Eduardo Casanova rompe el tabú: “El único armario en el que he vivido no es el de la homosexualidad, es el del VIH” | EL PAÍS Semanal

Eduardo Casanova rompe el tabú: “El único armario en el que he vivido no es el de la homosexualidad, es el del VIH” | EL PAÍS Semanal


Durante el invierno de 2008, cuando Eduardo Casanova tenía 17 años y Aída, la serie por la que era famoso desde los 12, atravesaba su mayor pico de popularidad —casi seis millones de espectadores semanales en Telecinco—, dio positivo en VIH. Cuenta que ese día sintió vértigo, que el diagnóstico le pareció una sentencia de muerte. “Lo primero que piensas es que tienes sida, no VIH; lo siguiente, que te vas a morir”, rememora hoy. Ahí vino el nudo en la garganta: “El primer ataque de ansiedad que recuerdo. Pero no lo dejé fluir, lo contuve”. Acompañado de sus padres (era menor de edad), acudió a un especialista: “Recuerdo cómo nos tranquilizó con la idea de que nos iba a ayudar para que no se enterara nadie de esto. Él trataba a más gente conocida y me iba a ayudar a que ‘no me pillaran”, cuenta. “En aquel momento fue un gran alivio”. Al salir, intentó mantener cuanta normalidad fuera posible. Tenía programada una reunión esa misma noche, la primera del que sería su primer trabajo como director de cine, un cortometraje llamado Ansiedad. Decidió mantenerla: al menos lo de ser cineasta no se lo iba a perder. “Y ahí, en esa reunión de preproducción, se me quitó todo”, promete. “Hasta que acabó: luego, evidentemente, no se me olvidó”. El momento en el que surgió el nudo, descubrió cómo podía esconderse de él.

El pasado 18 de diciembre, Casanova —que tras Aída ha dirigido dos largometrajes, dos series, casi una docena de cortometrajes, y hasta hoy ha sido una fuente inagotable de titulares y polémicas— reveló su diagnóstico al mundo a través de Instagram. Cuenta que ese día, cuando apretó el botón para publicar el post, también sintió vértigo, más incluso que aquel invierno de 2008; será que lo tiene más cercano, será que, tras 17 años en el armario, cualquier temor alcanza proporciones monstruosas. Pero estaba convencido de que debía hacerlo. “Me había ido a una casa rural con mi chico para alejarme de todo”, explica. En concreto, para evitar a los periodistas que pudieran plantarse a las puertas de su casa, a las afueras de Madrid. “No recuerdo una taquicardia igual”. Salió a pasear tras la publicación, aunque al final, siguió durante unos minutos qué reacciones provocaba. “Me habían recomendado no apagar el teléfono, porque, si lo hacía, mi mente iba a crear cosas que a lo mejor no estaban sucediendo”. Al poco, los periodistas estaban a las puertas de su casa, y su cara, en todas las televisiones. Las reac­ciones trascendían su pantalla.

“Lo hago cuando yo quiero. Cuando yo puedo”, escribió en el post, “lo hago por mí, pero deseo que esto pueda ayudar a más gente”.

Para él, este era el fin de un vía crucis personal. “Excepto mis padres, no lo sabía nadie más. Tengo amigos a los que no se lo he dicho hasta hace tres meses”, explica. El anuncio tenía la muy casanovesca forma de una película. Anunciaba Sidosa, un documental que se estrenará este mes en el Festival de Málaga; a partir del 23 de abril, podrá verse en cines (parte de la recaudación se destinará a asociaciones que combaten el estigma del VIH) y más tarde se emitirá en La Sexta. Es, en parte, una entrevista con Jordi Évole y, en parte, una pelícu­la dirigida por Casanova sobre vivir en ese otro armario.

