Apagones constantes, paralización del transporte por falta de combustible, escasez de alimentos y medicinas, éxodo masivo, pérdida de su mayor aliado y amenaza directa de su adversario histórico. Es Cuba en el año 67 de la Revolución. Desde afuera pareciera que el gobierno de La Habana caerá en cualquier momento, pero el régimen creado por Fidel Castro ha sobrevivido a muchas crisis. Su muerte se ha anunciado innumerables veces, pero ese final nunca ha llegado.
El historiador Alejandro de la Fuente, catedrático de estudios afrolatinoamericanos y director del Programa de Cuba en el Centro Rockefeller de Estudios Latinoamericanos de Harvard, ha dedicado su obra a desentrañar la densa historia de la esclavitud, la raza y el racismo en la isla, así como a desmontar el mito de la democracia racial en América Latina. Autor de libros clave como Una nación para todos, combina el rigor académico y la curaduría de arte con una intervención pública sostenida sobre las desigualdades que atraviesan a Cuba, en particular las que afectan a las poblaciones afrodescendientes. Pero hay también una dimensión personal que atraviesa su mirada y lo vuelve una voz pública: la de un cubano en la diáspora que sigue el deterioro del país con una mezcla de distancia analítica y urgencia íntima.
Pregunta. ¿El colapso que vemos hoy en Cuba es ya definitivo o el régimen puede todavía sostenerse? ¿Y cuándo fue el quiebre, el momento en que esto dejó de ser una crisis manejable?
Respuesta. El colapso no empezó con la orden ejecutiva de Trump de enero de este año. Esa orden agudiza un proceso que venía ocurriendo ya. Mi impresión es que ese colapso comienza quizás por el 2020 o 2021. En los últimos cinco o seis años el gobierno cubano ha sido incapaz de enfrentar los retos de la nación y, ante esa realidad, lo que ha hecho es reprimir.
Quizás hay un momento de inflexión muy claro con las protestas de julio de 2021 y la ola de represión que las siguió. La famosa frase de Díaz-Canel —“la orden de combate está dada”— en un momento que podía haber sido utilizado para generar un diálogo nacional. Esa fue una oportunidad perdida. Pero las manifestaciones del 2021 son también un punto culminante de procesos anteriores: el Movimiento San Isidro desde el 2018, que nació contra el Decreto 349, una mordaza institucional a la creación artística. Si uno lee su manifiesto, al centro hay una sola demanda: diálogo. El gobierno cubano enfrentó esas peticiones con tropas, con represión.
Cuba nunca se recupera después de la pandemia. El turismo cae en picado. El demógrafo Albizu Campos plantea que Cuba ha perdido cerca de un 15% o 20% de su población. Si un país pierde un 20% de su población sin que exista de por medio una guerra, eso califica como colapso, y eso precede a toda la crisis coyuntural de ahora.
P. ¿No fue también un parteaguas la visita de Obama en 2016?
R. Ahí está la incompetencia imperdonable del régimen —y fíjate que no hablo de ideología, hablo de incompetencia—. Obama llega con una agenda de apertura. Es una figura enormemente popular en Cuba. La transformación que tiene La Habana en esos meses es inmensa: empresarios locales con sus familiares cubanoamericanos empiezan a invertir y a desarrollar negocios en anticipación al acercamiento con el mercado americano.
El propio marzo en que visita Obama, Fidel Castro publica El hermano Obama, en el que vuelve a hablar de imperialismo y restablece una retórica de guerra. Un mes después, el canciller Bruno Rodríguez describe la visita como un ataque a los valores de Cuba. Meses más tarde, Raúl Castro se refiere a los Estados Unidos como el enemigo. La institucionalidad cubana reacciona con terror, porque no sabe lidiar con los Estados Unidos desde una dinámica que no sea la de confrontación.
Ahí se pierde una oportunidad monumental. Después de tantas décadas de denunciar el bloqueo, viene el presidente americano y esa oportunidad se deja ir. Los cubanos tratan de rectificar a última hora, pero ya había ganado Trump y era muy tarde. Imagina que el nuevo presidente electo se hubiera encontrado con ese acercamiento ya hecho. Hubiera sido mucho más difícil desmontar.
P. El régimen sigue culpando al imperialismo. ¿Esta retórica no ha cambiado? ¿Cómo reacciona el gobierno cubano a la amenaza que le plantea Trump?
