En el patio de la Escuela Técnica Otto Krause el ruido no molesta, acompaña. Es un zumbido eléctrico, constante, que se mezcla con el chasquido de las chispas contra el piso y el olor a metal caliente. Ahí, donde hay que domar el pulso, Lucila Durán encontró algo que primero la asustó y después le cambió la vida. Tiene 19 años y en ese mismo edificio del centro porteño fue la única mujer que compitió en la gran final del Torneo Nacional de Soldadura organizado por ArcelorMittal Acindar, donde se eligió al mejor soldador o soldadora del país.
A su alrededor, hombres de distintas edades y con años de experiencia en el oficio. Soldadores que trabajan de eso todos los días. Ella todavía no. Su historia con la soldadura empezó ahí mismo, en ese taller de la escuela que la vio crecer. “A mí me daban miedo las chispas. No me gustaba sinceramente”, admite a Clarín.
No viene de una familia metalúrgica. Su papá vende materiales. Su mamá trabaja en un local. Nadie en su casa suelda. Todo lo aprendió dentro del colegio. “Mis primeros chispeos comenzaron en el sector de ajustes del taller del colegio y cuando me enteré del campeonato fui a practicar al sector de herrería y ahí fue donde aprendí”, explica.
Fue ella la que se incentivó sola para participar en el torneo. La que le pidió a un profesor ir a practicar más horas al taller. “Yo sola me incentivé para ir al torneo. Eso se lo propuse a un profesor y él me llevó al sector de herrería para practicar”, cuenta.
Al principio no le podía “agarrar la mano”. Las chispas la asustaban, el ruido la incomodaba. Pero con la práctica empezó a adaptarse. “Después me fui adaptando y fue algo que me iba gustando. Hasta a mí me sorprende cómo aconteció todo esto”, dice.
Hoy, lo que más le atrape de soldar es algo muy específico: “Lo que más me gusta sinceramente es tirar cordones. Hacer un cordón en medialuna y unir planchuelas, que es lo que te piden para el torneo.”
Participó en dos torneos regionales entre escuelas técnicas. En el primero salió cuarta. En el segundo, primera. Esos torneos clasifican a la instancia nacional, donde ya no se compite sólo con estudiantes sino con soldadores de empresas.
La final del certamen nacional se llevó a cabo este miércoles 29 de abril y tuvo un condimento especial: fue la última edición bajo este formato, ya que la compañía anunció que evolucionará la propuesta hacia un Torneo Nacional de Herrería Acindar para ampliar disciplinas y seguir impulsando la formación en oficios.
En ese contexto, su presencia no pasó desapercibida. “Soy chica y también una chica, aparte de eso. Ellos ya tienen experiencia y yo recién estoy metiéndome más profundo en este mundo”, explica sorprendida.
Ser la única mujer entre hombres con más experiencia le generaba nervios. “Pero siento que si me tengo fe y sé que puedo, lo puedo hacer”. Lucila todavía no trabaja de soldadora. En su casa, en Retiro, no arregló nada “porque no se rompió nada”, dice riéndose. “Pero si tengo que arreglar una reja lo hago tranquilamente”, admite.
Mientras se prepara para dedicarse a esto, ya está estudiando soldadura industrial en un Centro de Formación Profesional y tiene un objetivo claro: “Me gustaría mucho ser profesora de herrería. El año que viene quiero hacer el terciario para enseñar soldadura por arco eléctrico”.
El impacto de su historia se empezó a ver dentro del colegio. El año pasado la convocaron a hablar con alumnos de segundo año que estaban eligiendo especialidad. Les contó sobre su experiencia en los torneos, cómo había llegado a un cuarto puesto y después a un primero. Y entre quienes escuchaban había muchas chicas. “Después de la charla entraron muchas chicas a la especialidad. Ahora hay una chica en tercero que se está preparando para el próximo torneo. Y me contaron que actualmente hay más chicas en la especialidad”, contó entusiasmada.
Para Lucila, eso tiene un valor enorme. Porque ella misma empezó con miedo y sin referencias. Por eso, cuando piensa en otras chicas que dudan en meterse en este mundo, su mensaje es simple y directo: “Todo se puede en la vida. Este es un mundo en el que las mujeres también podemos entrar, no solo hombres. Si yo llegué, ¿por qué otra chica no podría llegar?”
La llaman por el micrófono. Lucila levanta la vista, se ata el pelo, respira hondo y camina hasta su puesto. A su alrededor, varios sacan el celular. Algunos se acercan. Empiezan a grabarla, a sacarle fotos. No es una competidora más: es la única mujer en la final.
Se acomoda frente a la mesa de trabajo. Del otro lado, planchuelas apoyadas, electrodos listos. Se coloca el casco con las dos manos, baja la máscara y queda aislada del resto. Ya no mira a nadie. Ya no escucha nada más que el zumbido eléctrico.
En la imagen, se la ve firme, concentrada. El cuerpo levemente inclinado hacia adelante, los brazos seguros, el pulso estable. Las chispas saltan alrededor con pequeñas explosiones naranjas que iluminan el metal. Todo alrededor parece ruido, movimiento, gente mirando. Ella, en cambio, está quieta. Concentrada. Metida por completo en ese gesto que aprendió a fuerza de práctica: tirar el cordón en medialuna, unir dos metales con precisión.
Ahí, detrás de la máscara, ya no está la chica a la que le daban miedo las chispas. Está la soldadora.