Pero más importante era el fondo. En España, los personajes públicos que conviven con VIH lo hacen en secreto: para los pocos que lo revelaron en vida —la presentadora Sonia Martínez, el artista Pepe Espaliú, por ejemplo, ambos en 1990—, su diagnóstico fue poco más que un preámbulo a muertes lentas, penosas y archiconocidas. Tragedias públicas de otros tiempos. Ahora el VIH ya no mata, ya no deriva en sida, ya solo lo transmite quien no está tratado; clínicamente hablando, la vida de quien se medique está dentro de la normalidad. Pero nadie encarna esa normalidad con su cara, con su vida, por lo que la imagen del virus poco ha cambiado desde los oscuros noventa. La transmisión, la misma sospecha de fracaso personal; el diagnóstico, todavía un pie en los márgenes de la sociedad.

El día que Eduardo Casanova apretó aquel botón de publicar se convirtió en el primer gran famoso español serovisible cuya salud no está marcada por el virus. El primero en demostrar que se puede tener VIH y vivir; quizá también el que demuestre que se puede tener VIH y contarlo.

“Solo un 11% de quienes vivimos con VIH somos visibles”, cuantifica María José Fuster, profesora de Psicología Social en la UNED e investigadora especializada en el estigma del VIH, citando un estudio de Cesida y Seisida publicado en 2023. Es decir, lo cuentan unas 16.500 de las 150.000 personas que, según el Ministerio de Sanidad, viven con VIH en España. “Porque, de acuerdo con los datos que tenemos, una parte importante de ellos son rechazados por parejas sexuales. Algunas personas reciben insultos y son objeto de cotilleos en la familia o en el trabajo. Cuando te rechazan, los receptores de dolor que se activan en el cerebro son los mismos que cuando te agreden físicamente: es lo que se llama dolor social. Así que las personas con VIH viven con miedo. Han interiorizado el estigma. Lo anticipan”.

El virus de la inmunodeficiencia humana nunca fue solo un patógeno; desde el principio, era también una sentencia moral. Se propaga por vía sexual e intravenosa y ataca especialmente a hombres homosexuales y consumidores de drogas. Gente fuera de la norma. Durante lo peor de la epidemia, en los ochenta y noventa, se hablaba de él como un problema extremadamente grave, pero que afectaba a unos pocos, a los otros y era el resultado de una conducta. Castigo divino, según los más conservadores. “La pesadilla de los homosexuales y drogadictos”, “El cáncer gay”, “La nueva lepra”, según la prensa más generosa de la época. Tener VIH era entonces tener sida; tener sida era morir; y quien moría de sida es que era un poco desviado. Si fuera un poco más normal, se lo habría ahorrado.

En España, donde se han registrado 90.669 casos de sida entre 1981 y 2025, hasta las celebridades que lo padecieron prefirieron reservarse ese estigma y murieron con el secreto (hoy se conocen, de forma póstuma, una veintena de casos: Jaime Gil de Biedma, Agustín Gómez Arcos o el diseñador Manuel Piña, entre otros).

Cuando Casanova (Madrid, 34 años) recibió su diagnóstico, uno de los casi 6.000 positivos en España en 2008, la ciencia había dado pasos gigantes. El VIH no se puede matar dentro de un organismo, pero sí se puede controlar. “El virus utiliza las células del sistema inmunitario como vehículo y, al hacerlo, las destruye: cuando esa destrucción se mantiene en el tiempo, deriva en sida. Con la actual medicación antirretroviral, impedimos que el virus se multiplique y viaje. Se queda dormido en los ganglios, no pasa a la sangre u otros fluidos biológicos y, por tanto, no se puede transmitir”, explica Daniel Cortez, médico especializado en VIH y salud sexual. “Es una infección latente pero no activa”.

