El mundo lleva 40 años bajo el yugo de una “epidemia global de obesidad”, una ola de aumento de peso que eleva el riesgo de desarrollar tumores, enfermedades cardiovasculares, metabólicas y neurológicas. El concepto de “epidemia” lo acuñó la comunidad científica en los noventa ante el incremento de la prevalencia de obesidad y ha persistido hasta hoy para designar a lo que ya se considera una de las grandes amenazas de la salud mundial. “Globesity”, lo denomina la Organización Mundial de la Salud (OMS). La idea de una pandemia no infecciosa que se esparce irremediablemente por el globo ha calado en el imaginario colectivo, pero una nueva investigación publicada este miércoles en la revista Nature, abrigo de la mejor ciencia mundial, matiza un poco este concepto y abre una ventana al optimismo. El estudio revela que, si bien esta dolencia es más prevalente ahora que a finales del siglo XX, en los últimos años, su ritmo de crecimiento ha echado el freno o incluso se ha revertido en las regiones más favorecidas del planeta. Donde sigue disparada es en los países más pobres.
El hallazgo de una trayectoria diversa de la obesidad en el mundo arroja una chispa de esperanza ante esta amenaza global. “Esto ofrece una perspectiva más optimista de que se están logrando avances y cuestiona la visión ampliamente aceptada de que estamos experimentando una epidemia mundial de obesidad, lo cual podría simplificar en exceso la diversidad de la situación en los diferentes países”, sostiene Majid Ezzati, investigador del Imperial College de Londres y autor del estudio, en un comunicado. Los científicos defienden que la tendencia a la obesidad “no es inevitable” y achacan el freno de la epidemia en los países ricos a una mezcolanza de factores sociales, económicos y tecnológicos que influyen en el acceso a diferentes alimentos. Sobre la aparición de los revolucionarios fármacos antiobesidad, como el Ozempic, los autores creen que son demasiado nuevos como para haber influido ya en las tendencias, pero asumen que desempeñarán un papel importante en la evolución futura de la prevalencia de obesidad.
Según esta investigación, que analizó los datos de 232 millones de personas en 200 países entre 1980 y 2024, los niveles de obesidad han transitado por el mundo a varias velocidades durante los últimos 45 años. En los ochenta empezó a crecer la prevalencia de esta dolencia en los países ricos y se extendió por todo el globo, sí, pero a distinto ritmo e intensidad, dibujando caminos muy heterogéneos.
Antes del nuevo milenio, por ejemplo, fue subiendo la prevalencia en niños en países de altos ingresos, pero esa tendencia se ha ralentizado, parado e, incluso, revertido desde entonces. Dinamarca fue la primera nación en echar el freno a principios de los noventa; la siguieron Islandia, Suiza, Bélgica y Alemania. Y para mediados de los 2000, ya se había estancado el crecimiento de la obesidad en menores en buena parte de los países ricos. Solo Australia, Finlandia y Suecia experimentaron aumentos sostenidos y persistentes en sus niveles de obesidad infantil.
Las mejoras en los países de altos ingresos se percibieron primero en los niños y alrededor de una década después en los adultos. Antes en mujeres y después en hombres. Los autores destacan que, para 2024, en algunos países, como en España e Italia, la velocidad de expansión de la obesidad adulta se había vuelto negativa, lo que significa que la dolencia estaba disminuyendo.
Para Albert Goday, endocrinólogo del Hospital del Mar, esta investigación supone “un poco de luz al final del túnel de la pandemia de obesidad”, pero ese rayo de esperanza no puede hacer bajar la guardia, apostilla: “Se ve que aquel aumento sin parar de la obesidad se ha atenuado en algunas regiones. Ahora bien, ¿nos podemos relajar porque la epidemia está contenida? No. Si la lectura fuese esa, vamos mal… Seguimos con una prevalencia muy alta”, avisa el experto. Según el Ministerio de Sanidad, en España, el 15% de los adultos y el 7% de los menores tienen obesidad.
El estudio de Nature hace hincapié en que, incluso dentro de esas tendencias decrecientes de la obesidad, los países ricos han echado el freno en niveles muy diferentes. La estabilización o reversión en Europa Occidental y Japón fue con prevalencias de entre el 4% y el 15% en menores y del 11% al 23% en adultos. En cambio, en países ricos de habla inglesa, como Estados Unidos y Nueva Zelanda, se estabilizó en umbrales mucho más altos, cuando la obesidad en adultos alcanzaba entre el 25% y el 43% de la población y en niños era de entre el 7% y el 23%.
