Ay, Camila. Todo lo que Camila Sosa Villada se anima a contar en este libro. Que es, en rigor, la reedición ampliada y revisitada de aquel publicado en 2018 por Ediciones Documenta, la primera editorial –cordobesa, como ella– que la consideró “una escritora”, según recuerda en diálogo con Clarín. El viaje inútil fue, entonces, su irrupción inicial en el campo editorial en formato libro. Y ahora, reeditado por Tusquets y con presentación prevista el sábado 2 de mayo, a las 20.30, en la gran Sala Hernández de la Feria del Libro, habilita una relectura –más que un simple repaso– de los pormenores íntimos de la biografía de Camila Sosa Villada, autora de Las malas –su consagración editorial en 2020– y La novia de Sandro –que reúne textos surgidos de un blog sobre los años en que ejerció como prostituta–, entre otras obras.
Si en el último tiempo su universo narrativo llegó al cine con la adaptación de Tesis sobre una domesticación, ahora su recorrido parece expandirse hacia el teatro oficial. Este año, de no mediar inconvenientes, podría dar un salto decisivo a las tablas del Teatro San Martín: si se concreta, interpretará, ni más ni menos, que a Blanche DuBois, la protagonista de Un tranvía llamado deseo, del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams. Con dirección de Juan Parodi, el estreno está previsto para la última semana de julio. En este presente de exposición y consolidación, Sosa Villada no parece dispuesta a recortar su historia: la asume completa, sin zonas negadas.
–¿Por qué volver a publicar El viaje inútil?
–No fue una necesidad. Fue un consejo de mi agente para venderlo. Me parece bien que mi agente piense en el dinero, que es lo mismo en lo que pienso yo. Me pareció que estaba bien. Eso implica algunas cosas, porque han cambiado algunas cosas. Se eliminó, por ejemplo, el subtítulo que era «Trans/Escritura».
–La segunda frase marca el tono personal del libro: «Lo primero que escribo en mi vida es mi nombre de varón».
–Fue una sugerencia de mi editora agregar el «de varón». Lo que es el arte de un buen editor. Los nombres, te gusten o no, esconden algo que es tuyo. De hecho, mi nombre de varón (Cristian Omar) fue una enorme revelación en terapia, por una situación que habían tenido mis padres, por cómo me habían decidido anotar y cómo me terminaron anotando también. Es una historia que hace de mí una conducta, que hace de mí algo. Después está la curiosidad de «¿Cómo era tu nombre de varón?». Yo iba con eso al frente, a todos lados. Hace muchos años, no sé si en Facebook o dónde, puse una foto mía de nene. Cuando hace poco fui a Chile a propósito de la presentación de El viaje inútil, un tipo, que era el que ponía la guita para uno de los eventos a los que iba, me preguntó: «¿Y qué fue de la vida de Cristian?». Entonces, en el afán de defenderme, salieron a decir que me habían preguntado por mi nombre muerto. Y yo dije: no, todo lo contrario, ese nombre está muy vivo, está ahí y está en este momento recorriendo su vida editorial. Un nombre nunca muere. Está escrito ahí. Está en su momento más pleno de vida.
–De tu infancia, rescatás como un gesto de amor que tu papá te enseñó a escribir y tu mamá a leer.
–Un padre te enseña a hacer algo que hacen los padres, que es una cosa que se hace con la mano, y una madre te enseña a hacer lo que hacían las madres, que era quedarse en la casa, lavar la ropa, hacer la comida y, en los ratitos libres, leer una revista, leer lo que podía leer, pero no escribir, porque las mujeres no escribían. Hay todo un rollo ahí con el travestismo que se malinterpretó, porque a veces dicen «cómo el travestismo dicta la escritura de Camila». Y no. El travestismo es eso que se enlaza y que son el padre y la madre. Siempre digo que la escritura es el padre y la madre, porque nunca puede existir un escritor que no lea. Sería una anomalía, una mutación insana de lo que es un escritor. Porque un escritor es sobre todo alguien que lee.
