Antonio Cuesta y el arte de devolver memoria al patrimonio de Quito

Antonio Cuesta y el arte de devolver memoria al patrimonio de Quito


En una casa patrimonial construida hace unos 200 años, en pleno Centro Histórico de Quito, trabaja Antonio Cuesta, un restaurador a quien algunos de sus clientes le dicen «doctor» porque cura reliquias, revive imágenes coloniales y devuelve la memoria a piezas que parecían condenadas al olvido.

El restaurador de imágenes coloniales Antonio Cuesta trabaja en su taller, en Quito (Ecuador). EFE/ Juan Francisco Chávez

A sus 58 años, Cuesta comenta que su pasión por la restauración nació en casa, por su padre, un anticuario que coleccionaba piezas antiguas y «cuando venían con sus fallas, nos daba para que restauremos», recuerda al señalar que esa escuela doméstica se convirtió en profesión en la Universidad Tecnológica Equinoccial, donde se graduó como restaurador y museólogo.

Condecoración popular

Aunque no es médico de profesión, sus clientes le han dado ese título: «El doctor porque me curó a mi niñito (figura del niño Jesús), el doctor porque cuidó a mi virgencita», dicen con gratitud, un reconocimiento popular más valioso que cualquier diploma o medalla.

Cuesta diagnostica, trata y cura porque no solo arregla objetos, sino que revive memorias, salva historias y devuelve el señorío a tesoros coloniales, convirtiéndose en guardián de la memoria patrimonial que mantiene viva la historia de un pueblo.

El restaurador de imágenes coloniales Antonio Cuesta trabaja en su taller, en Quito (Ecuador). EFE/ Juan Francisco ChávezEl restaurador de imágenes coloniales Antonio Cuesta trabaja en su taller, en Quito (Ecuador). EFE/ Juan Francisco Chávez

Rodeado de lacas, pinturas, aceites, gafas protectoras y láminas de pan de oro y plata, entre otros elementos, como la foto de su padre, Cuesta asegura que su taller está en el centro histórico «porque es parte de nuestras raíces».

«Siempre me han gustado las casas antiguas, las coloniales, con sus ventanas, porque por el trabajo necesito ventilación», comenta en medio de un ambiente con evidente olor a químico.

«Pacientes» de todos los tamaños

Cuesta trabaja obras de arte de distinto material, aunque la mayoría son de madera, principalmente figuras de arte religioso. La más pequeña fue una de San Antonio, de 10 centímetros, en la que tardó un mes, mientras que le tomó tres meses restaurar en metal la escultura de la Virgen Inmaculada, de cuatro metros de alto.

Aunque hay obras que le ha tomado una hora en restaurar, en otra tardó un año, comenta Cuesta, cuyas obras han viajado a México, EE.UU., Colombia y Perú llevando consigo un pedazo de su alma.

En su taller, figuras sin dedos, sin manos, descoloridas, rotas o raspadas aguardan su turno para «revivir», al igual que un lienzo del siglo XVII, mientras que está a la espera de color una réplica de la Virgen de Caspicara, una de las esculturas más emblemáticas de la Escuela Quiteña del siglo XVIII, creada por el maestro indígena Manuel Chili, conocido como Caspicara.

Una adicción

Padre de cuatro hijos (ninguno de ellos restaurador), Cuesta se siente «realizado» con cada obra entregada: «A uno le da una satisfacción rescatarles, y poderles dar nuevamente la vida».

El restaurador de imágenes coloniales Antonio Cuesta sostiene una pieza antigua en su taller, en Quito (Ecuador). EFE/ Juan Francisco ChávezEl restaurador de imágenes coloniales Antonio Cuesta sostiene una pieza antigua en su taller, en Quito (Ecuador). EFE/ Juan Francisco Chávez

No se visualiza sin su arte, si debiese dejar la restauración, asegura que sería como si le cortaran las extremidades. «Siempre ha sido una parte de mi (…) es una adicción esto».

Asegura que en esta época ha aumentado la demanda de restauraciones, especialmente de figuras religiosas, pues en Ecuador -de población mayoritariamente católica- se ofrecen las misas a las imágenes de Jesús en época de Navidad y hasta enero.

Por ello, también en almacenes o en las calles del centro colonial, patrimonio cultural de la Humanidad por la Unesco, pululan vendedores de ajuares, de todo color y tamaño, para esas figuras.

Cuesta no se limita a la restauración, también las crea. En sus talleres de San Antonio de Ibarra (norte) produce vírgenes y cristos desde cero, a los que luego da color en su taller de Quito para que transmitan belleza y devoción.

Entre réplicas y originales, Cuesta distingue lo auténtico con precisión: los colores pálidos, la textura como porcelana, el matiz colonial que revela siglos de historia. No es devoto de santos, pero sí profundamente espiritual. «Creo en Dios totalmente, y me dejo llevar por la espiritualidad», afirma.

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