Los escritores María Negroni, Clara Obligado, Sylvia Iparraguirre, Vicente Battista y María Rosa Lojo dieron comienzo esta tarde, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, al ciclo Diálogo: 50 años de lecturas y escritura en Argentina, en memoria del medio siglo de la propia muestra y también del golpe de Estado de 1976. La mesa estuvo coordinada por la editora de Cultura de Clarín, Débora Campos, quien para presentarles contó una anécdota que los pintó de cuerpo entero.
Para introducir a Iparaguirre contó que cuando llegó la dictadura, ni ella ni su marido, el escritor Abelardo Castillo, pudieron desarmar la enorme biblioteca que tenían en su casa y en la que se asomaban los lomos de El manifiesto comunista de Marx y Engels, de Los condenados de la tierra de Franz Fanon, entre cientos de otros libros que los formaron.
Para hablar de Vicente Battista dijo que, según el propio escritor, nunca había sido un buen alumno, pero que a sus 12 años descubrió una biblioteca, se hizo socio y quedó maravillado con la idea de poder elegir sus propias lecturas. A Clara Obligado la presentó contando que hace poco la escritora plantó, con otras personas, un bosque y que en las raíces de los árboles que enterraron pusieron un poema para que la literatura renazca con las hojas, y que María Rosa Lojo tenía en el patio de su casa un gigantesco árbol que unía a dos países, Argentina y España, de donde vinieron sus padres huyendo del franquismo. Por último, de María Negroni dijo que solía escribir en bibliotecas públicas, fascinada por perderse en libros como método creativo.
Clara Obligado, Vicente Battista y Sylvia Iparraguirre. Foto Victoria Gesualdi.La Feria y los lectores resistieron
El escritor y director de la Fundación El Libro, Guillermo Martínez, contó que la idea del ciclo tenía que ver con hablar sobre qué se leía y qué se escribía durante la dictadura: “A pesar de todo, la Feria resistió y el libro y los lectores también”, dijo Martínez, y le dio paso a la periodista Verónica Abdala, organizadora del ciclo: “La lectura en dictadura fue una práctica de riesgo y un gesto de resistencia”.
“¿Quiénes eran ustedes en ese momento y de qué manera influyó la dictadura en sus vidas?”, preguntó Campos al comenzar. La primera en tomar la palabra fue Sylvia Iparaguirre, quien contó que se casó con Abelardo Castillo el 20 de marzo de 1976: “El 24 de marzo, volvimos de San Pedro. Cuando vino la policía a casa teníamos a todos los anarquistas en la biblioteca, junto con Marx y Engels”.
La escritora leyó un artículo de Castillo que decía a comienzos de los 80, en la recuperada democracia: “Cada acto de disconformidad era demostrar que la dignidad humana estaba de nuestro lado, desde acompañar a las Madres en la plaza hasta visitar en la cárcel a un amigo detenido. No se trataba de grandes rebeliones, que además eran imposibles, sino de vivir sin que el poder pudiera tocarnos”.
Vicente Battista se fue a vivir a España en 1973 y volvió con el comienzo de la democracia, diez años después. “Antes de irme dejamos mis libros, mis escritos, mis fotos en la casa de mis padres en Barracas. A las dos semanas del golpe fueron a esa casa en la que ya no vivía nadie, la rodeó la Marina y, como nadie atendía, decidieron tirar la puerta abajo con una bazuca, pero no se llevaron mis libros, se llevaron todas mis fotos, mis escritos, mis cartas de amor, no me dejaron nada, ni una foto de mi infancia”, recordó el escritor.
María Negroni, María Rosa Lojo, Clara Obligado, Vicente Battista y Sylvia Iparraguirre. Foto Victoria Gesualdi.Y agregó que “todo lo que se leía en España bajo la dictadura de Franco era sotto voce porque, si te agarraban con La montaña mágica, por ejemplo, podías terminar preso. Lo mejor es no asustarse, saber cómo decir las cosas, pero no callarse nunca. La censura sigue funcionando en este momento cuando la Sala de Periodistas de Casa Rosada está censurada, el gobierno actual no deja que los periodistas hagan preguntas: ni siquiera la dictadura se atrevió a eso. La censura sigue navegando entre nosotros”.
Allanaron todas las casas
Clara Obligado tuvo que exiliarse a España el mismo año del golpe: “En abril de 1976 era una estudiante joven que intentaba recibirse en la carrera de Letras. Leíamos a Fanon, a Freire, estaba por entrar a ser ayudante de literatura francesa cuando tuve que irme. Dormía todas las noches en casas distintas porque en siete meses nos allanaron todas las casas”. La escritora recordó que se exilió 24 horas antes de que la fueran a buscar. “Al cruzar el charco, leí a Héctor Tizón, a Griselda Gambaro, a Susana Constante; entonces los hombres hablaban de violencia y las mujeres de deseo”.
María Rosa Lojo estaba terminando la carrera de Letras en la UBA cuando estalló el golpe: “Mis padres entraron en un declive personal tremendo que provocó luego sus enfermedades y sus muertes. Yo venía con lecturas desde la secundaria, Leonie Duquet, una de las monjas francesas desaparecidas, fue catequista en mi escuela. Leíamos a Marx, a Engels, a Nietzsche, yo era un animal lector. Mi primer libro de poemas se lo debo a esta feria porque pude publicarlo por un premio que dio la muestra en donde estaba Olga Orozco en el jurado”.
En esos años, contó Lojo, empezó a leer a las escritoras argentinas que no se daban en las cátedras universitarias, conoció las obras de Sara Gallardo que recién se publicaban, como La rosa en el viento. “Leí a Angélica Gorodischer también, una escritora de ciencia ficción, una de las posturas más críticas del mundo real”, dijo Lojo.
