Duchas y abogados gratis para los adictos al crack en Brasil

Duchas y abogados gratis para los adictos al crack en Brasil


A primera vista son un grupo de hombres de tertulia, charlan tranquilamente sentados en círculo bajo un toldo para protegerse de un sol que castiga en Fortaleza. La escena difícilmente llamaría la atención en Brasil, Bulgaria o Bangladesh. Al bajar la vista, primera sorpresa, todos tienen los pies a remojo en unas palanganas rosas con agua templada en la que flotan unas hojitas. El aroma a albahaca inunda el ambiente. Segunda sorpresa, uno de los tertulianos lleva una tobillera electrónica con un piloto azul que parpadea. Reinaldo, de 55 años, cuenta que cumple una condena de siete años por omisión de socorro. Para estos hombres ese baño de pies es un momento impagable de relax, un bálsamo para unos talones y unas plantas castigados por el asfalto. Ese es uno de los servicios que los trae a la Estación del Cuidado, un centro diseñado para personas sin hogar y/o drogodependiente que funciona como puerta hacia un abanico de servicios públicos a los que de otro modo rara vez llegarían.

Reinaldo encaja en la primera categoría. Cuenta con orgullo que dejó las drogas en 2015, aunque tras un fugaz silencio añade: “Aún fumo tabaco”.

La Estación del Cuidado es una iniciativa singular —gubernamental— en un contexto de guerra contra las drogas marcado por la decisión de Estados Unidos de equiparar el narco al terrorismo y combatirlo con bombazos ilegales contra supuestas narcolanchas, el creciente poder de los carteles y el aumento del consumo.

Lo que nació hace 16 meses como un proyecto piloto en Fortaleza son ya 11 unidades a nivel nacional. Y para fin de año, serán 409 las Estaciones de cuidado repartidas por Brasil, explica en una entrevista Nara de Araujo, responsable de prevención y reinserción social de la Secretaría de Políticas Sobre Drogas del Gobierno federal. Los CAIS o centros de acceso a derechos e inclusión social, que la secretaría ideó en colaboración con el Gobierno de Ceará, son “un puente a las políticas públicas de salud, de asistencia social, etcétera, para intentar incluir a aquellas personas que históricamente no han tenido acceso a ellas por cuestiones como el racismo estructural, el género, la violencia…”, explica De Araújo en Fortaleza.

Un reciente lunes, mientras Brasil calentaba motores para el Carnaval, el trasiego era constante en la Estación del Cuidado original, un container verde a un par de cuadras del epicentro del crack en Fortaleza, en una favela con vistas al mar llamada Moura Brasil. Algunos usuarios llegan caminando en zigzag, casi incapaces de mantenerse en pie. Lo primero, agua fresca para saciar la sed y una ducha. También les ofrecen abogado, lavadora, psicólogo, conversación, cariño, retrete, folios y pinceles para pintar… Al salir de la ducha, Savio se pone desodorante, se perfuma, agarra unos preservativos y se santigua antes de sacar de la taquilla una bolsita con sus posesiones y regresar a la calle.

Este oasis para los consumidores de estupefacientes más desamparados se ubica en Fortaleza, capital de Ceará, un estado conocido por sus bellas playas y la calidad de su educación, pero que lleva meses inmerso en una brutal guerra entre los grandes grupos armados del narco brasileño por el control de las rutas. El año pasado los choques dispararon los asesinatos y alumbraron una práctica novedosa: la expulsión forzada de todo el vecindario de algunos barrios. Ceará es un punto estratégico para el negocio de la droga por el puerto, el aeropuerto y la cercanía a Europa y a Estados Unidos.

Esta favela es territorio del Comando Vermelho, como recuerdan las iniciales gigantes estampadas con spray en las estrechas callejuelas. El grupo controla la venta de droga e impone su ley a los vecinos, mano de hierro para mantener el orden y no dar motivos a la policía para intervenir y que el negocio ilegal prospere. El CV da tres oportunidades, explica un vecino. Primera violación de las normas, paliza con un tablón. Segunda, otra paliza o, si tienes contactos, el destierro; a la tercera, la muerte.

Esa es la trastienda oscura de Moura Brasil, una barriada con 6.000 vecinos a dos pasos de una playa surfera y el esqueleto oxidado de un petrolero que encalló hace 40 años. Como tantas favelas, es una combinación de varios universos: también tiene un vibrante movimiento asociativo, una comparsa de carnaval llamada a Turma do Mamão, que para orgullo de los locales acaba de ganar su quinto título, un cineclub al aire libre, una Iglesia evangélica llamada Revival que ofrece comida a los vecinos, una huerta comunitaria y un apodo que los vecinos detestan y adoptó de un antiguo burdel, Oitão Preto. Este Carnaval varios de los usuarios del proyecto para los sin techo desfilaron con la comparsa. Vestían elaborados disfraces elaborados a mano al atardecer frente al mar.