La ciencia ha avanzado pero la sociedad no tanto. Casanova se encontró en un mundo en el que el VIH es tratable pero no confesable. Aprendió que los personajes públicos como él cuidan este tema a escondidas, que iban al médico a deshoras para no ser vistos. “Mi primera cita fue en un hospital privado. Solo recuerdo que hacía frío, que ya era de noche y que el hospital estaba vacío. No recuerdo ver gente, ni siquiera gente trabajando. Recuerdo una sensación de clandestinidad, como si fuera a entrar en la cárcel, como si hubiera hecho algo malo pero me estaban ayudando. Recuerdo mucha vergüenza”, rememora. Aprendió que había antirretrovirales pero también un armario. No iba a morir pero tampoco iba a vivir con la normalidad que le permitían sus analíticas. Aprendió que los grandes silencios se construyen sobre pequeños gestos. “El pánico de quedar con alguien, llevar la medicación encima y tomarla a escondidas. Recoger la medicación, romper la caja y arrancar la etiqueta para que no se vea lo que es”. Intentó pensar en famosos como él: Freddie Mercury (cuyo sida se conoció casi a la vez que su muerte) y Rock Hudson (justo antes). Magic Johnson. No se le ocurrían más. Con los años saldrían algunos nombres: Charlie Sheen, difícilmente un ejemplo de salud; Oliver Sim, bajista de The xx, y algún actor de teatro (no cine ni televisión) estadounidense. En España, concursantes de Drag Race, como Alexandra del Raval u Hornella Góngora. Excepciones a la norma. Casanova pensó que eso no estaba bien.

Los medios siguen en deuda con esta historia. Al abandonar las truculentas historias del VIH cuando los pacientes empezaron a mejorar, el estigma no ha tenido ocasión de evolucionar. Incluso en la comunidad médica, según datos de Cesida, el 69% de los profesionales de la salud carece de conocimientos sólidos sobre transmisión y prevención del VIH; al 57% le preocuparía atender a personas con VIH durante una extracción de sangre; el 53%, al tratar heridas; el 14% usaría guantes dobles. El 40% opina que las personas con VIH detectable no deberían participar en actividades sexuales; el 38%, que quien adquiere VIH ha sido por comportamientos irresponsables. En la sociedad, el rechazo, el insulto y el cotilleo. “Así que muchas personas deciden no buscar una pareja, una casa [por las complicaciones que da lograr un seguro de vida] o un trabajo”, subraya Fuster. “Si tienes más años de vida pero no te atreves a construir un proyecto, es una forma de muerte. Es un sufrimiento innecesario y un estigma no aceptable”.

Nada de esto es nuevo ni secreto. Pero en diciembre, cuando Casanova publicó su post, Cristina Pardo dijo en su programa Más vale tarde: “Eduardo Casanova ha contado que tiene sida”.

¿Cuándo sintió el deseo de revelar que tenía VIH?

A los 17 años me lo diagnosticaron, pero a partir de los 20 ya he querido contarlo.

¿Qué se lo impedía?

No sabía cómo se hacía. Yo me preguntaba: ¿qué hago, una rueda de prensa? ¿A quién se lo tengo que contar? ¿Y cómo lo cuento? ¿Aprenderé a contarlo? Y cuando lo cuente, ¿qué me va a pasar? ¿Voy a perder mi trabajo? ¿Voy a dejar de dirigir? Es lo único que necesito para vivir, dirigir. ¿Tengo que elegir entre mi pasión y mi identidad? No sabes cómo hacerlo, por eso es importante un referente.

Usted precisamente se dio a conocer por el personaje de Fidel en Aída, el primer niño gay del prime time, el que vivía fuera del armario, como usted.

Soy un personaje público desde los 12 años, siempre he dicho sin problema que soy homosexual —qué palabra más horrible, mejor maricón—. El único armario que he vivido no es el de la homosexualidad. Es el del VIH.

¿Cómo ha reaccionado la gente?

