Nahuel Podestá y su rival se ubican en el centro del ring circular. Ambos están en cuclillas, con los puños en el suelo. Al grito de “¡hakkeyoi!” los dos luchadores de sumo van con todas sus fuerzas hacia adelante al tachiai, al primer choque, a definir en cuestión de segundos quién logrará sacar al otro del dohyō.
“La salida es clave, es casi un ochenta por ciento de la condición de ganar. Si saliste bien, te acomodaste y pudiste tener la ofensiva, estás en mucha ventaja. Además, es lo que hace tan vistoso al deporte”, dice a Viva.
Muy lejos de Japón, en pleno corazón del Parque Chacabuco, diez luchadores de sumo siguen a la sensei Hiyori Kon. Todos están en cuclillas rodeando el ring (o dohyō), mueven las manos como si las lavaran cerca del suelo, aplauden y, finalmente, levantan los brazos al aire.
“Se llama chirichōzu, se hace antes de los combates y tiene tres significados. El lavado de las manos como señal de respeto a los oponentes; con el aplauso le avisamos a los dioses del sumo que empieza la lucha; y abrimos las manos para mostrar que no llevamos armas”, explica en un castellano rústico pero claro la subcampeona mundial de sumo.
Aunque la primera imagen que se viene a la cabeza al momento de pensar en un luchador de sumo (también llamados Sumotori) es la de un hombre enorme y semidesnudo, en el tatami porteño se disponen a practicar este deporte varones y mujeres adultos de distintas edades, bajos, altos, imponentes, menudos. Visten remeras, pantalones cortos o calzas sobre los que se ponen una especie de cinturón, la prenda que distingue a los Sumotori: el mawashi.
Después de estirar, los alumnos hacen fila y se turnan para cruzar el dohyō con la posición de combate: piernas abiertas, flexionadas, con la cadera baja. Practican el avance, los movimientos de las manos, primero pegadas y con el dorso al frente, como si leyeran un libro; luego con los golpes.
Las reglas del combate son sencillas, explica el sensei Sebastián Videla: gana el que logre sacar a su contrincante del dohyō o derribarlo haciendo que alguna parte del cuerpo (además de las plantas de los pies) toque el suelo.
“El rival va a intentar sacarte de esa postura con caderas bajas para que sea más fácil desequilibrarte. Cuando estás abajo, es más difícil derribarte. El tachiai, el choque inicial, es lo más importante, porque las peleas son cortas y una buena salida es lo que te permite ganar. Una lucha puede durar 7 segundos, no hay tiempo para pensar, tenés que dejar que el cuerpo se entregue ahí, ir con todo para adelante y entrenamos para que los movimientos salgan naturales”, explica Sebastián, que también es secretario de la Asociación de Sumo en Argentina (ASA).
En el sumo, la única dirección posible es hacia adelante. Correrse, gambetear, o “volar como una mariposa” en el ring no es una opción. Porque, apunta Sebastián, aunque se gane el combate, a ese luchador lo van a criticar por haber ganado sin honor.
En la clase, los alumnos practican el tachiai. Uno pone el pecho mientras el otro empuja hacia adelante, después intercambian el rol y surcan el tatami como bólidos.
“Vas de a poco aprendiendo el ángulo de la salida, la fuerza que tenés que hacer, qué buscar en ese milisegundo y cómo hacer para salir a tiempo y ganarle a otro”, describe Nahuel, que practica sumo desde 2021 y representó a Argentina en el Campeonato Sudamericano en 2022, 2023 y 2024, cuando se realizó en Buenos Aires.
Según Sebastián, el objetivo de la ASA en este momento es subir el nivel del sumo argentino, tener más y mejores luchadores y ganar terreno en las competencias. A nivel internacional, la intención es que el sumo se transforme en un deporte olímpico. “Para eso hay muchos requisitos, tiene que haber competencias anuales, categorías por peso y que la actividad sea masculina y femenina”, explica.
Con ese objetivo, agrega, pidieron asistencia a la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) para traer a un docente japonés a la Argentina. Así fue que llegó “Koni”.
Sumo en Parque Chacabuco. Foto: Mariana NedelcuEl tachiai, el choque inicial, es lo más importante, porque las peleas son cortas y una buena salida es lo que te permite ganar.
Sebastián VidelaSensei y secretario de ASA
Little Miss Sumo
Cuando a Hiyori Kon le preguntan qué es lo que más va a extrañar de la Argentina, responde sin dudar: “Las medialunas”.
Rebautizada “Koni” o Constanza por sus pares argentinos, eligió venir al país por dos años para transmitir su conocimiento y motivar a la comunidad nikkei -migrantes japoneses y sus descendientes- a practicar sumo.
“Koni” es luchadora amateur y se consagró como subcampeona en el Mundial de Sumo y doble campeona en el Mundial juvenil. Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad de Kyoto, fue parte del Club de Sumo de la Universidad Ritsumeikan.