Los impulsores de la Estación del Cuidado, una iniciativa en la que participa Copolad, un programa europeo que promueve la cooperación técnica en políticas sobre drogas entre la Unión Europea, América Latina y el Caribe, subrayan que antes de instalarla allí en medio hubo un largo diálogo con el barrio. El proyecto nació como respuesta a la crisis de los sin techo tras la pandemia. Fortaleza, con 2,6 millones de habitantes, tiene 10.000 vecinos sin hogar. En todo Brasil, superan las 300.000 personas.

El titular de política sobre drogas de Ceará, Caio Sá Cavalcante, destaca que vienen unos cien usuarios diarios, que desde 2024 ha ofrecido 58.000 atendimientos y que tiene 1.800 usuarios registrados. Su presupuesto, 1,8 millones de reales (290.000 euros, 340.000 dólares). “El Gobierno de Ceará intenta combinar una fuerte inversión en seguridad pública e inteligencia, con acciones ostensivas e intensivas de combate a las facciones [los grupos narcos] y la violencia, con acciones de protección social”, recalca Cavalcante en Fortaleza, durante un viaje para prensa organizado por Copolad.

Uno de los servicios más apreciados —y novedoso— es el abogado, que les orienta para saber si tienen cuentas pendientes con la justicia. Sentarse frente al abogado Danilo en su despacho para una conversación confidencial supone un alivio. Para estos hombres y mujeres, acercarse a Ministerio Público a preguntar por su expediente no es una opción. Temen acabar detenidos de nuevo.

Reinaldo espera ilusionado que el juez revise su caso. Ahora sabe que cabe la posibilidad de que haya cumplido la pena con tobillera y pronto pueda limitarse a firmar ante su señoría una vez al mes. Dice que eso le quitaría el estrés que supone tener un enchufe siempre a mano para que el dispositivo no se quede sin batería. También le pesa el estigma, porque, claro, la tobillera parpadeante está siempre a la vista.

Irene, 32 años, ocho hijos, una nieta y tres meses viviendo en la calle, acude al abogado con su melena sedosa tras una ducha. Necesita renovar toda su documentación, que dejó en casa de su ex cuando se largó. La mitad de los hijos permanecieron con él, la otra mitad, con la madre de ella. Cuenta que disfruta especialmente de pintar porque le ocupa la cabeza. Por un rato, se evade de la angustia que la persigue desde que, cuenta, asesinaron a su hija adolescente y de las mil urgencias de su precaria existencia. De aquí, los derivan al ambulatorio, a los servicios sociales, a los de salud mental… si así lo desean.

La hora pico del trasiego de personas que caminan como zombis es por la tarde, pero antes de comer ya hay movimiento. En esta calle, junto a un edificio colonial, compran la piedra de crack. La consumen en unas chabolas cercanas, en la intimidad, para que nada empañe el subidón por el que muchos han perdido la prole, la pareja y toda posesión que alguna vez atesoraron.

Támila, de 37 años, ya solo viene a la Estación del Cuidado de visita. Cuenta que logró desengancharse y reconducir su vida tras perder dos casas por la coca y el crack. Describe la dependencia como “un león que mato cada día”. “¿Lo mejor de este lugar? Que aquí nunca me rechazaron”. Liandra, de 25 años, acaba de cobrar su primer salario como trabajadora de la Estación, un puesto al que accedió tras una selección cuando aún vivía en la calle. Su familia la expulsó de casa por su orientación sexual. “En cuanto cayó el sueldo, alquilé una habitación, estoy muy feliz”, dice sonriente.

Entre los profesionales de la Estación de Cuidados, destaca Alzeni Vicente. El nombre técnico de su puesto es reductora de daños, pero todos la conocen como tía Alceni —apelativo de respeto en Brasil— o la rubia del container”. Entre sus tareas, adentrarse en la favela para hablarles del servicio a aquellos que circulan agitados en busca de la dosis, o de dinero, contarles lo que se ofrece.

Recalca que el tiempo que los usuarios pasan en centro es ganancia. “Cuando logramos que venga hasta aquí ya estamos disminuyendo el daño, ya se está cuidando” porque no está drogándose. A la pregunta de si les habla como una madre, una hermana, una amiga o una colega, responde: “Les hablo como ser humano. Cuando llegan les llamo por su nombre”. Y eso les resulta excepcional y valioso.

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