–También decís que tu primer acto de travestismo fue a través de la escritura: en un texto en el que inventabas una historia de amor con el profesor de gimnasia.
–Y además era literal, porque la historia la escribía en primera persona como mujer.
Camila Sosa Villada en la Feria del Libro del año pasado. –El libro resulta un género híbrido, entre ensayo, autoficción, autobiografía, novela. ¿Cómo lo definís?
–No me atrevo a decir todavía qué es este libro. Ni qué es ni de qué se nutre. Porque autoficción… lo que hace la Ernaux no se puede decir que sea solo autoficción, es algo más.
–¿Considerás que la autoficción está mal vista?
–Sí. Por esto de que cualquiera puede escribir. Pone en peligro el trabajo de los escritores.
De la rebeldía al trabajo
–¿Escribir sigue siendo un acto de rebeldía, como lo fue en otro momento?
–Ya no. Ahora, es el que me paga las cosas, no es más un acto de rebeldía, es un acto de trabajo. También es un acto de esclavitud. Dejó de ser ese un acto privado en el que vos te separás del mundo y te quedás a solas frente a una máquina de escribir, una computadora, un cuaderno, un papel suelto que encontraste y en el que anotaste una idea. Ahora todo eso forma parte de un sistema de producción que es el sistema de producción editorial. Y eso es ser otra cosa, que no es ser precisamente una rebelde. Otros pueden decir bueno, se critica desde adentro o vamos a cambiar el mundo con las herramientas del amo, bla bla bla. Pero lo cierto es que la escritura se hizo para manejar a las personas. Entonces ya no es más, para mí, un acto de rebeldía.
La escritora argentina y actriz Camila Sosa Villada . EFE–¿Seguís pensando que el prejuicio con los escritores es casi igual al que existe con las travestis?
–Sí. Me parece que para un tipo de familia como la mía, que una persona se tomara el tiempo para escribir era algo terrible. No podía pasar eso de tener tiempo libre para escribir. Vos tenías que estar trabajando.
–Señalás que lo peor del mundo era tener un familiar escritor, como si fuera una profesión… ¿inútil?
–Le dije a mi familia: va a ser peor todavía, porque me voy a vestir de mujer y además voy a ser escritora. No me cabía un delito más. Me faltaba ser usurera y listo.
–¿Cómo se llevan tus padres con tus libros o incluso con la película?
–La presentación de El viaje inútil en 2018, cuando lo conocí a Juan Forn, fue en La Cumbre para un FILBA. En realidad, no fue una presentación, porque yo era una autora tan chica que no merecía eso. Pero sí fui a hacer una especie de performance en la que leí El viaje…. Allí fueron mi papá y mi mamá. Y mi papá se retiró del lugar. Desde el escenario, lo vi pararse e irse y no me habló durante un mes, me dijo: «Me estás haciendo quedar como un hijo de p…». Y mi mamá, al contrario. Mi mamá se quedó, le encantó, le fascinó. Y eso fue también un planteo hacia cómo yo estaba contando el vínculo de un padre con un hijo o el vínculo de un padre con una hija trans, o cómo ve una hija trans a su padre y cómo ve a su madre. Después vinieron los otros libros. Mi papá no lee, así que por mí está bien. Sigue siendo un triunfo para mí que mi papá no me lea.
–Porque es un lugar del mundo al que él no puede entrar. En cambio, mi mamá sí. Mi mamá siempre encuentra una llave y entra a todos los lugares que yo pienso que ella nunca va a entrar. Entonces me lee todo. Le digo: «No leas Tesis…, es muy duro». Lo leyó y me dijo: «¡Qué fuerte!».
Camila Sosa Villada en el film «Tesis sobre una domesticación». –El libro permite hablar de tu faceta como actriz. Durante la presentación de la programación del Teatro San Martín para este año, fuiste anunciada como protagonista de Un tranvía llamado deseo. ¿Sueño cumplido?
