El expresidente de Brasil Jair Messias Bolsonaro, de 70 años, ha empezado este martes a cumplir la condena de 27 años por liderar un intento de golpe de Estado, pero sin moverse un metro del cuarto-celda donde está recluido, en Brasilia. El juez del caso ha decidido, presumiblemente en atención a su edad y a su frágil estado de salud, que permanezca en la principal sede policial de Brasilia, adonde fue trasladado el sábado tras intentar quitarse la tobillera electrónica que vigilaba sus movimientos. El principal dirigente de la derecha brasileña queda, por tanto, recluido en condiciones similares a las dispensadas en 2018 al actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, y elude, por tanto, ser internado en una cárcel de máxima seguridad o en una prisión militar.
El juez del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes, instructor del caso y al que el bolsonarismo considera su peor enemigo, no ha atendido la solicitud de la defensa de que le permitiera cumplir el castigo en prisión domiciliaria. El capitán del Ejército en la reserva padece recurrentes crisis gastrointestinales y de hipo, secuela de una puñalada que sufrió en 2018.
El magistrado le acusa de intentar fugarse el fin de semana pasado. Desde el sábado, Bolsonaro permanece en una habitación de unos 12 metros cuadrados en la Superintendencia de la Policía Federal en la capital. Dispone de una cama, una mesa, televisor y aire acondicionado. Esta mañana le han visitado dos de sus hijos y la víspera lo hizo su esposa, que le cocina platos caseros con los que se alimenta el expresidente, que ha preferido no probar el menú de la Policía Federal para los presidiarios.
La formidable presión del presidente Donald Trump, en forma de amenazas, aranceles y sanciones económicas a los jueces, no han logrado salvar a su aliado y evitar que rindiera cuentas por intentar subvertir el orden constitucional. Las instituciones brasileñas han mostrado enorme firmeza ante las amenazas y agresiones del político más poderoso del mundo. “Es una pena”, respondió el estadounidense el sábado cuando supo, por los periodistas, que el Trump de los trópicos había sido llevado a una comisaría ante la sospecha del juez de que quería refugiarse en la Embajada de EEUU.
Los generales condenados con Bolsonaro por urdir un complot golpista contra Lula también están ya encarcelados, en su caso en dependencias castrenses. Son los primeros militares de alta graduación condenados y encarcelados en la historia de Brasil, salpicada de asonadas exitosas y fracasadas. Otro de los condenados, un comisario de policía que dirigía el espionaje y es diputado, huyó hace semanas a Estados Unidos, a Miami.
En cambio, que un presidente sea encarcelado es más frecuente. Bolsonaro es el tercero tras Lula, cuyas condenas fueron anuladas, y el Fernando Collor de Mello, que cumple condena en su domicilio desde hace unos meses.
La sentencia contra Bolsonaro, adoptada por 4-1, le condenó por cinco delitos: intento de golpe de Estado, intento de abolición democrática del Estado de derecho, liderar una organización criminal, daños a bienes públicos y al patrimonio protegido.
La Fiscalía sostuvo que la trama liderada en 2022 por Bolsonaro para mantenerse en el poder tras perder las elecciones frente a Lula fracasó por la oposición de dos de los tres miembros de la cúpula de las Fuerzas Armadas.
(Noticia en desarrollo).