El director de la Feria, Ezequiel Martinez, inauguró los Diálogos. Foto Victoria Gesualdi.Cuando María Negroni agarró el micrófono confesó que le costaba muchísimo volver a esa época: “Era una estudiante de la Facultad de Derecho y era una militante política. Leíamos a Marta Harnecker, a Mao, a Malraux, a Mariátegui, a José Martí, a Abelardo Ramos, a Hernández Arregui, a Juan Gelman, a John William Cooke. Y escuchábamos los discos de Víctor Jara, de Violeta Parra, de Mercedes Sosa; veíamos el cine de Pino Solanas. Ese era el mundo en el que yo circulaba y, cuando vino el golpe militar, puedo decir que tuve una biblioteca desaparecida: no recuerdo cómo me desprendí de esos libros, de esas revistas, de esos discos. Me exilié en una casa de la zona sur de la provincia de Buenos Aires y en esa casa no había libros. No tengo recuerdos de lectora porque estaba muy ocupada en que no me mataran”.
Sobre qué se escribía
La segunda mesa fue sobre qué se escribía en dictadura y estuvo coordinada por el periodista y docente universitario Ángel Berlanga, quien presentó a Luisa Valenzuela, Liliana Heker, Juan Sasturain y Santiago Kovadloff. “Los cuatro andaban por los treinta cuando estalló el golpe de 1976. Ayer, durante los juicios de lesa humanidad, fueron condenados los represores de la Mansión Seré”, dijo el periodista y le dio la palabra a Luisa Valenzuela.
Luisa Valenzuela Liliana Heker Juan Sasturain Santiago Kovadloff, dialogaron con Ángel Berlanga. Foto Victoria Gesualdi.“Cincuenta años de la dictadura del horror, cincuenta ediciones de la Feria. Estamos en el eterno retorno, así que aplaudo la valentía de la Feria del Libro de organizar estos encuentros. En el 66, durante la dictadura de Onganía, escribí un cuento sobre una pequeña célula revolucionaria, pero tuve que guardarlo. En el 74 me fui a Barcelona, me fui con Cámpora y volví con la dictadura: era otro país. Para poder escribir me sentaba en los bares a escuchar y escribía con una letra difícil de leer para cuando venían las razzias. En el 77 trabajaba en Crisis y escribí un cuento sobre la tortura que no me animé a mostrarle a nadie, un año más tarde me llegó una invitación de la Universidad de Columbia para hacer una residencia y me fui. Pude publicar el cuento mucho después. La enfermedad que nos dejó la dictadura la fuimos curando con los juicios”, compartió Valenzuela.
Liliana Heker recordó cuando era subdirectora de la revista El escarabajo de oro, que habían fundado con Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre. “Estaba habituada a utilizar el lenguaje para la creación, pero también para tomar partido y dar testimonio. Existíamos a través de la lucha y dando testimonio de todas las maneras posibles. El golpe militar del 76, que venía bastante anunciado por la existencia de la Triple A, que ya había matado a intelectuales y reprimido de una manera pavorosa, fue el horror, la gente querida iba desapareciendo”, dijo Hecker.
Apelar de nuevo a la creatividad
“La libertad que nos había constituido ya no existía más, no podíamos juntarnos en los cafés ni caminar por Corrientes, pero teníamos el poder de la palabra y el saber usarla para burlar la censura. Creo que ahora tenemos que apelar de nuevo a nuestra creatividad para seguir trabajando contra esta realidad para un día poder estar acá reunidos nuevamente, festejando”, concluyó la escritora ante el aplauso de la sala llena.
Juan Sasturain contó cómo se hizo un camino para poder trabajar: “Teníamos 30 años cuando pasó la dictadura. Soy del 45, exactamente. Participé en los años 60 en la peronización de la Facultad de Filosofía y Letras, viví la radicalización del estudiantado y de la clase media. Cuando teníamos 20 años la pregunta era dónde militabas. Me recibí en el 69 de profe de literatura y empecé a trabajar escribiendo crítica literaria cuando no tenía ni idea de cómo escribir un libro. El mundo veía el cambio social mañana. En el 75 me amenazaron de muerte y yo me fui a mi casa, tenía un nene de 3 años y otro de meses. Por suerte Blanca Rébori me consiguió un trabajo de corrector en Clarín”.
El escritor recordó que, trabajando en el diario, un día sonó el teléfono y del otro lado una voz de mujer le dijo: “Hola, ¿Juan Sasturain?, soy Elsa Oesterheld, ¿usted sabe dónde está mi marido?”. Desde entonces el miedo era moneda corriente y se trabajaba donde había un resquicio. El escritor recordó la valentía de publicaciones como Humor y de Ediciones de la Urraca, dirigida por Andrés Cascioli, además de compañeros como Soriano, Gelman y el propio Oesterheld.
Luisa Valenzuela Liliana Heker Juan Sasturain Santiago Kovadloff, dialogaron con Ángel Berlanga. Foto Victoria Gesualdi.Santiago Kovadloff hizo su secundaria en Brasil, pero cuando la terminó quiso volver a la Argentina: “Quería escribir en mi lengua, tenía nostalgia por ella y extrañaba mi país. Me llevó mucho tiempo volver, uno regresa muy despacio aunque ya esté donde quería estar. En la Noche de los bastones largos bajamos y les dijimos que se fueran, que la Universidad tenía autonomía. Éramos muy ingenuos, no vimos lo que venía”.
El escritor contó además que trabajó con Galeano y que gracias a un pedido suyo tradujo un poema de Chico Buarque al español cuando en Brasil los titulares decían: “La música encontró su poeta”. Kovadloff comenzó a dar clases de escritura y filosofía en su casa: “Venían de a uno porque muchos eran sospechosos, y hubo algunos que no volvieron más”.