R. Si uno atiende a la retórica, está funcionando con la misma lógica que lo llevó a este colapso. Hace menos de una semana, el vicecanciller Fernández de Cossío, en Meet the Press, ante una pregunta sobre los presos políticos, dijo que ese no era un tema sobre el que Cuba estuviera dispuesta a conversar. Pero ahí está el error: el tema de los presos no es un tema americano, es un tema de la nación cubana. Los que participaron en las protestas del 2021 siguen presos. La retórica se mantiene como si nada hubiera cambiado, lo cual es fantástico, porque la situación cambió mucho y tienen, como tú dices, una pistola en la cabeza. Al mismo tiempo, el vicecanciller no negó que existieran otras conversaciones.
P. Se han confirmado conversaciones con miembros de la familia Castro.
R. Conversaciones ha habido, por otros canales, lo cual dice mucho de cómo funciona el poder en Cuba y dónde están los polos de poder verdadero. Esas conversaciones no están siendo encausadas a través del presidente Díaz-Canel ni del Ministerio de Relaciones Exteriores, sino por otras estructuras.
P. Lo que ha transpirado es que son descendientes de Raúl Castro los que están a cargo de estas negociaciones.
R. Es, en realidad, una conversación con el conglomerado Gaesa, que es el poder real en Cuba. La administración Trump está, en ese sentido, hablando con la gente correcta: los que tienen el poder de decisión, un conglomerado empresarial y militar. Y un grupo empresarial tiene un objetivo central: ganar dinero y mantener el flujo de recursos. Por lo tanto, puede conversar con cualquiera sobre cualquier cosa, siempre que sus intereses sean protegidos.
P. ¿Entonces lo ves desde un punto de vista transaccional, parecido a lo que pasó en Venezuela, donde mediante un ataque espectacular pero limitado, una biopsia, se extrajo a Maduro, pero se dejó intacto el resto del sistema?
R. Ni siquiera estoy seguro de que la célula cubana sea tan importante como la venezolana. La biopsia aquí sería incluso menor. Si Estados Unidos acepta que su demanda de cambio puede ser satisfecha con el reemplazo de Díaz-Canel, creo que lo vamos a ver. Y también creo que eso no va a cambiar nada dentro de Cuba.
El reemplazo de Díaz-Canel, más allá de darle una victoria simbólica a la administración americana, implicará que algo más tendrá que pasar, porque la comunidad cubanoamericana del sur de la Florida está demandando cambios mayores. Y si se produce un cambio, por menor que sea, bajo presión estadounidense, eso tiene otras implicaciones que quizás todavía no podemos leer. La gente va a ver que los americanos llegan y fuerzan el reemplazo del presidente de Cuba. En ese contraste veo la posibilidad de un resquebrajamiento mayor en un régimen que hoy cuenta con muy poca legitimidad, no solo por razones políticas, sino por su incompetencia para generar el bienestar de la nación.
P. Hablas de incompetencia por encima de lo ideológico. ¿Pero el proyecto revolucionario, como propuesta de funcionamiento de la sociedad, no pareciera que en la práctica no funcionó?
R. El proyecto revolucionario cubano tiene 70 años. En su momento histórico generó oportunidades importantes de bienestar social. Pero esas oportunidades se agotaron hace muchos años. El barco hizo agua en los noventa, con el período especial. Es solo por el rescate financiero del chavismo que ese proyecto logra rearticularse. Bajo Fidel Castro, en los noventa se produce una apertura, y esa apertura comienza a cerrarse cuando empieza a llegar el subsidio venezolano, porque eso le permite consolidar el poder. En ausencia del petróleo y el apoyo del chavismo, el camino de Cuba hubiera sido ya muy diferente.
P. Entonces el subsidio chavista le compró una sobrevida a la Revolución cubana.
R. Le compró un cuarto de siglo. Y si hubiera que sintetizar el genio político de Fidel Castro, sería que logró un nuevo subsidio. Una vez que perdió el soviético, logró rearticular el mismo modelo de dependencia económica, esta vez desde Venezuela, de la mano de Hugo Chávez. Estamos hablando de un modelo que siempre depende de inyecciones financieras sostenidas y externas, a niveles faraónicos, probablemente inéditos en la historia de la humanidad en términos per cápita. Un diseño siempre muy vulnerable a cambios en la situación externa, como se demostró con la caída de la Unión Soviética.
P. Volviendo a la idea de que Cuba ha sufrido en los últimos años la pérdida de quizás 20% de su población —más de un millón de personas—, una fuga civilizatoria, ¿qué efecto tiene eso para la Cuba que podría venir?
R. La gente que se va tiene un perfil sociodemográfico muy específico: gente joven, mujeres en edad reproductiva. Al salir esa gente no solo salen personas, sale talento. Cuba es un país que ha estado desangrando talento durante 70 años, desde el principio mismo de la revolución. Ese talento pudo haber sido movilizado para el futuro de Cuba. Movilizarlo implica exactamente el tipo de diálogo que pedía el Movimiento San Isidro.
