Al padre Lisandro no le había pasado nunca una cosa así. La parroquia Santa Elena está ubicada sobre la calle Seguí, en la paralela de Avenida Libertador, y la misa de las 12.30 (la segunda del domingo) se tuvo que frenar un ratito por el rugido de un motor V8. En estos días de abril, Franco Colapinto revolucionó la vida de todos en Palermo, y hasta Dios tomó nota del paso del piloto de Alpine por las calles de Buenos Aires.
Entre vallas, agentes de tránsito y personal de seguridad, los vecinos de esta exclusiva zona de la ciudad pasaron del fastidio a la resignación, y cerca del mediodía al goce. No es cosa de todos los días juntarse en familia o con amigos para ver desde los balcones el andar de un auto de Fórmula 1, hacer el esfuerzo y sentirse en Mónaco, pero comiendo empanadas frente al Monumento de los Españoles.
Dos señoras protestan porque no pueden llegar con su perrito hasta los arbolitos del Bosque; lo mismo sufren en silencio los runners, obligados a recalcular sus pasos como pueden. «Nunca viví una cosa así, qué locura…», se sorprende una jubilada que sale a andar en bicicleta en medio del gentío. Las chicas que trabajan en la organización explican con paciencia (pero con autoridad) cómo deben moverse mientras cumplen su turno de doce horas, «de siete a siete».
Del lado verde de Libertador, en la zona de acceso gratuito, decenas de miles se amuchan buscando una buena ubicación. Fue caótica la madrugada en esas callecitas tan paquetas porque las colas se extendieron a lo largo de casi diez cuadras, tomando direcciones imprevisibles. La bronca con los colados hizo que volaran algunas piñas, hasta que a las 8 de la mañana se abrieron los ingresos y aflojó la tensión.
Ese gentío más popular parece propio del que se ve en las carreras de Turismo Carretera. Muchas gorritas dedicadas a McLaren, Mercedes y Ferrari, también camisetas truchas y no tanto con las insignias de Williams y Alpine. Un muchacho con gorra amarilla y campera rosada parece salido de un aviso de la empresa de Galperín. Y una señora montada con los colores de Boca deja en claro sus dos pasiones, las mismas que comparte con el piloto de 22 años nacido en Pilar. Eso sí, no hay choripán ni parrillita a la calle sino food trucks, y entre tanta armonía se vivió una de esas escenas que parten el alma: un señor que vendía chipá tuvo que entregar su mercadería cuando lo abordó un control de la Ciudad. Se la regaló a la gente.
Del otro lado de la arteria dedicada a don José de San Martín, la residencial, el ritmo es distinto, mucho más calmo y exclusivo. Un alquiler cuesta 3 mil dólares, y las expensas llevan siete cifras. En las esquinas, a unos 100 metros, unos murallones dividían a los residentes de los foráneos., que también eran (o éramos) muchos.
Había que mostrar el DNI con la dirección correspondiente para poder pasar, y si se recibían visitas era cuestión de acercarse a recibirlos. La mayoría llegaba con paquetones con comida, pizzas, bandejas de sushi y baldes de helado. Se sentía como un día de camping pero en las alturas, desde donde las banderas de Argentina y las de Boca saludaban al ídolo.
En una de las confiterías que tienen sus mesas sobre la vereda, los clientes de siempre sonríen y se saludan, conscientes de estar viviendo una ocasión que quedará en la historia. «Fue un quilombo estos días pero valió la pena», reconoce uno de los que terminó haciendo las paces con la exhibición fierrera. De paso, estiraban lo más que podían el café y las medialunas del desayuno, esquivando las miradas de las mozas.
El clima terminó haciéndole un guiño a la jornada: las camperas de pluma, los gorros de paja y los anteojos negros fueron tendencia en una tarde que amagó con lluvias pero en la que dominó el sol. La gente se aplaudió todo, arrancando por el himno, que sonó genial en la guitarra de Pato Sardelli, violero de Airbag. Y una locutora chillona repitió mil veces a modo de eslogan que Buenos Aires es «la ciudad más linda del mundo», como si hiciera falta aclararlo.
Tras la última pasada de Franquito, cuando empezaba a refrescar y la música por fin se detuvo, las campanas de Santa Elena volvieron a adueñarse del barrio. Fue el final de un día inolvidable.