He recibido una cantidad de serofobia muy heavy. También cosas buenas, pero el odio hace más ruido. “Se lo merece”. “Él tiene la culpa”. “Con la información que tiene…” [su Instagram recibió varios mensajes como estos aquel día]. De nuevo, no puedo preguntarle a nadie: ¿cómo gestiono esta bola de odio? Respetando los tiempos de las personas que tengan VIH, que son muchos políticos, cantantes, directores, actrices, actores, es muy importante que salgan del armario. Los necesitamos. Los necesito.

¿El rechazo viene de gente anónima o también de conocidos personales?

Unos días antes de la publicación, estaba terminando la promoción de Silencio [su serie en Movistar+]. Había estado trabajando en unas piezas promocionales con un técnico. Le había dicho: “¿Puedo beber de tu agua? No te preocupes, no tengo nada”, refiriéndome, evidentemente, a la gripe, que no he cogido este año porque tengo las defensas increíblemente bien. Cuando salió el teaser de Sidosa, me mandó un mensaje, que te voy a enseñar [busca en su móvil y lee]: “Tío, me dijiste el otro día cuando bebiste de mi botella que no tenías nada”. Dije: espérate, que está de broma. “¿Qué quieres decir?”. “Pues que cuando te he visto decirlo en el documental, me he asustado mucho”. El VIH, obviamente, no se transmite por beber de una botella. [Rebusca algo más y lee] O esta persona: “Eduardo, mandarte un abrazo bien apretado por tus declaraciones sobre que tienes sida”.

Los comentarios en su Instagram también son de traca. A lo mejor no estamos tan preparados como nos pensamos para aceptar a los serovisibles.

Si hay alguien que quiera salir del armario del VIH, quiero explicarle una realidad: se vive mucho mejor así que de la otra forma. No quiero que vean solamente lo malo. ¿Tú sabes la cantidad de mensajes que recibo de personas, mujeres y hombres, con VIH que quieren decirlo? El primer evento al que fui siendo serovisible, los Premios Feroz [el pasado 24 de enero], ¿sabes la cantidad de personas, no te hablo de uno, ni de dos, ni de tres, ni cuatro, algunos muy conocidos y otros no tanto, que me dijeron que tenían VIH? No podemos estar rodeados de personas silenciadas que lo están pasando mal.

¿Qué hacemos con sus detractores?

No le tengo rencor a nadie, por Dios. El odio está basado en la desinformación. Prefiero vivir comprendiendo a las personas que odian porque no tienen herramientas para estar informados. Por eso tienen miedo, tienen odio. Y a las personas que están informadas y que me odien por tener VIH, solamente les puedo decir que es mucho más difícil vivir con odio dentro que con el VIH que tengo yo.

Luego está el cine, que quizá sea el corazón de esta historia.

Cuando Casanova anunció su VIH, en realidad estaba anunciando que había hecho una película en la que cuenta que tiene VIH. Su anuncio, en su lengua materna. Lo que es importante, Casanova lo vuelca en la pantalla; luego, en todo caso, lo verbaliza. Varias veces durante esta conversación, al hablar de emociones, acaba describiendo imágenes. “Me resulta incómodo hablar de mí mismo”, se retuerce en más de una ocasión. Lo importante está en su cine. Las palabras son una vía secundaria de expresión.

De pequeño, en Lucero, un barrio obrero de Madrid —“humilde no, extremadamente humilde”—, Casanova era el rarito del cole, no por ello el débil. “Era el típico niño que se crio escuchando la frase: ‘Es que es muy nervioso, es que es muy creativo’. Pero nunca he sido la víctima ni el que estaba solo en el recreo”, alerta. “No tenía amigos chicos porque no jugaba al fútbol, pero tenía mis amigas. Sí, algunos se metían conmigo por maricón pero mi respuesta nunca era achantarme”. Sus regalos de Reyes de la infancia eran cosas como una máquina de escribir. Le fascinaba Cruella DeVille. Rodaba cortometrajes caseros con sus primos y la cámara que tenían sus padres, de cintas VHS (“VIHS”, sonríe). “Creo que cuando eres un niño raro, intentas crear un mundo en el que estás cómodo”, dice. “El cine ha sido mi forma de comunicarme, me comunico mejor cuando dirijo y cuando escribo. Toda la vida, desde chiquitín, mi obsesión ha sido el cine”.

