Cecilia, de 34 años, se casó con su primer y único novio. La relación comenzó cuando ella estaba terminando el colegio secundario y él rendía sus primeras materias de la facultad.
“Al principio me ayudaba a estudiar, salíamos a todos lados, se llevaba bien con las parejas de mis amigas… Después del casamiento, hace diez años, todo empezó a cambiar, y cuando me quise dar cuenta, cada vez estaba más sola”, comienza contando la joven.
Y detalla: “Me empezó a insistir para que no trabajara. Me decía que no era necesario y que era mejor que me quedara en casa. Como a mí me gusta cocinar, su discurso iba por ese lado. Podía dedicarme a eso y esperarlo cada día con la comida en la mesa. Tampoco quería salir durante los fines de semana, pero organizaba planes entre los dos cada vez que le decía que mis amigas se querían juntar conmigo”.
Así fue que Cecilia, actualmente divorciada, se encontró de pronto encerrada en una burbuja invisible que sólo compartía con su marido. Y, si insistía, las respuestas iban subiendo de tono. Por eso callaba. “No quería pelear”.
Señales
“Aislamiento social, posesión, control disfrazado de amor”, son justamente red flags que integran lo que Valeria Bedrossian, especialista en terapia de parejas, denomina “Inventario tóxico”.
Se trata de un listado de señales que se repiten entre las personas que pasaron por una relación identificada como nociva.
“Cada historia revela una variante distinta del mismo patrón: minimizar, justificar, ceder ‘para no pelear’, adaptarse (en nombre del amor) y sostener lo insostenible”, explica la experta, quien define las red flags como pequeñas alertas que anticipan un vínculo dañino.
Según Beatriz Goldberg, psicóloga, especialista en crisis individual y de pareja, autora del libro Parejas Tóxicas (Editorial Kier), las red flags comienzan de manera gradual y hay que detenerlas a tiempo. “Yo hablo de situaciones de terapia intensiva o intermedia. Bueno, no empiezan en terapia intensiva las red flags. Uno dice: ‘¿cómo llegué a esto?’, porque hay pequeñas cosas que se dejan pasar”.
La profesional también da ejemplos para detectar estas señales:
* Cuando empieza a haber falta de respeto.
* Cuando el otro decide o habla por uno.
* Cuando se ejerce la violencia verbal o aparecen miradas que descalifican.
“La magnitud de estas red flags va en aumento: no es que empieza de golpe a insultar”, comenta la experta Goldberg.
Así fue el caso de Marcela, una abogada de 41 años que recuerda con lágrimas su última relación.
Según los expertos, las red flags (señales de alarma) pueden aparecer desde los primeros intercambios en una pareja. Aunque no siempre es posible leerlas adecuadamente.
“Cada vez que me llegaba un mensaje me preguntaba de quién era. A veces me sacaba el celular de las manos y los leía. Primero lo hacía a modo de chiste, pero después las risas fueron desapareciendo y le molestaba que los clientes me escribieran para hacerme consultas de sus casos. Ya el último tiempo me gritaba y me decía de todo si me sonaba el teléfono después de las seis de la tarde”.
Según Bedrossian, las red flags suelen aparecer desde los primeros intercambios, aunque no siempre podemos leerlas.
Naturalizar o maquillar las situaciones agrava los cuadros. Foto ilustración: Shutterstock.“Hay señales que no mienten. A veces las vemos, otras no. A veces las sentimos antes de entenderlas. Y otras veces, aunque las sintamos, las dejamos pasar. Las maquillamos para que funcione”, agrega la especialista.
Por eso hace hincapié en que lo verdaderamente transformador no es identificar al otro, sino detectar qué pasa en uno cuando algo nos hace ruido o se vuelve disonante.
“El cuerpo no miente, lo que suele mentir es la narrativa que armamos después para no ver lo que duele”, sostiene. Y plantea: “¿Por qué vemos lo que deseamos y no captamos esos indicios? Es que no vemos con los ojos, vemos con nuestras creencias”.
El riesgo de idealizar
La psicóloga explica que cuando alguien nos gusta, entran en juego sesgos automáticos: idealizamos, completamos espacios en blanco, exageramos lo que encaja y minimizamos lo que incomoda.
“Son mecanismos rápidos e inconscientes que hacen que miremos más lo que deseamos que lo que realmente está pasando”. Por eso, indica que interpretamos señales desde la ilusión, la esperanza o la necesidad, no desde la realidad concreta. Y que miramos lo que podemos tolerar, no necesariamente lo que es. “Lo que negamos, tarde o temprano, se impone”, resume.
