Alfredo Bryce: dándole pena a la tristeza | Cultura

Alfredo Bryce: dándole pena a la tristeza | Cultura

Lo conocí gracias a un profesor de Literatura de secundaria, que tuvo la buena idea de darnos a leer los cuentos de Huerto cerrado y La felicidad ja, ja, y nunca más dejé de leerlo. Lo hice de manera intensa, febril, durante los años de universidad, llorando de risa con los enredos de Julius, Martín Romaña, Octavia de Cádiz o Pedro Balbuena, personajes tan reales, que me enseñaron tanto y con quienes entablé una relación de complicidad tan estrecha que, muchos años después, cuando por fin conocí a Alfredo Bryce Echenique, sentía que llevábamos tiempo siendo amigos.

Recuerdo que ese día lo entrevisté en el programa que conducía en la televisión peruana y, a la salida, nos fuimos a comer. Era viernes y, como el domingo eran las elecciones generales, estaba vigente la ley seca. En cuanto nos sentamos, Bryce pidió un par de vodkas con agua tónica, que la camarera se negó a traer. En lugar de resignarse, él porfió, inventándose una modificación de las normas electorales que permitía el consumo de alcohol hasta esa medianoche. La camarera anotó el pedido, nos prometió que vería qué podía hacer y volvió al rato, con aire derrotado, trayendo una bandeja con dos tazas de loza blanca. “Su té, caballeros”, nos dijo mientras las dejaba sobre la mesa. Alfredo recogió la suya con absoluta naturalidad y, citando el título de su libro más reciente, la entrechocó con la mía diciendo: “Dos señoras conversan. Salud”.

Esta actitud frente a la vida convirtió Bryce en el protagonista de una infinidad de anécdotas que sus amigos solían recordar, y que luego él se encargaba de reinventar y exagerar hasta extremos surrealistas. Fue también la que le permitió ser ese ventarrón que despeinó a la literatura hispanoamericana, prefiriendo el desparpajo, el juego y la irreverencia a la solemnidad y el aplomo del omnipresente compromiso sartreano.

Para esto, empleaba una herramienta que por momentos parecía proscrita y que, en sus manos, podía provenir de la nostalgia, la resignación o la derrota, y servía para amortiguar la pena, superar los reveses, burlarse del pesimismo y enfrentar al mundo: el humor. Las novelas de Bryce son permanentes fluctuaciones del ánimo que nos llevan de la carcajada a la melancolía, al suspiro, a la resignación, y que, gracia a ese recurso, pueden decir las verdades más amargas y lanzar las críticas más feroces.

Era, además, dueño de un estilo torrencial, atropellado, ameno, que suma digresiones, juegos verbales e interjecciones, tan cercano a la oralidad que parece escrito con ligereza. El propio Bryce bromeaba diciendo que se lo habían contagiado los narradores de fútbol que escuchaba en la radio peruana de su infancia («Avanza Perú, avanza Perú… gol de Brasil»), aunque, cuando se sinceraba, confesaba que, en realidad, como suele ocurrir, era un trabajador minucioso de la palabra, que conseguía ese efecto de manera consciente, gracias a su disciplina y su conocimiento del oficio.

Entre los muchos temas que abarca su obra, dos sobresalen. El primero es la amistad, que en sus novelas y relatos es elevada por encima de emociones en apariencia más intensas, como el amor o el odio, y puede estar marcada por la tragedia, el prejuicio o la desmesura, pero es irrompible y decisiva. La otra es la nostalgia, ese territorio perdido de la infancia o la juventud, habitado por seres desaparecidos, adonde solo se puede volver en sueños. Como decía el propio Bryce: “La patria de uno son unos cuantos amigos y unos cuantos paisajes inolvidables”.

Es justamente a este territorio adonde ahora se ha marchado Alfredo Bryce. Aunque había asumido un perfil bajo que se agudizó en los últimos años, en los que la enfermedad, el cansancio y el temblor de manos lo hicieron renunciar a la literatura, no dudo que su legión de entregados lectores y amigos fieles lo ha tenido muy presente, leyendo y releyendo sus novelas y recordando las más disparatadas anécdotas de ese eterno joven travieso que fue. Como todo gran fabulador, Bryce transformó a su antojo la realidad de la que extrajo su materia prima, ayudando a moldear el mundo que conocemos. Las calles de San Isidro, de Miraflores, de París, del centro de Lima parecen más tristes hoy, que no tienen quién las cuente.

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