A los 7 empezó a hacer castings: quizá era la vía más rápida para vivir en esa obsesión. A los 12 llegó Aída y, si su vida hasta entonces ya había estado al filo de la norma, aquí se despidió de ella para siempre. “He ido muy poco al colegio, me crie en un plató de televisión”, subraya. Creció en un mundo de mayores. El VIH, el nudo en la garganta, Ansiedad, el fin de Aída en 2014. Mudarse a Cuba, a estudiar en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Rodar Pieles (2017), su primer largometraje, sobre gente que vive en los márgenes. Rodar La piedad (2022), sobre un niño de ojos azules, enfermo y encerrado en una casa. Rodar Silencio (2025), una serie sobre vampiros que viven ocultos y deben negociar con la epidemia del sida. El retrato de un cineasta en su obra.

“No creo que nadie tenga ganas, pero si alguien revisita mi filmografía se va a dar cuenta de que yo siempre he hablado de silencio, de lo duro que es. No quiero decir que a mi cine solo lo defina el VIH, pero el silencio ha marcado mi vida”, cuenta.

Estas películas, aclamadas por la crítica, no siempre han conectado con el público general: complejas, inclasificables, hiladas por intrincadas ideas cinéfilas. Quien sí llegaba era Casanova, famoso vitalicio, intentando hacerse entender entre lo que parecía ser un mar de contradicciones. Es conocido por haber actuado en televisión, pero él es director de cine; pertenece al mainstream pero su conducta y su obra son de una anarquía underground; es guapo pero se identifica con lo feo y marginal; afortunado profesional y económicamente, pero hasta ahora hablaba de sufrimiento e incomprensión sin explicar por qué. En ocasiones, sus entrevistas han parecido performances: “No quiero que nadie de Vox vea mi película”, le soltó a El Mundo en 2022. A EL PAÍS en 2023: “Estaría bien acabar con la humanidad”.

Cada ocurrencia generaba olas de odio en redes: en parte porque un hombre con pluma todavía resulta un blanco irresistible para algunos, especialmente uno cuya respuesta nunca es achantarse (fue criticado por ir de rosa a los Goya en 2017; en 2022 reincidió y esa vez incluso le llamaron sidoso), quizá también porque, desde fuera, cuesta empatizar con alguien que se esconde. Incluso las entrevistas sin ocurrencias han tenido potencial viral, ahí estuvo su visita a La revuelta hace un par de meses. “Cada vez que Eduardo Casanova abre la boca, sube el pan”, escribió en EL PAÍS Jimina Sabadú cuando lo del VIH despertó la enésima oleada de críticas. “Pocas personas públicas reciben tantos insultos como él”.

Su imagen pública era un armario, su vida a ratos era un armario: aquí es donde el cine resulta ser el corazón de la historia. El momento en que Casanova se plantó, cuando vio que ese armario estaba haciendo más daño del que jamás podía hacerle el VIH, fue cuando vio que afectaba a su trabajo: “Mi cine era cada vez menos real, más hermético. Me ponía a escribir y solo imaginaba cosas en color rosa: el rosa es la máscara que he utilizado para ocultarme”. Al preparar Silencio, que tocaba el tema del sida, empezó a contar la situación. “De repente aparecían cosas nuevas en mi trabajo. Comedia, romance, felicidad… Dije: claro, si quieres continuar vivo, lo único que puedes hacer es hacerlo público. Salir del armario”.

“Y debía hacerlo a través del cine”, añade. Hablar en su lengua materna. Ahí había también un mensaje, para los demás pero también para sí mismo: “No por decir que tiene VIH alguien va a dejar de ser lo que es. Estoy muy contento de ser la sidosa de España, pero yo soy director de cine”. Eso, cuenta, relativizó aquellos miedos de tamaño monstruoso.