Es lo que le sucedió a José María (48), gerente de una empresa de productos alimenticios que hoy puede contar su historia de pareja sin sentirse culpable por la relación que llegó a su fin.
“Cada vez volvía más tarde del trabajo. Si no había nada más para hacer, las buscaba. En ese momento no me daba cuenta, pero algo en mi interior me impedía regresar a mi casa”, relata.
Y agrega: “Todo lo que hacía estaba mal. Desde arreglar un picaporte hasta tender la cama o quedarme con los chicos. Mi ex siempre me remarcaba que era un inútil y que no servía para nada. Ya ni me hablaba, solo me gritaba”.
Con el tiempo, y una vez separado, José María se dio cuenta de que esta situación se dio desde un principio y él, por estar enamorado e idealizarla, no se dio cuenta o simplemente lo dejó pasar.
“Recién ahora noto las alarmas que no quise escuchar”, reflexiona en retrospectiva.
Quedarse paralizado
Por su parte, Goldberg aclara que, hay casos en que se ven las red flags pero es más fuerte el miedo a quedarse solo. “El problema no es detectarlas sino enfrentarlas”, enfatiza la especialista.
Y agrega: “A veces entra en juego el tema económico, por los hijos. Uno pone metas para resolver primero y lo va procrastinando. Además, está el deseo de que el otro cambie”.
Bedrossian habla de dependencia emocional, es decir, apego por esas heridas internas que muchas veces desconocemos, que se transforman en verdaderos puntos ciegos.
“No te quedás porque no ves: te quedás porque algo interno sigue esperando reparación. No es que no veas lo nocivo, es que no podés irte aunque lo veas”, explica.
Sostiene, además, que: “tu sistema de apego interpreta la distancia como amenaza y la falta de validación se vuelve una abstinencia que crea más adhesión al otro. Necesitás que el otro te repare. Esperás una señal, un cierre, una explicación. Esa espera eterniza el desgaste, va drenando la energía vital y aleja a la persona de sí misma, de su propio eje vital”.
¿Cómo actuar ante esta situación? La especialista sugiere, como primera medida, no culparse. Luego, reconocer que hay una parte interna —una herida, un molde afectivo— que necesita sanación. Cuando esa parte se trabaja lo tóxico deja de resultar atractivo y uno ya no se enamora del potencial. “Sanar la herida no solo permite soltar, también devuelve el poder. Y se elige distinto: desde la lucidez, no desde la carencia”.
Cómo actuar
Goldberg asegura que, generalmente, cuando aparece una red flag al poco tiempo surge otra en el horizonte. “Es como un dolor: si no hacés nada, prosigue”.
Por eso aconseja detenerla sin naturalizar ni justificar. Para eso, según la profesional, se puede usar el humor. Dejar en claro que algo nos molestó con una sonrisa.
“Si se siguen repitiendo vamos a tratar de detenerlo dando a entender que uno se da cuenta de lo que el otro hace. Dar vuelta el escritorio”, advierte.
¿Qué hacer si el diálogo no es suficiente? “Buscar ayuda”, responde Goldberg. Y continúa: “Hay que tener una red de contención: amigos, familia, un psicólogo. No aislarse, porque cada vez uno está más solo y menos fuerte”.
Según Bedrossian, la verdadera red flag aparece cuando el cuerpo te pide irse y la mente quedarse. “Ahí, realmente, es donde el trabajo terapéutico hace toda la diferencia”, sintetiza.
Frente a esas situaciones, se aconseja detener la red flag, no naturalizar ni justificar. Para eso se puede usar el humor. Se puede dejar en claro que algo nos molestó con una sonrisa.
Jazmín (28) ya no tenía ganas de nada. Apenas iba a trabajar y su mundo era su novio, con quien convivía desde hacía dos años. Sin embargo, en las reuniones familiares a las que se veía obligada a ir, se mostraba sonriente al igual que su pareja. Puertas adentro, vivía un infierno. Su baja autoestima no le permitía confiar en que iba a poder vivir sola.
Hasta que finalmente se animó a hablar. Acudió a sus hermanas y luego a un psicólogo, quienes la ayudaron a salir adelante.
“No fue nada fácil. Pensaba que mi vida ya era así y que no estaba preparada para cambiarla. Agradezco haber podido pedir ayuda a tiempo”, relata.
La historia de Jazmín es una muestra más de lo que nos recuerda Bedrossian: “Una relación que te achica, te confunde, te desvitaliza o te deja en un estado de alarma —aunque tenga momentos luminosos— no es buena. Nada que disminuya tu potencia es amor”.











