Rusia e Israel en el centro del debate

Rusia e Israel en el centro del debate


El sistema del arte está vivo. Da patatas de rechazo a algunas cuestiones, acepta otras, pero no acusa colapso inmediato. Claro que esto, dicho al finalizar la preapertura de la 61ª edición de la Bienal de Arte de Venecia, puede cambiar varias veces a lo largo del año, y hasta el 22 de noviembre de 2026, cuando el mega evento cierre sus puertas. Ingresaron alrededor de 10.000 visitantes el día de la inauguración (más del 10 % respecto de 2024). Exactamente 27.935 asistentes durante los tres días previos a la inauguración (más del 4 % respecto de 2024).

La pregunta que ha quedado flotando, tras la apertura de los pabellones de Rusia e Israel en esta edición, es por qué decidió la Fundación organizadora legitimar a dos países en guerra como Rusia e Israel, cuyos líderes políticos tienen captura internacional en varios países, por presuntos crímenes de guerra.

La primera herida que abrió esta controversia por Rusia es la enemistad entre dos amigos, el presidente de la Fundación de la Bienal, Pietro Butafuoco, y el ministro de Cultura de Italia, Alejandro Giuli. El segundo no acudió a la preapertura de esta edición. La segunda es el retiro de la Unión Europea de un fondo de dos millones de euros a la Bienal por aceptar la participación de la Rusia de Putin.

A este entuerto del inicio hay que sumarle la renuncia en bloque del jurado que premia con ojo académico y crítico al mejor pabellón nacional y al mejor artista. El público decidirá, ha dicho la Bienal. Ayer la Bienal informó sobre la votación popular. Solo podrán participar los que paguen la entrada y visiten las dos sedes: Arsenale y Giardini.

La votación será a través de un link que la Bienal enviará al público asistente. Ya sea por la controversia o por el lema convocante esta es la edición que más gente llevó en la preapertura y tuvo la mayor cobertura mediática de toda la historia de la Bienal.

Una voz fundada

La artista bielorrusa Natalia Gurova, criada en Rusia y residente en Viena, Austria, desde 2014, se preguntaba hoy en su cuenta de Instagram, quién representa a quién en esta Bienal y por qué razón en “un momento en que las fronteras y las identidades son constantemente criticadas, pueden la ciudadanía, los pasaportes, la pertenencia, definir todavía el acceso y la representación de manera tan fuerte”. Es muy interesante el planteo de una artista que, precisamente, pertenece al “bando criticado”, por situar de algún modo a su país, Bielorrusia, aliado inquebrantable de Putin.

Manifestantes de los colectivos ProPal marchan por la Via Garibaldi, en el barrio de Castello, durante una protesta en la que se exige a la Bienal el cierre del pabellón israelí. EFE/EPA/ANDREA MEROLA

Lo cierto es que “las claves menores” propuestas por la fallecida Koyo Kouoh, toda una apelación a bajar el tono, convertir el lenguaje en poesía y arte, valorar una experiencia meditativa frente a tanta obra conmovedora y comprometida, fueron barridas por el ruido de crítica, las notas ácidas de buena parte de la prensa especializada, y los colectivos que también hicieron valer su fortaleza para atrapar la atención mediática.

La presencia de los activistas Pussy Riot y Femen fue multitudinaria, porque a ellos se unieron muchos disconformes de la Bienal, entre trabajadores y artistas, sobre todo. Viene ahora la pregunta incómoda. Ningún líder de la actualidad, por cuestionado que sea, puede ser comparado con el horror que representaron Hitler o Stalin o Pol Pot, por nombrar lo peor de cada casa. Podemos imaginar la presencia de la Alemania nazi en la 61 Bienal de Arte de Venecia? O la Rusia de Stalin? O la Camboya de Pol Pot?

Es cierto que muchos pabellones han sido cuestionados en diferentes ediciones de la Bienal, pero como nunca antes tantos artistas y curadores y trabajadores han rechazado de manera tan clara lo que el sistema legitima. Sí la cúpula de la Bienal decide aceptar la presencia de artistas de dos países cuestionados, la gente que mantiene viva la Bienal no lo admite. Resiste y eso obliga a cerrar por primera vez 27 pabellones, el ultimo día de la preinauguración, lo que repercutió en las expectativas de coleccionistas, directores de museos, curadores, etc.

Queda claro que mientras la temperatura de las clases dirigentes, incluida la cúpula de la Bienal, se mantiene templada, la social y la del mundo del arte es caliente. Podremos convenir, a estas alturas, que la política de la cancelación es inaceptable porque ha dado cuenta de errores fatales. Como planteó la propia Bienal en el concierto de cierre de la pre apertura, el disenso y el arte pueden convivir. Pero además, el arte es un espacio de resistencia que produce sentido. Una obra, una performance, una instalación ubicadas en el escenario de la Bienal se lee de manera distinta, y activa un significado distinto.

Protestas durante la inauguración de la 61.ª Exposición Internacional de Arte (Biennale Arte 61) contra la presencia del pabellón israelí en el evento. Foto: EFE/EPA/ANDRE

No hay creación artística que funcione si el poder lo valida y el momento actual es muy complejo. Putin invierte mucho en cultura, dice Natalia Gurova, precisamente porque está en guerra. Eso no puede pasar desapercibido para el sistema del arte. Como no puede pasar desapercibida la extendida campaña de Netanyahu por legitimarse ante los países europeos y la sociedad norteamericana.

¿Qué sería aceptable en un mundo roto, en relación con aquellos Estados que sostienen hoy conflictos bélicos que no dejan indiferente a nadie? ¿Quién valida a quién y desde qué lugar? Algunas voces que recogimos en los cuatro días de la pre apertura reclaman un debate puertas adentro de la Fundación de la Bienal. Reclaman cambios de posición y en todo caso, si el arte puede comprometerse con determinados acontecimientos del pasado y del presente, con más razón los grandes eventos internacionales tiene que adoptar una posición clara.

Otros avalan lo sucedido en esta edición. Dicen que está bien que ambos países cuestionados hayan participado, como también admiten que es legítimo que los colectivos que se oponen a ambos se haya manifestado. Lo contrario, dicen, hubiera sido censura. Como si no hubiera ocurrido ya en ediciones anteriores. En 2024, Rusia no abrió su pabellón al público. Y la artista Ruth Patir, tanto como los comisarios del pabellón de Israel, renunciaron a participar hasta que hubiera un alto al fuego en Gaza.

La Bienal no los excluyó, sino que ambos países, de una u otra forma, se autoexcluyeron. Incluso no hay que olvidar a la Venezuela de Nicolás Maduro, que no abrió su Pabellón (tiene espacio propio con identificación del país) en 2019. Las razones nunca se hicieron públicas, pero fue el agitado año en que Juan Guaidó se proclamó presidente interino y varios países lo reconocieron.

El punto crítico con el sistema del arte es la validación que conlleva una decisión como la que tomó la Bienal. En todo caso, si el sistema es responsable de la canonización histórica que define qué es una obra de arte y las instituciones –museos, academias, bienales, galerías, colecciones– validan el arte como tal, todavía es temprano para saber qué quedará de este episodio crítico que ha contaminado este evento global con el estruendo de las bombas y las balas que matan en otras partes.

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