Esa fase de meseta o reversión en el ritmo de crecimiento de la obesidad fue mayoritaria en los países ricos, pero tampoco fue total: el estudio refleja que en ambos sexos en Finlandia y entre las mujeres noruegas y belgas, el aumento de la prevalencia de obesidad no ha cesado en estos 45 años.
Brecha de desigualdad
La investigación ilustra, con todo, un inmenso agujero de desigualdad que no para de crecer. Así, a pesar de las buenas nuevas en los países ricos, en las regiones más empobrecidas la obesidad ha ido en aumento a lo largo de los últimos 45 años. De hecho, en 2024, la velocidad de expansión de esta dolencia fue mayor que nunca entre las mujeres de 84 países y entre los hombres de 109, y casi todos pertenecían a territorios de ingresos medios o bajos.
Dice Camille Lassale, investigadora de ISGlobal, que este estudio cristaliza “la transición epidemiológica” que está experimentando el globo. “Ahora, países de renta media y baja empiezan a tener problemas de países ricos”, cuenta. Y esto está muy ligado a la globalización y a los cambios en los modos de vida para occidentalizar cada vez más las costumbres, desde la alimentación a la forma de moverse.
También en los países pobres, esos aumentos acelerados de la obesidad se producen en contextos muy diversos y con prevalencias de base heterogéneas. Así, en 2024, los niveles de obesidad en países de África Oriental, como Etiopía o Ruanda, estaban por debajo del 5%, mientras que en zonas de Europa Central, como Rumanía, o en América Latina, se alcanzaban prevalencias de entre el 30% y el 40%. En todos ellos aumentaba la obesidad, pero la situación de partida era muy diferente.
Los autores exponen que las tradicionales explicaciones al aumento de la obesidad —la disponibilidad de ciertos alimentos, la actividad física en el trabajo, el ocio o la urbanización— “pueden ser relevantes, pero por sí solos no explican las heterogeneidades detectadas”. Y apuntan también al peso de otros factores sociales, económicos y políticos, así como a aspectos culturales y a normas sociales (la percepción de la imagen corporal o la discrepancia entre el peso ideal, el real y el percibido). Los autores recuerdan, además, que los niveles y la distribución de los ingresos y la educación afectan a las elecciones alimentarias y a la participación en deportes.
La influencia de los fármacos antiobesidad, como Ozempic, se presume limitada o nula en este análisis, que llega hasta 2024, cuando el acceso a estos tratamientos era todavía muy acotado. Ahora bien, de cara al futuro, los autores sostienen que estos medicamentos “ofrecen una vía adicional para abordar la obesidad, pero sus costes, altamente variables entre los proveedores públicos y privados, representan actualmente un obstáculo para aumentar su cobertura y pueden incrementar las desigualdades”.
En un comentario adjunto, Boyd Swinburn, profesor de Nutrición Poblacional y Salud Global en la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), reflexiona sobre los factores que construyen esa “fuerza obesogénica aparentemente imparable” que ha sacudido al mundo y se agarra también a la teoría de la “transición de la obesidad” para explicar los patrones dinámicos en la prevalencia: según esta tesis, en una primera etapa, subpoblaciones femeninas, ricas y urbanas experimentan un auge de la obesidad; en la segunda fase, sigue creciendo la prevalencia entre hombres y niños de clase alta; en el tercer estadio, el gradiente socioeconómico se invierte y la obesidad se vuelve más común en los grupos de menores ingresos, especialmente en las mujeres; al alcanzar la cuarta etapa, la prevalencia cae en niños y mujeres ricos.
“El trabajo muestra que la última etapa, la descendente, de la trayectoria epidémica podría estar comenzando en algunos países de altos ingresos, como Francia, Portugal e Italia. No debería sorprender que estos países europeos tengan fuertes culturas gastronómicas tradicionales, lo que significa que no están tan saturados de alimentos ultraprocesados como los países de habla inglesa de altos ingresos, donde los alimentos ultraprocesados representan aproximadamente la mitad de la ingesta energética diaria», reflexiona Swinburn.