Contactó con Jordi Évole. Él también pensó que el tema trascendía un programa de televisión. “Esto era tener al nuevo símbolo de la lucha contra el sida, alguien marcado por un megaéxito como Aída, y que luego ha hecho un cine que ha descolocado a mucha gente. Si esto lo cuenta —Edu me va a matar por la comparación— Macaulay Culkin, nos cagamos. En España nunca le damos importancia cuando nos pilla cerca”, explica Évole al teléfono. Entre el rodaje de Sidosa y su estreno, Casanova rodó la película Aída y vuelta, donde hace una versión ficticia de sí mismo e incorpora el VIH a su trama: “No podía más”, prosigue Évole. “Lo ha pasado muy mal. No se hubiese perdonado a sí mismo no contarlo. ‘No me he implicado lo que podría, no he ayudado a acabar con el estigma lo que podía’. No se lo habría permitido”.

El título, Sidosa, es fuerte.

No es tan fuerte. Es igual que maricón. El tema es cómo lo digas y desde dónde lo digas. Nos hemos encargado toda la vida, las personas disidentes, de apropiarnos de los insultos. Yo no he puesto el título, pero estoy de acuerdo.

¿Cómo afecta psicológicamente vivir tantos años en el armario?

He construido una personalidad en la que había sufrimiento. No todo el rato; he sido, y soy, muy feliz, pero había soledad. Tenía VIH y no se lo podía decir a nadie. Con la soledad del armario construyes una personalidad y una coraza que muchas veces te hace, por ejemplo, enfrentarte a los medios de forma enfadada. Te hace querer parecer distante o, por ejemplo, vestirte…, bueno, querer resaltar, ocupar un lugar, porque personas con VIH estamos en los márgenes.

¿Nos estaba mostrando su secreto sin palabras?

Bueno, el cine ha sido mi forma de gritarle al mundo que tengo VIH. Aunque también era un cine muy maquillado. Por eso tal vez muchas veces me he confundido al hacer las promociones. Hacía una película para explicarlo y la gente no lo entendía. También recibo hate por motivos políticos y es frustrante, pero hacía las entrevistas enfadado. La he podido cagar y me he podido comer con la promoción mis propias películas. Pido perdón, de verdad, por haber cometido, a lo mejor, salidas de tono. Las personas que reivindicamos algo tendemos a hacerlo enfadados: imagínate reivindicar algo sin decir lo que reivindicas.

¿Y el anuncio cambiará algo de esto?

Creo que me va a dar un respiro y también a la gente, de ahorrarse a ese Eduardo tan pedante con el que yo tampoco me siento identificado. Aunque reivindico el enfado de aquellos años, ¿eh? ¿Cómo no iba a estarlo?

¿Lo cambia todo?

Tener VIH y hacerlo público no me convierte en un ser de luz al que todo el mundo tenga que amar. Puedo seguir haciendo cosas mal y puedo seguir no gustando a mucha gente. He leído algunos comentarios que dicen: “Pero… ¿y por qué lo cuenta?”, “¿Lo hace por llamar la atención?”, “Claro, ahora con esto ya le tenemos que perdonar”. No digo que tengo VIH por generar contenido, lo digo por una necesidad. Un acto político. No te vayas a pensar que estoy abriéndome tanto como para que sepáis todo de mí. Hay cosas mías que nunca sabréis y posiblemente esas cosas también me hagan cometer errores.

Cuando alguien se pone una máscara, cuando nos habla a los demás desde el artificio, los demás lo sabemos.

¿Que hay una máscara ahí?

Que hay miedo. Y hay mucha gente que, cuando huele miedo, ataca instintivamente. Quizá haya una correlación entre la máscara que le oprimía a usted y el odio que haya recibido.

Pues mira. Ahora mismo no tengo miedo.

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