Ni siquiera Jorge Luis Borges hubiese imaginado la escena grotesca que presenta nuestra realidad. Ni siquiera él, que el próximo 14 de junio sumará a sus memorias 40 años de haberse ido de este mundo. Vivimos sumergidos en una tragicomedia sin ensayo. La Argentina contemporánea se parece a una versión degradada del célebre cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius: ese mundo fantástico regido por un lenguaje exquisitamente extravagante, pero coherente; el gobierno actual, en cambio, ha renunciado a toda pretensión de coherencia. Y, como toda construcción precaria, intenta sostenerse con violencia y a los gritos.
Borges fue el genio de la metáfora. La metáfora —cuando es buena— ilumina; no oscurece. “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”, escribió. Quizás hoy Borges hubiese adaptado esa extraordinaria frase a Milei: “todos lo vimos desembarcar en la unánime noche argentina… y aun así logró oscurecerla aún más”. Los insultos de Milei son todo lo contrario a la metáfora. La metáfora es sutil, inteligente y estética; la incontinencia del insulto es su negación.
El presidente ha elevado la asociación libre al rango de política de Estado. Sus inquebrantables certezas constituyen una forma curiosa de pensamiento: primero la autoconvicción, después el cinismo disparatado. “Los empresarios que evaden impuestos son héroes”. Es difícil no admirar la proeza conceptual: transformar la evasión en virtud y el delito en épica.
Esto no les gusta a los autoritarios
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Aunque, siendo justos, aquí aparece un dilema casi borgeano: Milei, como otros presidentes, juraba eliminar la corrupción; y, al hacerlo, enfrenta el dilema de cómo convertir un delito en un acto legal. En su lógica torcida, redefine el delito mediante los blanqueos. Los actos corruptos se desvanecen, metafóricamente, en la unánime noche…
Hoy triunfa la estupidez
Desde la Fundación “El Faro”, donde se libra la llamada “batalla cultural”, su pedagogo más brillante, Agustín Laje —autodeclarado intelectual muy formado e inteligente—, para explicar por qué sería peor ser de izquierda que ser homosexual, ha logrado una síntesis memorable: invocando supuestos estudios, sostuvo que una persona homosexual de derecha sería más feliz que una heterosexual de izquierda.
Borges escribió que ‘la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud’ ”
Ahora bien, teniendo en cuenta que Laje es un tipo brillante, cabe la sospecha —casi borgeana— de si no será, después de todo, un infiltrado (brillante) desde la izquierda en la derecha, capaz de formular esa y otras imbecilidades con el único propósito de desprestigiar a la ultraderecha desde adentro.
Quizás otra infiltrada sea Lilia Lemoine, quien logró ser designada secretaria de la Comisión de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Cámara de Diputados. Una terraplanista convertida en autoridad de política científica…Lo que permite imaginar que solo una infiltrada podría exhibir semejante audacia.
Borges desconfiaba de las inteligencias ruidosas y de las convicciones demasiado firmes. Sabía que el pensamiento auténtico tiene algo de vacilación, de pudor. Aquí ocurre lo contrario: cuanto menos se piensa, más se afirma.
De quién hablaba Borges realmente cuando escribió “No nos une el amor sino el espanto»
Lo mismo ocurre con la moral declamada desde los atriles oficiales. Tenemos voceros convertidos en custodios de una ética súbita, casi militante, que aparece con la misma velocidad con la que desaparece cuando la realidad se vuelve incómoda. Borges escribió que “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Difícil encontrar una definición más precisa del tono de época.
Borges nos dejó mundos sutiles
En Historia de la eternidad, habla del eterno retorno. Mientras tanto, en el plano económico, asistimos a una escena conocida: el eterno retorno del carry trade y del dólar barato. Un ministro de Economía que reaparece, como una versión menor del eterno retorno, reciclando sus fracasos. Un modelo que, una y otra vez, se presenta como novedad, como hallazgo, como signo de inteligencia financiera. Borges, que imaginó el tiempo como un laberinto de repeticiones, probablemente sonreiría: no por la sofisticación del mecanismo, sino por la obstinación en creer que esta vez será distinto… incluso cuando Caputo ya sabe que no lo será.
Lo verdaderamente inquietante no es la bizarría de este gobierno ni siquiera su ignorancia. Es la naturalidad con la que ambas se instalan como norma. La facilidad con la que la estupidez se vuelve estilo, la intolerancia carácter y la simplificación, método, al servicio de la injusticia, la discriminación y el interés económico.
En Borges: una disputa con los dilemas irresueltos de su literatura he tratado de tomar las paradojas que el maestro de los mundos ilusorios pero lógicos, dejó abiertos. Ir más allá de sus dilemas y establecer sus consecuencias: un divertimento filosófico-literario. El actual dilema argentino, lejos de ser un divertimento, es un laberinto cruel del que el gobierno no sabe salir… y del que la sociedad deberá encontrar la salida cuando el cinismo, la estupidez y la impostura dejen de imponerse como método.










