La crisis entre el gobierno de Javier Milei e Irán no se desató de un día para el otro. Tampoco fue el resultado automático de una decisión de política exterior. Fue una secuencia que comenzó en junio de 2025. Una construcción en tiempo real que combinó declaraciones públicas, movimientos diplomáticos y una disputa por el sentido de la guerra en Medio Oriente.
El punto de inflexión no fue la expulsión del encargado de negocios de Irán en Argentina, Mohsen Soltani Tehrani, anunciada el jueves 2 de abril. Ni siquiera la decisión de Casa Rosada de declarar a la Guardia Revolucionaria como «organización terrorista», lo que provocó el enojo y el posterior comunicado de Teherán que termina justificando la expulsión del diplomático iraní, un paso previo a la ruptura de relaciones bilaterales.
El quiebre fue anterior: cuando el gobierno de Irán comenzó a responderle públicamente al presidente argentino y por primera vez, desde que el Presidente declarara a Irán como «enemigo de Argentina», durante la guerra de doce días con Israel. Hasta ese momento, la embajada iraní había optado por un perfil bajo en función de la improbable participación de Argentina en el conflicto. Incluso frente a las reiteradas declaraciones del Presidente en relación al país persa.
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La respuesta inicial a los dichos de Milei
Pero en este caso lo hizo directamente en una entrevista exclusiva con PERFIL el pasado 16 de marzo, cuando el mundo comenzaba a sufrir los efectos del cierre del estrecho de Ormuz y el conflicto se regionalizaba con los bombardeos a países del Golfo. Y en ese gesto —inusual para una representación diplomática en un contexto de guerra— introdujo un elemento nuevo en la relación bilateral: la exposición pública de la postura iraní en relación al rol, hasta entonces «insignificante», que jugaba la Argentina alineada en la guerra en Medio Oriente.
Pero con el avance de la guerra, la postura iraní hacia el Cono sur endureció el tono mientras que, en paralelo, el presidente Milei redoblaba la apuesta: volvió a definir a la República Islámica como «enemigo» y sumó otras declaraciones que tensaron la relación bilateral. Habló de los «terroristas de Irán» en la apertura de sesiones parlamentarias y se definió como «el presidente más sionista del mundo», el 10 de marzo en una conferencia universitaria en Nueva York.
En medio de misiles cruzados en Medio Oriente, la respuesta inicial de Teherán al gobierno argentino no fue confrontativa en términos clásicos, sino estratégica. «El apoyo de Milei no tiene relevancia en el curso de esta guerra. Las relaciones ya están en un nivel muy bajo y su postura no modifica la situación», sostuvo Soltani al ser consultado por PERFIL, el único medio que accedió a su testimonio en relación a los dichos del gobierno argentino.
«En la práctica Argentina no tiene capacidad militar ni económica para influir en nuestra región, por lo que su posición no tiene ningún efecto en esta guerra», respondió, en una definición que, más que minimizar a la Argentina, buscaba marcar otra cosa: que el posicionamiento del Gobierno respondía a una lógica política más que estratégica o diplomática.
Pero el movimiento no terminó ahí. En esa misma intervención, la representación iraní introdujo una distinción clave entre el gobierno argentino y su sociedad, y evitó escalar en términos diplomáticos formales. Era, todavía, una respuesta contenida. Una forma de intervenir en el debate sin romper los canales diplomáticos.
En paralelo, en encuentros organizados por las sedes diplomáticas de Japón, Emiratos Árabes Unidos y Francia, que contaron con presencia de todo el arco diplomático, el clima estaba enrarecido y ya se evidenciaba que el delicado equilibrio entre Teherán y Buenos Aires estaba a punto de romperse incluso antes de la guerra.

