El humor social sigue golpeado por la pérdida de poder adquisitivo y la situación laboral. Según el relevamiento de mayo de UdeSA, el 37% menciona los bajos salarios y otro 37% la falta de trabajo como los principales problemas del país. Además, el 47% prefiere cobrar en pesos y sólo el 29% elegiría hacerlo en dólares.
La preocupación económica de los argentinos ya no se ordena sólo alrededor de la inflación. Aunque los precios volvieron a ganar espacio en la agenda pública, los problemas que hoy aparecen al tope del ranking son los bajos salarios y la falta de trabajo, dos variables que explican buena parte del malestar social en medio de una actividad todavía debilitada.
Así surge de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de mayo de 2026 elaborada por la Universidad de San Andrés, a través del Laboratorio de Observación de la Opinión Pública. El estudio fue realizado entre el 6 y el 8 de mayo sobre 1006 casos de adultos conectados a internet en Argentina, con datos ponderados según voto en la elección de octubre de 2025.
El dato central del informe es que los bajos salarios y la falta de trabajo aparecen empatados en el primer lugar de las preocupaciones, con 37% cada uno. En tercer lugar se ubica la corrupción, con 36%, seguida por la pobreza, con 30%, y “los políticos”, con 26%. La inseguridad también aparece con 26%, mientras que la inflación reúne 22% de las menciones.
Salarios y empleo, por encima de la inflación
El resultado muestra un cambio relevante en el clima social. La inflación sigue siendo un problema, pero ya no aparece sola como el gran ordenador del malestar. En su lugar, la preocupación se desplaza hacia el bolsillo real: cuánto alcanza el ingreso y qué tan sólido es el mercado laboral.
Según UdeSA, los bajos salarios pasaron a consolidarse como una de las principales inquietudes de la población. Lo mismo ocurre con la falta de trabajo, que también se mantiene en el primer lugar. La encuesta muestra que ambos temas atraviesan distintos segmentos sociales, generaciones y perfiles políticos, aunque con matices según el voto y la orientación ideológica.

La inflación, con 22%, “regresa al conjunto de preocupaciones”, de acuerdo con el informe, pero queda por debajo de salarios, empleo, corrupción, pobreza, políticos e inseguridad. El dato resulta relevante porque llega después de meses en los que el Gobierno buscó mostrar la desaceleración del IPC como uno de los principales logros de su programa económico.
En términos económicos, la baja de la inflación, aunque valorada, todavía no alcanza para recomponer la percepción social si no viene acompañada por una mejora del ingreso y del empleo. El problema ya no es únicamente que los precios suban menos, sino que los salarios siguen sin recuperar plenamente capacidad de compra.
Un humor social todavía deteriorado
El deterioro del bolsillo también aparece en la evaluación general sobre el rumbo del país. La satisfacción con la marcha general de las cosas se mantiene en 29%, apenas un punto por encima de abril, mientras que la insatisfacción neta alcanza al 68% de los encuestados.
La aprobación del gobierno de Javier Milei se ubica en 37%, contra una desaprobación de 60%. Según UdeSA, esos números muestran una estabilización después de las caídas de meses anteriores, con variaciones de apenas un punto respecto de la medición previa. Sin embargo, la satisfacción específica con el desempeño del Poder Ejecutivo cayó de 26% a 23%.

La mirada retrospectiva también es negativa: el 58% de los encuestados cree que la situación del país empeoró respecto de hace un año. En el plano personal, el 56% afirma que su situación económica está peor que en mayo de 2025. Hacia adelante, el pesimismo se modera, pero sigue predominando: el 44% cree que el país estará peor dentro de un año, frente a un 26% que espera una mejora.
Qué pasa con la dolarización
El capítulo más llamativo del informe aparece en torno a la dolarización, una de las principales promesas de campaña de Milei. Según el experimento incluido en la encuesta de UdeSA, más del 63% de los encuestados está de acuerdo con la decisión de no haber dolarizado la economía y mantener el peso como moneda.
El dato es fuerte porque el acuerdo se mantiene alto independientemente del argumento utilizado. La encuesta dividió la muestra en grupos: uno de control y otros dos con explicaciones diferentes sobre por qué no se avanzó con la dolarización. En un caso, el argumento se atribuía a que “la gente no quería que se dolarizara”; en otro, a razones técnicas vinculadas con las condiciones de la economía y el bajo nivel de reservas internacionales. En todos los casos, el aval a la no dolarización se ubicó por encima del 63%.
Fausto Spotorno explicó por qué «es muy difícil tener una dolarización»
La conclusión política y económica es que la sociedad parece haber internalizado los riesgos o la inviabilidad práctica de una dolarización plena en el contexto actual. La promesa sigue teniendo peso simbólico dentro de una parte del electorado oficialista, pero ya no aparece como una demanda mayoritaria.
Esa lectura se refuerza con otra pregunta del sondeo: ante la consulta sobre en qué moneda preferirían cobrar, el 47% respondió que elegiría pesos, mientras que sólo el 29% preferiría dólares. Otro 17% dijo no saber y 7% prefirió no responder.
El peso resiste como moneda de ingreso
La preferencia por cobrar en pesos no implica confianza plena en la moneda local, pero sí muestra una resistencia práctica a una dolarización total del salario. Para buena parte de los hogares, los gastos cotidianos, las tarifas, los impuestos, el transporte, los alimentos y los servicios siguen organizados en pesos. En ese esquema, cobrar en dólares puede ser percibido como una cobertura de valor, pero también como una fuente de incertidumbre si los ingresos y los gastos no están en la misma moneda.
El dato también marca un límite para la discusión pública: en un país históricamente bimonetario, donde el dólar funciona como reserva de valor y referencia de precios para operaciones grandes, la dolarización completa de los ingresos no aparece como la opción preferida por la mayoría.
En términos políticos, el resultado abre una tensión para el Gobierno. La dolarización fue una bandera de campaña, pero el relevamiento muestra que la decisión de no avanzar en esa dirección no genera, al menos por ahora, un costo social mayoritario. Por el contrario, el consenso parece ubicarse más cerca de la prudencia monetaria que del salto a un régimen sin peso.
El bolsillo desplaza a las grandes reformas
La encuesta deja una foto precisa del clima social: la macro importa, pero la preocupación dominante está en la micro. Salarios, empleo y pobreza aparecen por encima de los debates más estructurales, incluso por encima de la dolarización.
Para el Gobierno, la estabilidad cambiaria y la desaceleración inflacionaria pueden ordenar expectativas, pero el humor social difícilmente mejore si no se traduce en recuperación de ingresos y empleo. La agenda económica que la sociedad marca en la encuesta es menos doctrinaria y más cotidiana: cobrar mejor, conseguir trabajo y que el salario alcance.
En ese marco, la inflación sigue siendo relevante, pero ya no alcanza con mostrar que baja. El nuevo punto de evaluación social parece ser otro: si esa baja llega efectivamente al bolsillo.
lr/ff









