El 19 de abril, en Viena, Rafael Grossi volvió a ponerse las zapatillas y salió a las calles. Por unas horas, los custodios que lo acompañaban aflojaron el protocolo para que pudiera practicar una de sus pasiones: correr. Pero esta vez al aire libre y no puertas adentro, algo que implementó tras ser amenazado en 2025.
“Junto a miles de personas de todo el mundo, unidos por el mismo desafío y por un espíritu de unidad”, escribió ese día. Había participado de la icónica maratón de la ciudad donde opera la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA). La frase, leída más allá del deporte, condensa la mirada que Grossi aplica desde que asumió su conducción del organismo que vela por la no proliferación nuclear en 2019, de creciente protagonismo por la dimensión nuclear de las guerras en Ucrania y Medio Oriente, y que volcó días después en su discurso ante las Naciones Unidas donde compite en una carrera muy distinta: asumir la secretaría general del organismo, en un momento de descrédito del multilateralismo como herramienta para resolver conflictos globales.
“Hay una casa común y esa son las Naciones Unidas”, había dicho Grossi en diciembre de 2025, ante la atenta mirada del establishment empresarial y diplomático reunido en el predio de La Rural, cuando Argentina formalizó su candidatura. Grossi compite por el máximo cargo diplomático global ante figuras como la expresidenta chilena Michelle Bachelet, en un contexto que favorece que el cargo lo ocupe una mujer según una recomendación del organismo.
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Grossi, de 64 años, se ríe ante el apodo “Papa nuclear”, como lo conocen en ámbitos diplomáticos en alusión al papa Francisco, quien supo construir un liderazgo político inédito y necesario a medida que el mundo registraba un pico de conflictividad global desde 1945, según cifras del reconocido think tank australiano, el Instituto para la Economía y la Paz. Asegura que quiere liderar la organización creada en las ruinas de la Segunda Guerra Mundial partiendo de la experiencia en el terreno, desde la ocupada Zaporiyia a Natanz y Fordo, en Irán.
La imagen funciona como síntesis. Porque en un mundo que tiende a la fragmentación, Grossi apela a los valores del deporte: mediación, diálogo, unidad. Así, insiste en una idea que repite también en una entrevista con PERFIL cuando su candidatura apenas circulaba en las principales capitales del mundo. “La esencia de la diplomacia es hablar con todos, no la cancelación del otro”, planteó.
Desde ese lugar, su rol lo ubica en una zona incómoda: la de interlocutor entre actores que no se reconocen entre sí. Inspecciones, negociaciones, advertencias. Todo bajo una presión creciente. Su planteo es “ponerse las botas” e ir a las zonas de conflicto para hablar con todos.
“La dimensión nuclear de las tensiones internacionales está creciendo, indudablemente”, y advirtió en esa charla, contra la posibilidad de que más países accedan al botón nuclear en un contexto en el que la guerra contra Irán reavivó ese debate.
“Si en vez de haber siete países con armas nucleares hubiese 37, el mundo sería mucho más inestable”, explicó en otra de las numerosas entrevistas que dio en los últimos años, a medida que se elevaba su perfil internacional, al poner el foco en la proliferación como uno de los desafíos centrales de su gestión desde que reemplazó al japonés Yukiya Amano al frente de la OIEA.
Pero el poder y la exposición también tienen su contracara. Y su figura incomoda: para algunos, demasiado cercano a Occidente; para otros, excesivamente pragmático frente a actores como Rusia.
En ese juego de percepciones, no es extraño que sea señalado, según quién hable, como “títere sionista” o como alguien “en el bolsillo de Putin”. “En el puesto que ocupo es común ser criticado por unos y por otros (…) Esta es la labor de la diplomacia internacional: dialogar, conversar, proponer soluciones concretas a los problemas graves”.
Lejos de ese ruido, su vida cotidiana se organiza bajo una disciplina casi rígida. La maratón forma parte de una rutina que empieza temprano, con entrenamiento físico, café y una agenda que se extiende durante todo el día. Habla siete idiomas, juega al tenis, corre y mantiene un esquema que combina exigencia física con concentración intelectual.
Padre de ocho hijos y casado con una diplomática con quien comparte el rubro nuclear, encuentra en ese universo doméstico una forma de equilibrio frente a la presión permanente de su rol. Hay, sin embargo, un espacio que aparece como refugio. Los fines de semana, cuando puede, co-entrena al equipo de fútbol de Benjamín, su hijo menor, en la liga local. En ese contraste, entre la gestión de crisis globales y la cotidianidad, se juega parte de su perfil. También, en clave argentina, su singularidad. En un país atravesado por la polarización, Grossi logró construir una trayectoria que, con matices, atravesó gobiernos de distinto signo. Hijo de un periodista y de una escultora, nacido en el barrio porteño de Almagro, su formación en la Universidad Católica Argentina y en el Servicio Exterior contó con una temprana especialización técnica en el campo nuclear a través de instituciones como el Invap.
Su carrera hasta los máximos puestos en la diplomacia internacional fue avanzando sin quedar atrapada del todo en la lógica de la grieta partidaria local. Cristina Kirchner lo nombró embajador en Viena y lo proyectó en el universo del organismo atómico; Mauricio Macri sostuvo esa línea y terminó respaldando su llegada a la dirección general de la OIEA; la transición política posterior no alteró ese consenso básico.
Incluso bajo la presidencia de Javier Milei –marcada por un escepticismo explícito hacia el multilateralismo–, Grossi obtuvo el respaldo que necesitaba cuando apoyó, desde Casa Rosada, el plan nuclear libertario. En un ecosistema donde pocas trayectorias sobreviven a los cambios de signo político, su nombre quedó asociado a la continuidad, una virtud característica de la diplomacia argentina contemporánea.
Esa trayectoria es la que hoy intenta proyectar hacia un objetivo mayor: la secretaría general de la ONU. “La postulación surge de mi convencimiento personal, forjado no a través de bibliotecas sino de mi experiencia”, explicó.
“Las Naciones Unidas se encuentran en una profunda crisis de credibilidad y de efectividad”, planteó sin eufemismos, invocando la necesidad de recuperar un rol activo en el manejo de la paz y la seguridad internacional ante el avance del uso de la fuerza como mecanismo de solución de conflictos.
En ese contexto, su apuesta se apoya en una idea que atraviesa toda su carrera. “Somos actores sobre la realidad geopolítica, que tenemos que modelar para evitar el conflicto”, resumió. Mientras tanto, la rutina sigue. Lejos de las armas nucleares, Grossi corre, entrena, lee y escucha podcasts. Habla con periodistas y se mantiene al tanto de la liga de fútbol como embajador de Estudiantes de La Plata.
Pero, sobre todo, disfruta de pasar tiempo con su familia entre viajes, negociaciones y crisis internacionales, siguiendo los pasos de Francisco en la proyección de Argentina en el escenario internacional.