La otra cara es un país envejecido e improductivo: una pirámide poblacional cada vez más envejecida y una base productiva cada vez más ineficiente. Eso es una bomba de tiempo. Lo único que ha disfrazado esa realidad son las remesas, el flujo de dinero desde afuera.
P. ¿Hay una sociedad civil que pueda responder a este momento? Porque no se ve una organización política interna, no se ve liderazgo, como sí lo hay en Venezuela.
R. Los movimientos sociales en Cuba han sido diezmados. He estado muy cerca durante muchos años de los movimientos sociales afrodescendientes. El último salvo de esos movimientos es San Isidro, que puede inscribirse en esa historia. Y esos movimientos han sido destruidos. Quizás lo más dramático de la situación actual es que Cuba nunca estuvo tan débil, no solo en el sentido geopolítico, sino en el sentido de su tejido social. El país ha sido colocado de rodillas hasta el punto de que el proyecto mismo de nación está en peligro. Estamos de vuelta en 1898. Y esa es la gran responsabilidad histórica de esta gente: colocaron al país en la posición más débil posible para reencontrarse con Teddy Roosevelt, ahora en este contexto.
P. Trump huele sangre y ataca. Habla de presión máxima sobre Cuba. Como historiador que ha visto el costo social de las sanciones, ¿qué te parece la posición de la administración Trump?
R. Ojalá fuera evitable esta pregunta. A mí me parece éticamente insostenible, porque cuando se habla de presionar a Cuba de lo que se habla en realidad es de presionar a los cubanos. Cuba es una entelequia. De lo que estamos hablando es de asegurarse de que la gente no puede ir a la escuela, de que los hospitales no funcionan. Hay una dimensión humanitaria que los que apoyan esta política deberían considerar, porque las consecuencias tienen nombres y apellidos y son devastadoras, especialmente para los sectores más vulnerables.
Hace dos semanas, en Harvard, tuve una conversación por videoconferencia con empresarios del sector privado cubano —supuestamente los beneficiarios de esta política— y todos comentan las enormes dificultades para mantener sus negocios. No sé muy bien qué quiere decir cuando el presidente dice “voy a tomar Cuba”. Venezuela puede pagar por eso, tiene los recursos. En el caso cubano, alguien tiene que poner la plata, y no sé quién va a ponerla.
P. Quizás Venezuela.
R. Sería una ironía tragicómica, pero nunca se sabe.
P. ¿Y quién es Trump, como figura histórica para ti?
R. Para mí Trump es la peor versión de los peores Estados Unidos en la historia de Cuba. Es la caricatura perfecta de la voracidad imperial. Y es trágico que Trump logre por la fuerza, por el chantaje, lo que el presidente Obama intentó hacer por la cooperación, por el diálogo sincero. Pero si tuviéramos que entender el agenciamiento de esa tragedia, veríamos que no está en Washington. Esa agencia está en La Habana. Los que han fallado, los que han dejado pasar las oportunidades, están en La Habana. Porque los gobiernos americanos pueden tener la política que quieran. Lo único responsable que puede hacer un gobernante cubano es entender esa realidad y aprovecharla para el bienestar de la nación. En la Cuba republicana, entre 1900 y 1959, con distintos signos políticos, todos tenían que lidiar con eso y llegaban a acuerdos frecuentemente favorables, incluyendo presidentes con agendas nacionalistas, como el presidente [Gerardo] Machado. Eso no comenzó con el 59. La generación del 59 heredó esa habilidad y la desarticuló gracias al subsidio soviético, creando de paso una historiografía caricaturesca, según la cual todos los presidentes anteriores a la revolución eran unos payasos.

P. ¿Crees posible una revuelta protagonizada por quienes el régimen dice representar pero no representa, como las protestas frente al Partido Comunista en Morón?
R. Soy historiador, de manera que evito la futurología. Creo que hay condiciones para que se produzcan explosiones de ese tipo. El Estado todavía mantiene su capacidad represiva, pero la situación es muy tensa. Pero la pregunta es qué viene después. Supongamos que los cubanos, hartos de la falta de electricidad, de agua, de medicinas, salen a la calle. ¿Qué pasa el día siguiente? Una de las posibilidades es una crisis humanitaria cuya válvula de escape es la migración, a 90 millas al norte. Pero en este momento Estados Unidos es tan hostil a los inmigrantes que los cubanos probablemente buscarán otra salida. Y si los mecanismos estatales de represión colapsan, la pregunta sigue siendo: ¿qué viene después?
