El pasado 8 de febrero, Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido como Bad Bunny, cantante y compositor puertorriqueño, fue el primer artista latino de la historia en encabezar exclusivamente el show de medio tiempo en el Super Bowl (¿o deberíamos decir ahora Super Tazón?). El espectáculo, en uno de los rituales mediáticos más importantes de la cultura yanqui, fue casi en su totalidad en español.
Un escenario ambientado como un típico pueblo puertorriqueño, una boda en vivo, invitados como Ricky Martin y Lady Gaga, hicieron del show uno de los más vistos en la historia, con una audiencia de 128.2 millones de personas.
En un contexto donde el gobierno de Estados Unidos intensifica deportaciones masivas de inmigrantes latinoamericanos, con detenciones arbitrarias y una violencia creciente, el show de Bad Bunny no pasó desapercibido. Congresistas republicanos conservadores denunciaron falta de decencia en el espectáculo.
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El mismo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sostuvo que el show fue “absolutamente terrible, uno de los peores de la historia” y “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”. “No representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia. Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo y el baile es repugnante”, agregó.
Pero la crítica llegó también desde otros frentes. Muchos en redes estaban listos para desempolvar los libros de Adorno y Guy Debord para denunciar la participación de Bad Bunny en el sistema mainstream. El show no fue más que otra muestra de los engranajes de la sociedad del espectáculo o de la industria cultural.
El gesto de Bad Bunny, aparentemente rebelde, es neutralizado como mera mercancía. Siguiendo a Debord, no parecería haber algo fuera del espectáculo. La resistencia se vuelve una imagen monetizable. El espectáculo no nos organiza colectivamente, sino que nos aísla frente a nuestras pantallas, nos aliena de la propia experiencia. El show del Super Bowl transforma la resistencia en una imagen fácilmente consumible y, por lo tanto, inofensiva.
Pero, ¿qué esperaban que sucediera en el espectáculo de masas más visto de los Estados Unidos? Por supuesto que el Super Bowl no es un espacio puro y ajeno al sistema (¿hace falta aclararlo?), pero a la vez es uno de los escenarios más visibles del mundo.
No hay dudas de que hay grandes intereses detrás, de que los auspiciantes no hubieran permitido este tipo de espectáculo si no les fuera conveniente, de que significó millones de dólares para muchísimas partes. Al fin y al cabo, Bad Bunny es uno de los artistas más taquilleros dentro del sistema, no precisamente un héroe revolucionario.
No me interesa ni defender al fenómeno del Super Bowl, que no veo, ni a la figura de Bad Bunny, que no escucho. Más bien, me llama la atención esta pretensión de pureza para ser críticos. ¿Es que existe un pedestal impoluto desde el cual esgrimir una crítica? ¿Se puede ser críticos dentro de la cultura mainstream? ¿O necesariamente todo lo que salga de una pantalla significará el adormecimiento de las masas?
Volver a Adorno o Debord, ciertamente análisis productivos en otras épocas, simplifica hoy la discusión. Si todo es producto del mercado, una mercancía alienante ante la cual somos totalmente pasivos, entonces no hay lugar para matices. Da lo mismo un show latinoamericano en el Super Bowl o un spot publicitario de cerveza. Todo es parte de la lógica espectacular.
Stuart Hall, Néstor García Canclini o Jesús Martín-Barbero pueden ser alternativas para pensar críticamente el rol de los medios. Por ejemplo, Jesús Martín-Barbero, filósofo y teórico de la comunicación español-colombiano, sostiene que las audiencias masivas no son totalmente pasivas y que el contenido que circula por los grandes medios es un campo de disputa. En De los medios a las mediaciones (1987), diferenciándose de autores como Adorno, que se pregunta qué hacen los medios con nosotros, Martín-Barbero propone dar vuelta la pregunta: ¿qué hacemos nosotros con los medios?
Ahí entra su concepto de mediación. La audiencia media lo que los medios le ofrecen. La familia, el barrio, la identidad cultural son mediaciones que nos permiten resignificar y negociar lo que la industria cultural difunde. Por ejemplo, el cine o la radio en la década del treinta y el cuarenta significó para las masas latinoamericanas sentirse representadas. Más que para escaparse de su realidad, los espectadores iban al cine a verse a sí mismos, ver a alguien que hablara como ellos, que sintiera como ellos. Escuchar música popular en la radio no es solo la mera monetización del entretenimiento, es parte de procesar lo propio.
Debord y Adorno tienen razón, los medios buscan adormecernos y manipularnos. Pero eso no quiere decir que seamos totalmente pasivos a su intento. La imagen que devuelve el cine es resignificada por las masas y mezclada con su realidad. “No hay sólo consuelo, sino también revancha”, dice Martín-Barbero. ¿Revancha de qué? De haber sido invisibilizado por siglos.
¿No hay algo de esa revancha cuando Bad Bunny grita God Bless America? Los trabajadores de la caña de azúcar, la gente jugando al dominó, las mujeres haciéndose las uñas o el puesto de piraguas son todos elementos que hacen una composición única donde los puertorriqueños, pero también los latinoamericanos, se pueden sentir reconocidos. Por ejemplo, muchos vieron en el niño dormido durante el casamiento una típica escena latinoamericana.
La reacción virulenta de Trump demuestra que el gesto de Bad Bunny no fue completamente neutralizado por el sistema. No habría reacción desde la política si se trata de una mercancía inofensiva de la industria cultural. No evitará el accionar de ICE mañana, pero hace visible lo que millones se encuentran viviendo hoy en día. Y por más que los auspiciantesy el mismo Bad Bunny hagan millones en el Super Bowl, no cambia lo que siente ante esas imágenes una madre mexicana en Mineápolis, aterrada de que ICE le toque la puerta.
God Bless America. Una América que no es lo que Trump dice que es o lo que pretende que sea. Si eso se vuelve mainstream, no tengo problema.










