“La popularidad no siempre es una medida de mérito y, en cualquier caso, no es estática. En lo que la gente hace clic –y lo que cree que le gusta– depende en gran medida de lo que tiene a su disposición. Los públicos se crean y se mantienen, no se descubren preformados, como las formaciones rocosas. Es una señal de una imaginación fatalmente limitada asumir que solo podemos desear la miseria con la que actualmente estamos reconciliados. Es normal que, en una declaración lamentable y débil sobre la carnicería, el editor ejecutivo del Washington Post, Matt Murray, refiriera a los suscriptores del periódico no como “lectores”, sino como “consumidores”. Un consumidor es una persona cuyos gustos preexistentes se satisfacen una y otra vez; un lector es alguien a quien se espera cambiar, convencer y sorprender.”
“En su discurso robótico del fin de semana, Bezos explicó su lógica para con los recortes, tal como es. “Cada día, nuestros lectores nos dan una hoja de ruta hacia el éxito”, dijo. “Los datos nos dicen qué es valioso y dónde enfocarnos”. La perspectiva de un periódico que halaga a sus lectores regurgitando lo que ya consultan es familiar y deprimente. Me recuerda al otro producto estrella de Bezos, otro servicio que asestó un golpe desastroso a los libros. En Amazon se ha eliminado la gloriosa incomodidad de curiosear en las estanterías o rebuscar entre montones. Ya no hay necesidad de tomar un libro desconocido por pura curiosidad. Cada libro que recomienda el algoritmo del sitio es similar a uno que ya has comprado. De esta manera, solo encuentras de ti mismo para siempre. Es un mundo en el que el cliente siempre tiene la razón. Pero si no quieres que te demuestren que estás equivocado, si no quieres que te alteren o te antagonicen de maneras que nunca podrías predecir, ¿por qué leerías?”.
Así termina el artículo de Becca Rothfeld publicado el martes pasado en el New Yorker bajo el título “La muerte del mundo del libro”. En este, además, hace un recuento de su carrera como crítica de libros de no ficción en el Washington Post, desde abril de 2023 hasta la ola de despidos ocurrida el pasado 4 de febrero, cuando uno de cada tres empleados (300 de un total de 800) dejaron de pertenecer al prestigioso diario estadounidense. En semejante sangría, desaparecieron tres sectores de información: deportes, la redacción de noticias locales, los suplementos sobre arte y libros (Book World).
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Pero Becca también menciona la crisis del periodismo cultural en otros espacios de información: Associated Press dejó de publicar reseñas de libros en el otoño boreal pasado; mientras el Times Book Review es la última sección de libros en diarios que queda en pie. Así, si el lector estadounidense quiere leer sobre literatura debe recurrir a publicaciones más antiguas y prestigiosas, como London Review of Books y The New York Review of Books. Y para lectores especializados existen revistas de culto como Bookforum y recién llegadas, irreverentes, como The Drift y The Point (esta última editada por Rothfeld, a la que deseamos mucha suerte).
En 2013, el calificado globalmente como tecnobillonario Jeff Bezos adquirió el Washington Post por US$ 250 millones. Excede este espacio analizar el motivo de la crisis en el diario, pero amerita hacer un recuento de las conductas corporativas de Bezos. Por empezar, no es ajeno a la profanación de derechos de autor y de editoriales ocasionado por el uso de libros piratas digitalizados para el aprendizaje de los algoritmos que desarrollan empresas de inteligencia artificial. La semana pasada, en esta página, señalamos que “Microsoft pirateó libros de sitios Torrent utilizando servidores alquilados a Amazon, para evitar un rastreo posterior”. Su imperio comercial se sustenta en una participación aproximada del 10% en Amazon, lo que sostiene un patrimonio neto cercano a los US$ 250 mil millones.
Como accionista, Bezos posee una cartera diversa que incluye a la empresa aeroespacial Blue Origin, donde invirtió más de US$ 8 mil millones en el desarrollo de cohetes reutilizables y una red con 5.408 satélites.
En posesiones inmobiliarias supera los US$ 600 millones, que incluyen una propiedad de US$ 165 millones en Beverly Hills, un Búnker de los Billonarios de Miami valuado en US$ 237 millones y U$S 119 millones como condominios en Manhattan. En activos de lujo cuenta con el megayate Koru, de US$ 500 millones, más una flota de aviones privados por US$ 200 millones.
Pero su presencia en empresas se extiende con operaciones a través de Bezos Expeditions, donde comenzó con una inversión inicial de un millón de dólares en Google y US$ 112 millones en Airbnb. En biotecnología, cofundó Altos Labs aportando US$ 3 mil millones para el rejuvenecimiento celular y con US$ 134 millones en Juno Therapeutics. Participa con US$ 200 millones en Plenty, empresa de agricultura vertical; con US$ 190 millones en EverFi, plataforma educativa y con US$ 10 mil en el Fondo Bezos para la Tierra.
Su inversión más reciente, a fines de noviembre pasado, es el Proyecto Prometheus, startup de inteligencia artificial, con financiación de US$ 6.200 millones. En el mismo rubro, invirtió US$ 100 millones de dólares en Perplexity (hoy valuada en US$ 20 mil millones) y US$ 600 millones en Physical Intelligence. Con otra de sus posesiones, Amazon MGM Studios, destinó US$ 75 millones en un documental más que complaciente sobre la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump.
El boicot de Amazon hacia el ecosistema del libro es cuantioso, de hecho, todo lo impreso que no sea funcional a la lógica comercial de Bezos es prescindible. Eso incluye a la lectura comprensiva y el interés de los lectores.










