Cocinar para la foto en las redes, una exigencia emocional y digital que ya es un campo de batalla

Cocinar para la foto en las redes, una exigencia emocional y digital que ya es un campo de batalla

Durante siglos, comer fue un acto íntimo y doméstico, casi invisible. Pero en la era de Instagram y Tik-Tok, el plato dejó de ser un momento de nutrición para convertirse en una performance pública en donde cocinar no es sólo para alimentarse sino también para ser vistos.

Entre ayunos intermitentes, dietas que aseguran ser milenarias y recetas virales que se ven bien pero no son ricas, la comida se volvió un campo de batalla emocional y digital.

La panadera británica Ruby Tandoh, quien se volvió famosa en su país al ganar el reality show Bake Off!, acaba de lanzar un libro en donde advierte que nuestra cultura cambió cuando empezamos a comer pensando más en cómo se vería la foto. Así, la cocina, que tenía el potencial de ser un espacio de experimentación y de improvisación amorosa, se volvió un espacio performático.

En su libro Eat Up!, Tandoh habla del famoso pan de masa madre que muchos hicimos por primera vez durante las medidas de aislamiento durante la pandemia causada por el virus del Covid-19. No se trataba solo de probar una receta sino casi una medalla moral y un desafío que había que compartir.

Hacer el famoso pan de masa madre en pandemia era más que probar una receta, era colgarse una medalla moral.

Y cuando hoy estamos acostumbrados a platos “keto”, jugos verdes y recetas con tres ingredientes pero aspecto profesional, estamos hablando como nunca antes de comida pero muy poco del placer.

Las redes, después de todo, nos predisponen a la comparación y transformaron el acto de alimentarse en una competencia infinita por quién come mejor, quién evita los ultraprocesados y quién más logra el plato de moda. Ya no basta con saborear: hay que filmar, editar y compartir cada bocado.

La competencia se corre al terreno moral cuando se trata de las familias: nos acostumbramos a seguir cuentas que nos indican lo malos padres que somos si no le prohibimos los alimentos ultraprocesados a nuestros hijos o si no cocinamos con semillas y alimentos “honestos” para los más chicos, sin tener en cuenta que hacerlo lleva tiempo y dinero, algo que no todas las personas tienen.

Las recetas virales son otro síntoma de cambio en nuestra cultura. Desde la primacía de la Airfryer como el electrodoméstico indispensable (a pesar de que hace cinco años no existía) al aspiracional de tener un “robot de cocina”, los algoritmos dictan qué debemos cocinar y cómo debemos sentirnos al hacerlo. Todo parece accesible, pero detrás del tono casual se esconde una exigencia de perfección.

Entre ayunos intermitentes, dietas que aseguran ser milenarias y recetas virales, la comida se volvió un campo de batalla emocional y digital.

Ruby Tandoh propone volver a la sencillez radical de un pan, una fruta o un sándwich y que cocinar no se sienta rendir un examen sino disfrutar.

“Quiero que ames lo suficiente tu cuerpo como para no alimentarlo con vergüenza”, le dice a sus lectores en el libro.

Después de todo, comer no es una declaración moral ni una estrategia de marketing sino tanto un acto de supervivencia como un espacio de placer y de comunidad en donde no hay “buenas” o “malas” comidas sino cuerpos que necesitan energía y vínculos que se tejen en torno a una mesa.

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