El 8M dentro de una prisión: “Es la única fecha en la que se nos escucha”

El 8M dentro de una prisión: “Es la única fecha en la que se nos escucha”

Pintan la frase con cuidado, primero con un plumón clarito, por si hay errores, y después con pinceles y pintura negra. Repasan los bordes de cada letra. Se emocionan al encontrar purpurina y eligen colores vistosos —el rosa, el morado— para representar las flores. También se embarran las manos de pintura y dejan sus huellas. Algunas escriben sus nombres: Emma, Daniela, Karla, Susi. Al final, en las consignas se lee: “No más carpetas armadas”, “Basta de tanta injusticia”, “Alto, no es no” o “Abusan de nosotras, nos desaparecen”. De cerca, son un grupo de mujeres preparando concentradas los carteles para el 8 de marzo; es al alejarse cuando aparecen los muros altos, las concertinas y los barrotes, las torres de vigilancia, decenas de policías estatales. Ninguna de las mujeres que está firmando estos mensajes dentro del penal de Barrientos, en Tlanepantla (Estado de México), va a poder levantarlos por las calles este domingo; serán otras las que los griten fuera, tratarán de ser su voz. “Es la única fecha en la que se nos escucha”, dice Emma, “es el único momento en el que podemos levantar la voz”.

En México hay 16.172 mujeres en prisión, según los datos de febrero de la Secretaría de Seguridad Pública. Ellas son solo el 6,2% de toda la población penitenciaria, lo que las obliga normalmente a hacinarse en sectores pequeños dentro de cárceles para hombres. En Barrientos, esa área se llama Dormitorio 6. EL PAÍS accede a esta prisión con la organización La Cana, que da trabajo, asesorías y talleres a mujeres en prisión. El de esta semana es un encuentro especial: “Yo nunca tuve la oportunidad de marchar”, cuenta Daniela, que lleva unos meses en el penal, “entonces me emociona mucho que lo que preparemos vaya a estar en la marcha”.

“¿Alguna sabe qué conmemoramos el 8 de marzo?”, pregunta Mercedes Becker, la directora de La Cana, al grupo de 32 mujeres que la observan expectantes. “Es cuando murieron mujeres”, apunta una; “fue cuando empezaron los feminicidios”, añade bajito otra. El penal de Barrientos, que ya se ha quedado atrapado entre los negocios y las casitas bajas de Tlanepantla, es una de las cárceles más duras del país: tiene capacidad para 1.500 personas, pero sobreviven ahí dentro 5.800, casi cuatro cuatro veces lo permitido. De todos, 500 son mujeres. Ellos tienen que dormir parados, sentados o incluso amarrados a los barrotes; ellas pueden llegar a ser 80 en una celda. Muchas —170 mujeres— no han recibido todavía una sentencia, pero ya están pagando el precio.

“Quiero buscar a mi hija. Está desaparecida”, cuenta entre lágrimas María Eugenia Bustamante, que de sus 40 años ya lleva cuatro en prisión, sin haber sido condenada. A Jessica Chávez Bustamante se le perdió el rastro en junio de 2023, un año después de que su madre ingresara en el penal. Tiene ahora 19 años. Sus abuelos han visitado hospitales, fosas comunes y han puesto el boletín de búsqueda, pero no han encontrado ninguna pista. María Eugenia, que tiene su próxima audiencia esta semana, levanta su cartel para el 8M: “Te seguimos buscando Jessica”. Así lo afirma: “No me voy a cansar hasta encontrar a mi hija”.

