsable de la pauta y la estrategia de difusión, ampliando el alcance de cada proyecto y permitiendo que los contenidos encontraran nuevas audiencias.
Lo que al principio parecía un territorio desconocido empezó a desplegarse como un universo de posibilidades. El ecosistema digital abrió un espacio inmenso para investigar, estudiar, crear y proyectar nuevas ideas. Hoy, expandir mis unidades de negocio y pensar nuevas propuestas forma parte natural de mi dinámica cotidiana.
Pero detrás de todo este proceso hay algo más profundo.
Desde una mirada psicológica, el verdadero motor de cualquier proceso creativo es el deseo. Un deseo que nunca se agota del todo, que no se satisface de manera definitiva, sino que se desplaza y se renueva permanentemente, empujándonos hacia nuevas búsquedas.
En esta etapa de mi vida puedo decirlo con certeza: el deseo, por suerte, es infinito.
Animarse al cambio no implica dejar atrás lo construido. Implica expandirlo. Descubrir que siempre hay nuevos horizontes posibles, incluso cuando uno creía que el camino ya estaba completamente escrito.
Porque crear es, en realidad, descubrir que el camino nunca está del todo escrito.
Andrea Maccione
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