El posteo en Instagram parece inocente: una niña de cuatro años con una máscara de unicornio mientras juega frente al espejo. Sin embargo, detrás hay un negocio millonario y una transformación cultural, con empresas de cosméticos que miran a la primera infancia como un nuevo territorio a conquistar y apelan a la excusa del “bienestar” para normalizar consumos innecesarios…
¿Las nuevas generaciones tendrán rutinas de skincare antes de aprender a leer?
La polémica la encendió la actriz estadounidense Shay Mitchell, quien lanzó hace algunos días Rini, una línea de productos para la piel de niños y niñas.
Según contó, la idea surgió luego de intentar quitarle el maquillaje artístico que su hija trajo de un cumpleaños y no saber cómo.
Así nació Rini, una línea de productos “seguros” para pieles de niños con máscaras hidrogel con diseños de unicornios, pandas y perritos con una estética que mezcla ternura, spa y marketing.
Pero la recepción estuvo lejos de ser tierna: se multiplicaron las voces de alarma no sólo de madres y padres, sino también de dermatólogos, pediatras y hasta psicólogos que se preguntaban si no se había cruzado un límite del que sería difícil volver atrás.
Y es que todo parece indicar que la industria de la belleza y el bienestar está muy interesada en extender su influencia también entre los más chicos.
El fenómeno, sin embargo, es más complejo: las redes sociales lograron, en los últimos años, consolidar la idea del cuidado de la piel (o skincare, a secas) ya no como una rutina higiénica o vinculada con la salud sino como un verdadero ritual como identidad propia y, gracias a TikTok e Instagram, un contenido ideal para cosechar likes.
Hoy ya no sorprende ver a influencers mostrando rutinas de ocho, diez o doce pasos, dominando un vocabulario pseudo científico que incluye ácidos, exfoliantes y antioxidantes que parecen querer ocultar que no es más que una performance frente a la cámara.
La recepción no fue tierna: se multiplicaron las voces de alarma no sólo de madres y padres, sino también de dermatólogos, pediatras y psicólogos.
Es posible que muchas niñas vean a sus madres hacerlo, pero ¿cuando las imitan juegan a ser adultas o a ser consumidoras?
Y esta preocupación es indisociable de las imágenes de estética perfecta y hegemónica que pueblan las redes sociales que hace que nos hayamos acostumbrado a caras perfectas, sin poros ni arrugas y donde el supuesto parece ser que todo cuerpo requiere mejora y optimización.
Y, como dicen muchas influencers, “hay que comenzar a trabajar antes de que sea tarde”.
Rini, con su estética tierna para niñas y el lenguaje del bienestar para madres, promete inculcar “hábitos saludables” y productos “seguros” pero no deja de consolidar una estética perfecta en la que la conciencia de la apariencia es clave mientras la presión social se viste de juego.
¿Qué perdemos cuando la infancia empieza a organizarse en torno a rutinas de belleza entre máscaras para niños y cumpleaños con temática de “spa”?
La piel deja de ser piel para convertirse en proyecto y el rostro es una superficie a perfeccionar. Y nuestros hijos e hijas aprenden, pronto, que necesitamos mejorarnos y hacernos tratamientos para parecernos a los demás.










