El 17 de julio de 1995, en la clínica porteña Mater Dei, Juan Manuel Fangio murió a los 84 años, sin haberse casado ni tener hijos reconocidos. Aunque tenía tres: dos de ellos lo sabían cuando asistieron a sus funerales; el otro llevaba solo algunos meses sospechándolo. Reconocido en el ambiente como Cacho Fangio -aunque ese apellido acompañó el nombre de Oscar en el DNI recién en 2017-, el mayor de los hermanos estuvo en el velatorio que se hizo en la Casa Rosada y también en el Automóvil Club Argentino (ACA) de la calle Libertador, ambos en Buenos Aires. En el Museo Fangio, donde los restos fueron despedidos por última vez antes del traslado al Cementerio Municipal de Balcarce, recibió el pésame también Juan Carlos, aunque pocos sabían que ese muchacho de apellido Rodríguez era también el hijo del Chueco. Rubén, en cambio, lo vivió como un argentino más, frente a la televisión, aunque en enero de ese año el comentario de una persona que no conocía le hizo levantar sospechas: su parecido con el campeón de la Fórmula 1 ya era evidente para cualquiera.
“Nuestro padre fue velado primero en el ACA, después en la Casa Rosada y por último acá en el Museo. Y yo fui acá al velatorio en forma común, inclusive me saludó el corredor Lalo Ramos dándome el pésame, como corría con un mecánico conocido me conocía. Y Cacho, vos también viniste… Estuviste en Buenos Aires…”, comienza a recordar Juan Carlos. Y Oscar completa la frase: “Y a Balcarce también fui. Pese a que estaba distanciado con el viejo, fui”.
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A principios de 1995, con el Quíntuple ya enfermo, Cacho fue a visitarlo al departamento de Talcahuano 154, donde escuchaba los relatos de amigos de su padre como Froilán González y Stirling Moss, cuando era un niño. Fue su último encuentro, aunque ni hablaron del apellido -que fue lo que dañó la relación tras varias promesas de reconocimiento sin cumplir-, fue una charla tranquila que les hizo bien a ambos.
“En el velatorio yo tuve la oportunidad, que no la tuvieron a lo mejor ustedes, de saludar a Stirling Moss, a Jackie Stewart y a varios de los corredores que vinieron porque, vuelvo a repetir, yo tuve la suerte de que cuando nuestro padre corría en Buenos Aires pasaba un rato con los que venían del extranjero e inclusive yo era muy chico pero pude ver también la primera carrera que les gana en Mar del Plata a nivel internacional”, agrega Oscar sobre el Gran Premio Internacional San Martín, del 27 de febrero de 1949.
Quien vio por televisión esas despedidas multitudinarias fue Rubén, que no sospechó su origen hasta el verano de 1995, cuando un médico que había ido al hotel donde trabajaba en Pinamar le dijo: «Usted es igual a Fangio. El día que se haga un ADN se va a sorprender». Recién diez años después se animó a preguntarle a su madre, Catalina Basili, si su padre era Ricardo Vázquez o Juan Manuel Fangio, quien aparecía como su padrino en el certificado de bautismo. La respuesta tardó: a ella le pesaba esa relación extramatrimonial que nació cuando su marido se quemó con un radiador en el taller de Fangio. Aunque nunca la juzgó ni la dejó de ver, la relación no quedó igual. Pero fue el inicio de una lucha judicial que, 12 años más tarde, le dio un DNI con su nuevo apellido.
-¿Qué te acordás vos, Rubén, de ese 17 de julio de 1995?
-Lo que recuerdo es lo que le pasó a todo el mundo. Cuando falleció el Chueco, fue un dolor muy grande para toda la gente. Fue en el 95, y yo casualmente ese año tuve la primera pista de que él era mi padre. Lo que yo sentía era lo que sentía todo el pueblo: un dolor muy grande por el fallecimiento del Chueco. El mundo entero sintió dolor por esa situación. Pero el mundo sigue andando, tenemos que seguir adelante. Lamentablemente, no lo pude conocer como lo conocieron ellos… Son otras situaciones distintas las que hemos tenido. Pero llegamos a un final feliz entre nosotros: yo he tenido otros hermanos pero ellos dos no y para ellos es una experiencia nueva, no sé si lo que les tocó es bueno o malo pero…
Juan Carlos: -Cuando te conocí por primera vez, que fui a tu casa, antes de que hiciéramos nada, me atendiste como si fuera gente, ¿no? Me atendiste de 11 siempre.
JC: -Sí, bueno, pero no nos conocíamos, fue antes de que saliera todo.
R: -Hay cosas que se hacen y cosas que no… Cuando nos conocimos con Cacho, ese día que nos hicieron una presentación, nos prometimos que íbamos a hacer un asado y que lo iba a pagar él… Mirá todos los años que pasaron y todavía tengo el cuchillo guardado, ja ja. Tengo miedo que se me oxide, para cortar el asado que me va a hacer Cacho.
JC: -Y eso que no tiene problema para la carne, que la consigue gratarola.
R: -Un poquito de humor, sino se pone muy triste todo y no nos tenemos que poner tristes por nada, al contrario. La vida nos ha deparado esto: momentos de tristeza pero momentos de felicidad. La familia se fue ampliando, la heladera también se tiene que agrandar que vienen más nietos. Hay que ponerle un poco de humor y seguir viéndonos. El recorrido que nos queda ahora en esta pista no es tan largo. Entonces, en base a eso, tenemos que vivirla lo mejor posible.
JC: -No tengo problema para que vengan a casa, lo único es que no sé cocinar como cocinan ustedes, yo soy un desastre.
Cacho: -Se ha puesto difícil, ahora está muy cara la carne, ja ja.
R: -Viste, Sabrina, ninguno dijo yo hago el asado…
C: -Es bueno ahora conocernos y seguir para adelante lo que nos queda de vida con mis hermanos.