«Una línea roja imperdonable»
En paralelo a la entrevista de marzo, y casi en simultáneo con su publicación, desde Teherán comenzó a circular un mensaje distinto. Especialmente luego de que el canciller argentino Pablo Quirno deslizara como una posibilidad el envío de apoyo logístico a sus aliados en su cruzada en Irán. Una maniobra que, en caso de ocurrir, marcaría una diferencia sustancial de lo que ocurrió con la guerra en el Golfo, en función de que Irán considera ésta como una «guerra de agresión ilegal» según la carta de la ONU y las negociaciones que se estaban llevando a cabo en la semana previa al 28 de febrero.
Primero en medios oficialistas, como el Teherán Times, donde se habló de una «línea roja imperdonable» y se acusó al gobierno argentino de haberse alineado con Estados Unidos e Israel en medio de la guerra. El duro editorial de «la voz» del gobierno islámico, inaccesible desde Buenos Aires, comenzó a circular por vía diplomática, marcando una diferencia: Teherán ya no era indiferente a las declaraciones del gobierno argentino -hasta entonces «insignificante»- sino que comenzaba a ser leído como partícipe de la guerra.
Poco después, ya en el plano formal, un comunicado de la Cancillería iraní encendió la alarma no solo en Balcarce 50 sino en Washington DC, según constató PERFIL a través de fuentes diplomáticas. En el texto distribuido por vía diplomática —al que accedió PERFIL—, Teherán condenó el «apoyo descarado» del Presidente a la ofensiva liderada por Estados Unidos e Israel, lo calificó como una violación del derecho internacional y advirtió sobre una posible «responsabilidad internacional» de la Argentina, una país históricamente neutral en los conflictos del mundo.
Era la primera vez que de manera oficial el gobierno de Masoud Pezeshkian se pronunciaba de manera oficial sobre la postura del gobierno argentino.
El comunicado marcó un salto cualitativo. Irán no solo cuestionó el discurso del Presidente de manera formal, sino que lo encuadró en términos jurídicos y políticos más amplios. Además, vinculó ese posicionamiento con la política interna del gobierno, al sugerir que buscaba «desviar la atención» de sus problemas domésticos en medio de la reactivación de la causa LIBRA en el Congreso y los nuevos datos del INDEC sobre inflación y desempleo.
Ese texto no circuló solo en Buenos Aires. Según pudo reconstruir PERFIL, fue distribuido a través de canales diplomáticos y replicado en embajadas de la región, en un intento de amplificar la posición iraní y construir una narrativa más allá del vínculo bilateral, en un momento donde todavía el presidente estadounidense, Donald Trump, mantenía una ventaja en el plano comunicacional y militar. En ese punto, la relación dejó de ser un cruce discursivo para convertirse en una disputa de posicionamientos. Y el Gobierno argentino, lejos de retroceder, decidió avanzar.
La decisión del pasado miércoles de declarar a la Guardia Revolucionaria (el cuerpo de élite que responde al líder supremo) como organización terrorista, no fue un gesto aislado sino que coronó una serie de definiciones que la Casa Rosada viene construyendo desde el inicio de la gestión, con un alineamiento explícito con Estados Unidos e Israel. {Pero en este contexto —con la guerra en curso— ese movimiento adquirió otra dimensión.
Para Teherán, fue una confirmación. En un nuevo comunicado difundido el mismo día por la tarde, calificó la medida como un «grave error de cálculo», la definió como «ilegal» y sostuvo que ubicaba a la Argentina «del lado equivocado de la historia».
El segundo mensaje de la cancillería iraní en lo que va del año, nuevamente no quedó en el plano bilateral. Circuló entre embajadas y empezó a ser leído dentro del cuerpo diplomático como una señal de que la Argentina había dejado de ser un actor periférico para convertirse, al menos en términos políticos, en parte del conflicto.
En Uruguay, incluso, su difusión abrió un debate político interno entre diplomáticos y dirigentes. El comunicado iraní fue difundido a través de su embajada en Uruguay, donde su circulación generó ruido en el sistema político: sectores del Parlamento evalúan convocar al canciller Mario Lubetkin para dar explicaciones sobre la intervención de Teherán en territorio uruguayo, en un episodio que escaló la tensión también a nivel regional.
