Alejandro Avakian tiene 66 años, es artista, profesor de pintura por la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, y trabaja como conductor de Uber desde el año 2020 en plena pandemia. Al principio, transportaba tortas con la idea de sumar un ingreso extra y salir de casa en medio de tanto encierro. Con el tiempo, empezó a llevar personas y el lugar que ocupaban las tortas en el asiento de copiloto fue reemplazado por 30 fotografías tamaño postal de pinturas hechas con manchas de tinta y firmadas con sus iniciales. Hace apenas unos días estas tintas, las originales, estuvieron expuestas en una galería de Nueva York llamada Zarolat, en el barrio de Brooklyn.
“Al arte le di todo el tiempo que me pidió. Tengo tres hijos, después de pintar me iba a casa. No tenía espacio para ir a los openings, hacer sociales, estar en los lugares donde la gente se pasa la información y donde finalmente ocurre todo”, explica. Como una especie de outsider de los circuitos artísticos tradicionales, Avakian encontró en los viajes en Uber un medio de socialización.
Así que mientras los pasajeros transitan ese no-tiempo que es el viaje de una dirección a otra, Avakian les cuenta sobre su crianza en el seno de una familia armenia, el fallecimiento repentino de su papá cuando él tenía 15 años, su pasaje por la carrera de Economía para seguir con el deseo familiar, el abandono, las siete materias que hizo en la carrera de Biología, el aburrimiento, y finalmente la pregunta de Dani, su hermano mayor, que lo cambiaría todo: “¿Y por qué no te dedicás al arte?”. Alejandro vivía en Flores Sur, tenía 26 años, pelo largo, una pulsión vital huérfana, y entonces le pareció que podía ser, por qué no.
Al mes agarró por primera vez un pincel, que tocó una tela, y entonces brotó el famoso flechazo –‘“inapelable”, dice– al corazón.
Una antigua fundición
A veces los pasajeros llegan a la dirección inicial, otras se bajan en el taller de Avakian en Barracas, un monstruo de tres pisos que solía ser una fundición de acero inoxidable. Todavía está el puente grúa que recorre el techo del galpón y maquinarias oxidadas que parecen DeLorean, el auto convertido en máquina del tiempo en Regreso al futuro, la película de 1985 dirigida por Robert Zemeckis.
“La gente se permite la locura en el taller”, dice Avakian mientras desliza unas fotos en su celular: un hombre de anteojos extravagantes y la camisa salpicada de pintura fresca; un señor de traje con frente prominente y la gomina intacta meditando cuál de los dos cuadros elegir; un estadounidense de brazos tatuados sentado tocando la guitarra acústica. Todos expasajeros cautivados por la potencia insolente de la mancha inmolada sobre el papel.
El artista Alejandro Avakian, en su taller de Barracas. Foto: Fernando de la Orden.El sueño de pintar en un galpón había surgido después de un encuentro con el empresario Rubén Cherñajovsky, una de las 50 personas más ricas de la Argentina según la revista Forbes, que alberga una colección de arte que incluye piezas de David Hockney, Anselm Kiefer y Georg Baselitz.
Corría el año 2000, Alejandro había llegado a la casa del magnate a dejar una tinta que Cherñajovsky había adquirido, y este lo invitó a conocer su biblioteca, una estantería de cuatro metros de altura.“Elegite el que quieras, pero acordate de devolvérmelo”, le dijo. Avakian se decidió por uno de Baselitz, pintor alemán neoexpresionista que en su momento no conocía.“Vi fotos del galpón donde trabajaba y desde ese momento soñé con pintar en un lugar así”, recuerda.
Cuatro años después, Alejandro caminaba por las calles de París repartiendo invitaciones para una muestra que hacía en una galería del barrio Le Marais. De casualidad frenó en la puerta de Chart Gallery sobre Rue de Seine, le acercó el folleto a un señor bajo, elegante, y este le preguntó: “¿Vos pintaste esto?”.
Sin saberlo, Alejandro Avakian estaba haciendo negocios con Jean Cherqui, el fundador de una de las colecciones privadas más importantes de Europa, la Fondation Cherqui en Aubervilliers (París). El médico y coleccionista de arte francés dedicó décadas a reunir obras de artistas como Julio Le Parc, Carlos Cruz-Diez y Victor Vasarely. Avakian lo recuerda como un tipo “fino y de dinero, pero no materialista”, esos hombres de negocios que emanan entereza y una serenidad alta despojada de soberbia.
