En 1998, la socióloga australiana Judy Singer -ella misma autista- acuñó el término neurodiversidad para proponer algo que sonaba simple pero que resultó explosivo, al afirmar que la variación neurológica humana es un hecho biológico natural, no una colección de defectos que se debe corregir.
La idea se propagó más allá de los círculos académicos, fue adoptada por comunidades de personas autistas y con déficit de atención (TDAH), llegó a los medios de comunicación y entró en la práctica clínica y en las políticas de recursos humanos de algunas empresas tecnológicas. En dos décadas pasó de neologismo activista a categoría cultural reconocida.
El problema es que ese recorrido fue tan rápido que no se examinó con suficiente rigor qué implica el concepto exactamente. Neurodiversidad es, ante todo, una metáfora ya que toma prestada la lógica de la biodiversidad y la aplica al sistema nervioso humano.
Por tal motivo, el término divergencia neurocognitiva intenta ser más preciso y más neutral por describir perfiles de funcionamiento cerebral que se apartan de manera consistente y significativa del promedio en dimensiones como la atención, el procesamiento sensorial, el lenguaje, la conciencia social y la función ejecutiva.
Por lo tanto, no implica ni déficit ni ventaja sino diferencias, con consecuencias funcionales en contextos específicos. Bajo esa categoría se agruparon el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el autismo, la dislexia, la dispraxia, el síndrome de Tourette.
Hablar de divergencia implica que hay algo respecto a lo cual se diverge. Ese punto de referencia –el cerebro típico, la cognición estándar- no existe como entidad biológica. Existe como promedio estadístico y los promedios estadísticos no son tipos naturales.
El cociente intelectual medio no corresponde a ningún cerebro real; la atención media, el procesamiento sensorial medio, la cognición social media tampoco.
Todo cerebro es atípico en alguna dimensión. Por lo tanto, la pregunta válida no es si un individuo diverge sino cuánto, en qué dimensiones, con qué consecuencias.
Esto no invalida el concepto de divergencia, sino que obliga a ser preciso sobre qué significa.
Cuando se habla de un cerebro divergente se habla de un perfil cuya distancia del promedio en ciertas dimensiones es suficientemente grande como para generar fricciones sistemáticas con los entornos estándar, es decir, los diseñados implícitamente para la mayoría.
Esta es una definición operacional útil, pero contiene un problema que raramente se discute con suficiente honestidad, como es que si la divergencia se define en parte por la fricción con entornos específicos, entonces implica que la misma persona puede ser más o menos divergente dependiendo del entorno en que interactúe.
Por ejemplo, una persona autista con hipersensibilidad auditiva será profundamente divergente en una oficina con 40 personas, pero lo será mucho menos en un trabajo remoto con control adecuado sobre el sonido del ambiente.
La divergencia no es solo una propiedad del cerebro; es una propiedad de la relación entre un cerebro y un entorno. Y esa distinción cambia cómo se debe pensar un tratamiento, el apoyo necesario y los recursos educacionales y sanitarios que brinda la sociedad.