El director británico Matt Kayen decidió contar su historia y los obstáculos que tuvo que superar en el documental Little Miss Sumo (2018), que se puede ver por Netflix.
Nacida en 1997 en Ajigasawa, “Koni” empezó a luchar en la escuela, pero cuando quiso desarrollar una carrera como Sumotori se encontró con una barrera: en Japón, el sumo profesional es solo para varones. Tampoco hay categorías por peso -por eso, la importancia de que sean corpulentos- y, en muchos casos, los rikishi (el término para los luchadores profesionales) deben vivir en espacios de entrenamiento conocidos como heya. En los dohyō de religión sintoísta puede estar prohibido el ingreso de mujeres.
La sensei Kon Hiyori, venida desde Japón. Foto: Mariana Nedelcu.“Acá hay mucha pasión, me gusta que en la Argentina hagan sumo, en especial los niños”, dice con una sonrisa amplia que solo se va de su rostro cuando se concentra en un combate o en darle una instrucción a los alumnos.
Antes de viajar tuvo un curso intensivo de castellano de dos semanas que le sirvió como base para poder enseñar y viajar por el país para promover el sumo. “Nosotros quedamos impactados cuando nos enteramos que venía una grosa como ella, ya que sabíamos de antemano quién era”, admite Sebastián.
En la clase, la sensei indica que practiquen el shiko: todos separan las piernas, levantan una bien arriba y, al bajar, dan un pisotón fuerte y repiten con la otra.
Estos dos pasos que se hacen para entrar al dohyō tienen una relación con el sintoísmo y se hacen para ahuyentar a los malos espíritus. En los combates oficiales, también se arroja sal para purificar las energías.
Después del estiramiento, “Koni” ofrece su ayuda para que los alumnos se pongan el mawashi, la vestimenta característica del deporte. La tela, gruesa, áspera, pesa cerca de tres kilos. Primero tiene que pasarse un extremo por la entrepierna, dejando un tramo corto de la tela en el frente.
Luego, se envuelve al menos dos veces alrededor de la cintura y, al final, se engancha el último retazo en la parte de atrás para que quede anudado.
Cuando empecé a practicar sumo me pareció espectacular. Te entregás al choque, que es a todo o nada.
Alumnos participan de una clase Sumo en el Parque Chacabuco. Foto: Mariana Nedelcu.Laberinto en el Parque Chacabuco
Sebastián asegura que muchas personas se contactaron para empezar las clases de sumo, que son los miércoles a las 18 para adultos y los sábados desde las 17. “Incluso nos reconfirmaron que venían, pero jamás llegaron”, se ríe. Y es que para llegar al dohyō hay que seguir un instructivo que sirva de guía en el enorme polideportivo del Parque Chacabuco.
Hay que entrar al parque desde Puán y avenida Eva Perón, seguir derecho hasta el polideportivo que está bajo la autopista, entrar por la puerta que está a la derecha, subir por la primera escalera al primer piso y atravesar otra puerta más. En el rincón de un salón enorme, pegado a las ventanas, está el tatami, sobre el que desenrollaron una alfombra azul cuadrada que tiene dibujada la circunferencia del dohyō, que en los combates reales tiene un borde con relieve llamado tawara.
Al borde de las colchonetas están alineados los calzados de alumnos y docentes. El salón es compartido con un grupo que hace boxeo; de fondo suenan los golpes contra la bolsa y una canción de cumbia que viene de una clase de baile en algún lugar del edificio.
En la pared, al costado del tatami, cuelgan dos retratos: el del sensei Hideki Soma y el del sensei Yoriyuki Yamamoto, ambos fundadores de la ASA. “Eran muy conocidos en el ámbito de artes marciales -recuerda Sebastián-. Ellos nos enseñaron a hacer sumo, pero estaban muy enfocados también en lo que estamos haciendo ahora, que es sumar más luchadores.”
El sumo llegó a la Argentina de la mano de inmigrantes japoneses en la década del treinta que se instalaron en la zona de Burzaco. Al practicarse en un ambiente cerrado, el deporte no se difundió. Recién en 1985 se creó la Asociación Argentina de Sumo y se inauguró el club de Sumo de la Asociación Japonesa en la Argentina (AJA), que dos años después tuvo un dohyō en el Jardín Japonés, que dejó de existir a partir de una reforma en 1997. Argentina, incluso, logró tener dos Sumotori en Japón: Marcelo Imachi, conocido como Hoshi Tango, y José Juares, que obtuvo el apodo de Hoshi Andes.
En 2011, gracias a un programa del Gobierno porteño, Sebastián empezó a dictar clases a niños en el polideportivo de Parque Chacabuco. “Después enganchamos con la colonia de verano y no paramos más. La idea es que fuera en un espacio público y gratuito, como sigue siendo hasta el día de hoy. Cualquiera puede venir”, describe.