“No he escuchado una historia de una mujer que está en prisión y que no haya sufrido violencia”, mantiene Becker, que es cofundadora de La Cana: “Llámese abuso sexual, violencia física, violencia familiar, abandono de la escuela porque eran mujeres… toda su vida está atravesada por una violencia estructural”. Al preguntárselo a Karina Mateos, ella enumera: sufrió discriminación toda su vida por ser mujer, por ser indígena —de la comunidad otomí—, y también por ser empleada doméstica. Mateos afirma haber sido condenada por un delito que nunca cometió, a causa de un crimen que sucedió en la casa donde ella limpiaba y de la que la declararon culpable por estar en el lugar de los hechos. Lleva más de seis años en prisión; cada uno de ellos, su madre ha ido hasta San Juan de los Lagos, en Jalisco, para pedir por su libertad. En cada viaje le trae una prenda beige (el color permitido en la cárcel) en la que se lee: “Alguien que me quiere mucho me trajo esta playera”.

“No más sentencias injustas”, han escrito Daniela, de 24 años y sonrisa amable, y Karla Gómez, de 42 y pincitas en el pelo. Abajo han añadido: “Por una segunda oportunidad”. “Creo que eso es lo que más anhelamos, día con día”, dice Daniela, que con solo cuatro meses en prisión ya puede afirmar: “La sociedad nos juzga demasiado, aunque no seamos culpables”.

El Centro Zeferino Ladrillero registró que la mitad de las personas en prisión en el Estado de México —la entidad con mayor población penitenciaria, 37.550 personas— había sido procesada con pruebas fabricadas, signos de tortura o violación a sus derechos humanos. La propia Cana, que da asesoría legal a las mujeres, ha acompañado, por ejemplo, los casos de Cynthia Bazán, quien fue tres años presa por presuntamente robar 150 pesos (unos ocho dólares); por haberse montado en el coche equivocado como Ruth Verónica, o por haber sido enmarañada en una fraude como Maricela Rodríguez. Todas fueron absueltas o amnistiadas, pero el beige del uniforme —aseguran— se queda pegado.

¿Y qué es para ti el 8M?

“A mí nunca me lo enseñaron, lo conocí aquí dentro, pero yo entiendo que el 8M enseña que las mujeres somos valiosas”, dice Ayleen, con miedo a equivocarse. “Para mí significa que las mujeres no debemos ser olvidadas”, apunta Karina Mateos. “Que todas las mujeres somos importantes en el país, porque la economía depende de las mujeres”, menciona Rosalva Pérez, una mujer de ojos amables y sonrisa triste a la que todas conocen como doña Ros. “Yo no estaba familiarizada, pero ahora sé que es para conmemorar la gran labor de las mujeres, por lo que lucharon… que somos unas guerreras”, dice tímida pero convencida Karla Gómez.

Reconoce Angélica Olvera, de 37 años, que antes de entrar en prisión pensaba que todas las que estaban ahí dentro eran delincuentes. “Cuando llegué aquí dentro, me di cuenta de que no. Aprendí a convivir con 500 mujeres y a valorar todo: desde mi despertar hasta el volar de los pájaros”, dice y se ríe: “Perdón que soy bien cursi”. Entre esos aprendizajes está el 8M: “Cuando yo estaba fuera, pensaba que era otro día que se habían inventado, porque hacen días para todo, ni me importaba. Ahora sé que es el día para reivindicar la lucha de las mujeres”. También Rebeca Rivera, de 36 años, ha conocido aquí dentro la historia de las 149 personas, la mayoría mujeres, que murieron en el incendio de una fábrica en Nueva York detrás del origen del 8M. Esta joven, que era policía de Atizapán (Estado de México), nunca se imaginó estar dentro de estos muros: “He visto la otra cara de la moneda del sistema de justicia”.

Las peticiones dentro se parecen mucho a la que escriben otras mujeres fuera. Piden que los salarios sean justos, equitativos para hombres y mujeres; que las familias dejen de ser machistas, que no impidan a las mujeres trabajar o estudiar o salir; que defiendan su libertad; que se acabe la violencia y la discriminación, que haya “un poquito más de igualdad”. ¿Un mensaje para lanzar afuera? Sin dudar lo dice doña Ros: “Más justicia para las mujeres”.

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