–Todavía no tengo nada confirmado. Siempre me ha gustado Tennessee Williams. Igual, me gusta más La gata sobre el tejado de zinc caliente, que es más cercana a ciertas cosas que me han pasado en la vida.
–Precisamente en El viaje... señalás que decidiste forjarte la carrera de actriz, que no ibas a esperar que el mundo se arreglara y viniera a buscarte. Eso fue en 2018 y ocho años después llegás al San Martín.
–La escritura es una herramienta de trabajo. No es solamente que estoy escribiendo, sino que yo estoy escribiendo un personaje para después poder hacer dinero. Yo puse la escritura al servicio de una carrera que yo estimaba que iba a ser para toda la vida, que era la de actriz, con el don o la maldición de la escritura. ¿Qué es una escritora sino una actriz interpretando un papel? Porque además, una no es escritora, sino una persona que escribe, que trabaja de escritora, pero tiene una vida también más allá de los libros.
–Estoy aterrada. Eso del teatro oficial me genera repelús, en el sentido de que tenés que preguntar todo, no podés fumar en el camarín, no podés chupar, tenés que llegar a horario. Y es dinero público justo en un momento en que el trabajo de los actores, de las actrices, de los directores, de los montajistas está puesto en duda. Lo único que no se pone en duda es el trabajo de los políticos, de la casta. Que las personas vayan al teatro a ver una obra en la que se le está pagando a una actriz que es prácticamente desconocida en la industria pura y dura de la actuación, me hace pensar que ese dinero tiene que estar bien usado. Y para que esté bien usado, la gente tiene que salir del teatro y decir: «Guau, qué hizo esta mujer, qué pasó acá, por qué vi esto». Eso tiene que generar mi trabajo. Ese dinero público tiene que generar asombro. Un cuestionamiento de algo, de por qué estoy viendo esto en este lugar que es público y se supone que es con el dinero de mis impuestos. Y para que eso pase, yo tengo que abrir una puerta para que entren muchas cosas feas y eso me tiene aterrada. La locura, la tristeza, la mina entra, pone un pie en el escenario y sabe que cualquier cosa en esas dos horas va a ser un error que la va a llevar adonde termina. Eso es algo muy terrible de experimentar.
–¿Autoexigencia tal vez?
–Pero si no, para qué me voy a ir de Córdoba a Buenos Aires, para qué voy a moverme de mi zona de confort.
–Por un desafío profesional, podría ser.
–Es parte de lo que hace que escriba. Tengo que poder salir de esa lectura de que soy una travesti que está contando su vida, salir de ese atolladero y decir no, yo soy una travesti que está escribiendo, que es diferente. Hay muchas cosas con las que coincido conmigo misma de las que dije en El viaje inútil. Y hay otras cosas que ya no. Por ejemplo, esto de que no sé escribir. Eso dejó de ser así, dejó de ser un libro trans/escrito, es otra cosa. Yo dejo de ser travesti, entonces no puedo decir que sea un libro trans/escrito.
–Un libro, a secas, sin adjetivación.
–Exacto. Dejé de ser esa trans/escritora. La gente tiene que leer eso.
–Un libro de una escritora y no de una escritora trans.
–Exactamente. Después de seis libros publicados, no puedo ser ingenua y decir «tengo estos errores gramaticales porque soy travesti y aprendí a hablar con las travas». Eso tiene que dejar de ser una excusa para mí y para el mundo. O sea, no es que soy un triunfo como escritora solamente porque soy travesti. Si soy buena o mala escritora, soy buena o mala escritora y punto. Por eso digo que la escritura es una esclavitud.
Camila Sosa Villada estará el 2 de mayo a las 20:30 en la sala José Hernández presentando su libro El viaje inutil.