Y agrega: “2008 fue un momento de mucha efervescencia porque participamos en el Mundial que se hizo en Estonia y hacía mucho tiempo que no íbamos. También mucha gente vino por una serie que se hizo conocida, El aprendiz de sumo. Y hoy la presencia de ‘Koni’ es muy motivadora, más con el documental. Pero muchos nos buscaban, nos encontraban y algunos no se quedaban porque es un deporte en el que se choca”.
De a poco vas aprendiendo qué buscar en un milisegundo y cómo hacer para salir a tiempo y ganarle a otro.
Posición básica de combate. Foto: Mariana Nedelcu.Del judo al sumo
En la Argentina, el sumo está relacionado a la práctica del judo. Sebastián empezó a luchar en el Soma Yudo Dojo. Había comenzado como una diversión complementaria a sus clases de judo, pero el sumo se convirtió en su pasión. Ambas artes marciales siguen emparentadas hasta el día de hoy en los distintos dojos, ya que tienen como objetivo común derribar al oponente e, incluso, tienen agarres con nombres similares.
Lidia Arias quiso empezar a practicar judo cuando vio a la deportista argentina y campeona mundial Daniela Krukower en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. “Mi cuerpo de ese momento era otro. Yo era una persona totalmente diferente, pero siempre conectaba con las artes marciales porque me gusta Bruce Lee. Cuando la vi a Daniela Krukower dije: ‘Yo quiero hacer eso’”, recuerda.
A sus 28, se anotó en el lugar que le quedaba más cerca, el Club Atlético Lanús, e iba a entrenar tres veces por semana desde su casa en Lomas de Zamora. A pesar de su edad, Lidia logró formar parte del equipo argentino de judo y, en 2016, Sebastián la invitó a integrar en simultáneo el seleccionado de sumo.
Para ella fue “un gran orgullo representar al país”. Con el fin de juntar el dinero para el viaje a Osaka, trabajó durante meses como albañil junto a su padre.
“Siendo grande, es algo que no te esperás. A la edad en la que muchos se retiran, yo recién estaba empezando. Lo sentía imposible, pero la motivación llega de las palabras correctas. Los sueños se pueden cumplir”, dice Lidia y cuenta que el “moño” de esa alegría fue tener a la propia Krukower como entrenadora.
“Cuando empecé a practicar sumo me pareció espectacular, te entregás al choque, es a todo o nada”, asegura con una sonrisa. “Tenés que tener una velocidad increíble y es muy rápido. En un segundo ganás o perdés y ese mismo segundo te queda como aprendizaje para no cometer el mismo error.”
En el polideportivo, muestra cómo es la posición de las manos para empujar a sus adversarios. Con los dedos juntos, poniendo la mano en posición de “cucharita”, Lidia da un empujón suave, firme y certero al hombro que desestabiliza a cualquiera.
Para ejercitarse, asegura, es clave “siempre hacer un poquito más”. Si hay que hacer diez flexiones, sumar cinco más, bancarse la adversidad.
Chicos participan de la clase de sumo. Foto: Mariana Nedelcu.Los chicos también combaten
Jade y Sofía tienen 13 años, son de Moreno, y participan del Encuentro Infantil de Sumo Amateur que se hizo a comienzos de noviembre en la cancha de básquet del polideportivo de Parque Chacabuco. Empezaron por el judo y, después, con el sumo.
“Paula Pareto influyó mucho en que se acercaran niños al judo”, dice la sensei Adriana Castillo, del Dojo India. Sentada en las gradas, vigila a sus siete alumnos que esperan para luchar al costado del dohyō junto a casi cincuenta niños. De la riñonera de la docente cuelga un llavero de un muñeco tejido de ella vestida con judogui que le regalaron por el Día del Profesor de Judo.
“Koni” y Sebastián están entre los organizadores del evento. También está el presidente de la ASA, Gabriel Wakita. “Creo que sensei Soma y sensei Yamamoto nos dejaron un legado, casi sin decirnos. Nos fueron contagiando su pasión por el sumo y, no sabés cómo, un día te pusiste a dar clases y al otro te enganchaste con la Asociación -reflexiona Sebastián-. Queremos que el sumo se difunda, que existan más series, documentales, que la gente se anime a venir.”
En la tribuna, los padres toman mate, filman con sus celulares o le reclaman una falta a los tres jueces vestidos de un blanco impecable al borde del dohyō. La emoción hace que todos griten sorprendidos cuando un nene derrota a un rival más alto. Pelean con cinturones y con remeras que identifican a los alumnos de cada dojo. Y ante cada tachiai hay solo un grito, una instrucción, una dirección: hacia adelante.