El diplomático iraní habló con PERFIL luego de la expulsión
El desenlace fue inmediato. En cuestión de horas, el Gobierno argentino declaró persona non grata al representante iraní y le dio 48 horas para abandonar el país, mientras recibía el respaldo del gobierno de Trump en un comunicado del Departamento de Estado de este jueves 2 de abril. La decisión —según pudo saber este medio— fue tomada por orden directa de la Oficina del Presidente y ejecutada a través del director de protocolo de Cancillería, con un nivel de premura que sorprendió incluso dentro del ámbito diplomático.

Desde el Palacio San Martín aclararon que no se trata de una ruptura de relaciones, sino de una respuesta al comunicado iraní, que consideraron «ofensivo para el Presidente y las instituciones argentinas». Pero en los hechos, la medida implica el punto más alto de tensión bilateral en años, reducida al mínimo desde la década del noventa tras los atentados a la Embajada de Israel (1992) y la AMIA (1994).
En diálogo con PERFIL, el propio Soltani cuestionó la decisión y dejó entrever el malestar por la forma en que se ejecutó. «Expulsar al único diplomático no favorece a Argentina, sino que empeora aún más las cosas», sostuvo en diálogo con este medio, al tiempo que advirtió que las decisiones del Gobierno argentino «no son soberanas» sino «actos hostiles» en el marco de una guerra que, según su lectura, viola el derecho internacional.
Además, cuestionó las formas: tras ser convocado por Cancillería para el lunes posterior al feriado de Pascuas, le adelantaron abruptamente la reunión para este jueves a la mañana y le dieron dos días para organizar todo y retirarse del país. «Nosotros pedimos que nos dieran unos días durante la semana que viene, lunes martes cuando todo volviera a la normalidad, para arreglar las cosas y saldar nuestras deudas con proveedores locales; pero están más interesados en molestarnos que en hacer algo diplomático», sostuvo.
Pero además dio otro detalle: ningún miembro del cuerpo diplomático o del arco político argentino intentó contactarlo.
Reacciones de la diplomacia argentina
Puertas adentro, la medida abrió una discusión en el sistema diplomático argentino. Para el exembajador Ricardo Lagorio, actualmente crítico de la política exterior libertaria, respaldó la decisión y aseguró que se ajusta a los marcos formales. En diálogo con PERFIL, sostuvo que «la declaración de ‘persona non grata’ está prevista en las convenciones diplomáticas y consulares, y es totalmente independiente de la ruptura de relaciones», y la definió como «una decisión de firmeza diplomática» frente a lo que consideró «comunicados amenazantes» por parte de Irán.
En una línea más dura, el exembajador Diego Guelar planteó en su cuenta de X que la Argentina debió haber roto relaciones diplomáticas con Irán antes, tras el fallo de la Cámara de Casación Penal del 11 de abril de 2024 que atribuyó la responsabilidad de los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel a autoridades iraníes y Hezbolá, algo que Teherán negó desde los noventa. Según esa lectura, lo que ocurre ahora no es una escalada sino una definición tardía.
Desde la oposición, el ex viceministro de Defensa, Francisco Cafiero, se sumó al debate digital al cuestionar el movimiento en términos políticos. «En medio de la crisis económica, el caso LIBRA y la caída del consumo, el Gobierno recurre a gestos de política exterior para desviar la atención», escribió en X, donde también habló de «improvisación sin apartarse de la subordinación».
La secuencia deja al descubierto algo más profundo que un conflicto bilateral. Irán no solo respondió: buscó instalar una narrativa en el debate público argentino. Y en ese intento, al salir a hablar, abrió un espacio que hasta entonces no existía. Pero ese mismo movimiento terminó reforzando el posicionamiento del gobierno argentino que cuestionaba.