En el próximo viaje a París, Cherqui le compró 20 obras y así sucesivamente hasta que en el año 2008 Avakian cumplió el sueño de tener su propio galpón a lo Baselitz para pintar obras de dimensiones colosales.
Tres años después, el empresario estadounidense Roy Block, que en ese entonces rondaría los 40 años, viajó de Orlando a Buenos Aires y aprovechó la ocasión para conocer la obra de Alejandro a raíz de la recomendación de un familiar. Block se fue del taller con dos obras de Avakian en mano, valuadas en unos 3900 dólares. A los meses le envió un correo donde le proponía financiar un proyecto conjunto para que instale su propio estudio en NY e ingrese en el mercado de arte neoyorquino.
Desde ese entonces, Avakian ha expuesto en diversas galerías de Nueva York como la Galería Azur, dirigida por Lucas Kokogian, en el barrio de Bowery, en Ethan Cohen Gallery, en el Consulado de la República Argelina en NY, en Pinta NY, en Anthony Philip Fine Art, Harrison Curley Projects, Heidi Cho Gallery, y más recientemente en Zarolat Gallery, entre otros.
El artista Alejandro Avakian, en su taller de Barracas. Foto: Fernando de la Orden.El mundo familiar
En el principio era la familia armenia. Su papá quería ser bioquímico y dedicarse a la investigación, pero, padre de tres, optó por fabricar camisetas para mantener la economía familiar a flote. Su mamá era ama de casas. Quizás ni siquiera llegó a saber a qué quería dedicarse. A ella le tocó, en palabras de su hijo, “el mundo real de la supervivencia”.
Durante años, cada abril, dedicó una pintura al genocidio armenio en honor al 24 de abril, Día de la Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los pueblos. La primera fue una obra titulada «Crucecitas» con la cual pasó del terreno figurativo al expresionismo abstracto. El amarillo y el rojo, colores tan vivos, denotan la necesidad de que este primer acercamiento al horror fuese medido. Primero, tantear la temperatura del agua con la puntita del pie.
La hybris llegó recién con la pandemia, momento en el que se abocó al trabajo de pintar una serie de 50 obras que parten del genocidio armenio pero que en realidad hablan del drama humano. Unas 20 son telas de gran formato –dos metros de largo por tres de ancho–, y el resto, tintas más pequeñas que en el 2022 formaron parte de la exposición “Huellas de la memoria” en la Cámara de Diputados de la Nación.
“Cuando terminé de pintarlas sentí que ese tema en mí estaba resuelto. Claro que siempre va a ser parte de mi ADN, pero ya no desde un lugar de conflicto. Empecé a vivir la vida desde otra mirada. Esta cosa del sufrimiento, del dolor, de la postergación, de la demanda insatisfecha; la vida no es sólo el genocidio. Me abrió el campo de la libertad”.
Lecciones para un aprendiz
Cuando Alejandro recién arrancaba a indagar en el mundo del arte, se le acercó un profesor durante la clase de modelo vivo en Estímulo de Bellas Artes para decirle que fuera al seminario “de una persona muy conocida” que resultó ser el pintor argentino Osvaldo Attila. El aprendiz siguió el consejo y a las semanas asistió a una clase de 120 personas que cumplían la consigna de dibujar naturaleza muerta.
La misma fuerza que lo había llevado a entrar en la carrera de Biología, fue la que lo cautivó de las clases de Attila: la búsqueda de cierta verdad irrevocable, de un orden natural que lo atravesara todo. “Entré en un mundo fascinante de las armonías y las relaciones. Nada es en sí mismo, es en relación”, comenta Avakian.
Esta noción lo acompaña en su vida diaria. Por un lado está la vocación hermosa, absorbente y tiránica que lo lleva a decir “el tema no es hacer o no hacer una rayita, el tema es si vos ponés tu vida en esa rayita”; por otro lado, está la necesidad de tocar tierra firme y seguir un mapa, llegar a un destino concreto y direccionado con un inicio y un fin determinados.
Leila Guerriero dice “escribo como si boxeara”; y Mario Vargas Llosa, “nadie que esté satisfecho es capaz de escribir”. Esa misma fuerza irreverente, la del descontento, la de la defensa frente al drama humano, frente al propio sinsentido, están en las pinceladas de Alejandro Avakian, aparentemente arbitrarias y por eso doblemente meritorias. El riesgo, el horror, pero también la belleza. Jorge Demirijian, artista plástico argentino, le dijo después de ver una serie de pinturas en conmemoración a la tragedia de Cromañón: “Hay que pintar una tela así y salir vivo”.