P. ¿Qué debería venir?
R. Los actores que pudieran liderar eso no son fácilmente identificables. Hay distintos grupos del exilio que se han estado tratando de posicionar, pero están fuera de Cuba y tendrían que tener el beneplácito de Washington. El hecho de que no podamos responder esa pregunta es parte de la tragedia. No hay una María Corina Machado en Cuba. Todas esas figuras han sido apagadas, encarceladas, exportadas, o son muy poco conocidas dentro de Cuba, porque el control de la información fue férreo hasta muy recientemente.
P. ¿El castrismo como proyecto histórico está muerto ideológicamente?
R. Hay un aparato de seguridad vastísimo que es la parte fundamental de la respuesta a esa pregunta. El castrismo de 1961 no es el castrismo de 1978, pero ese aparato terminó siendo parte de su ADN. Es un aparato cuyo único propósito es fabricar enemigos para destruirlos. Eso ha estado al centro de la sostenibilidad de ese grupo de poder.
P. ¿Es posible un arreglo entre la Casa Blanca y el Palacio de la Revolución con cambios económicos pero con una versión reciclada del castrismo en el poder?
R. A eso es a lo que están apuntando. Sería un Obama 2.0, más o menos lo que Obama intentó hacer hace diez años, esta vez de mano de las cañoneras americanas.
P. Y eso conecta con el temor que expresó Ricardo Zúñiga, parte del equipo de Obama, en la crónica reciente de Jon Lee Anderson en The New Yorker: que lo que más se teme es una negociación en la que haya un cambio, pero quede el aparato actual a cargo, un proceso parecido al de Rusia, en el cual los oligarcas se adueñan de los bienes del Estado.
R. No es improbable que ya estemos en ese camino. Uno de los grandes misterios de Cuba de los últimos años es que una parte grande del presupuesto nacional se ha dedicado a construir hoteles, a pesar de que el turismo caía. La pregunta que mucha gente lleva años haciendo es: ¿para qué tantos hoteles y quién se va a quedar con ellos? Gaesa no muestra sus cuentas, no está bajo el control de la Contraloría General de la República. Lo que pasa con esa plata no se sabe.
P. ¿Es posible una salida negociada, o Cuba tendrá que seguir hundiéndose antes de que algo cambie?
R. Yo tengo una fe enorme en la capacidad de los cubanos. Los de afuera mantienen a los de adentro; los de adentro llevan los negocios de los de afuera. Los cubanos han ido reconstituyendo tejidos que no son muy visibles, que han crecido y florecido a la sombra del poder. Hay empresarios que hablan de salarios dignos para sus empleados. Un grupo empresarial joven, dinámico, comprometido con un proyecto de nación en el que independencia y bienestar no están reñidos. Lo que no tienen son espacios institucionales. Llevo años, desde nuestro programa de Cuba en Harvard, conversando con esos empresarios, con los movimientos sociales, tratando de crear puentes con sectores financieros, porque ahí veo gente que puede ayudar a una reconstitución cubana. La cuestión es crear espacios de encuentro y coordinación para que la mejor versión de Cuba sea viable.
P. ¿Cuál es esa mejor versión?
R. Una Cuba socialdemócrata y próspera. Una Cuba donde la democracia no se hace a expensas del bienestar social, sino a partir de él. En Cuba, se avanzó mucho en materia de bienestar y desgraciadamente esos avances están tan ligados a la retórica ideológica del sistema que casi se volvieron sacrificables. Eso me parece una tragedia total.
P. ¿Cómo haces entonces con el vecino? Este imperialismo trumpista es extractivista, rapaz en su lógica.
R. Esa lógica colapsa en Cuba. No hay mucho que extraer. Y yo cuento con el attention span de Trump, que es muy limitado. Pero más allá de eso: los Estados Unidos no pueden ser reducidos a esta coyuntura. Obama también es parte de la historia de Estados Unidos. Hay otros Estados Unidos con intereses financieros y comerciales que no son totalmente incompatibles con lo que muchos cubanos quieren. No tiene que ser la versión más extractivista.
P. Trump ha dicho que Cuba es una amenaza a la seguridad nacional. ¿Qué te parece ese argumento?
R. Es imposible ligar a Díaz-Canel con el tráfico de drogas, que es lo primero que se menciona en la orden ejecutiva de enero respecto a Venezuela. Eso no se puede argumentar con Cuba. Entonces hay que crear la fantasía de que una isla postrada y colapsada representa una amenaza para los Estados Unidos. En el terreno de las fantasías imperiales, eso compite con convertir a Canadá en un estado de la Unión o anexar Groenlandia. No tiene seriedad.








