El calvario de «Patota» Morquio: «No tengo ni para cargar la SUBE y voy a los comedores de la Ciudad: si no, no comemos»

El calvario de «Patota» Morquio: «No tengo ni para cargar la SUBE y voy a los comedores de la Ciudad: si no, no comemos»


Dice que toda la vida fue un rústico como futbolista, al ser un zaguero central empeñoso, áspero y poco elegante, pero también dice que fue feliz, que ya cumplió el sueño, su sueño en esta vida. El uruguayo aporteñado Sebastián Morquio (50) vive en Buenos Aires y se siente un argentino más. Sus quince años de trayectoria lo llevaron por varios clubes y distintos países, pero el inconsciente colectivo futbolero lo asocia con Nacional de Montevideo y Huracán, sus máximos amores. Se retiró en 2011, en Deportivo Maipú de Mendoza, y desde entonces se supo poco de Patota, como lo apodó el relator Miguel Simón por su rudeza.

En las últimas horas utilizó sus redes sociales para pedir ayuda, con vergüenza, sinceridad y sin que le temblara el pulso. «Disculpen que los moleste. Realmente estamos muy complicados. Necesitamos que nos ayuden. Dejo mi alias», escribió. Y horas más tarde publicó: «Busco trabajo urgente de lo que sea. Y lo que no sé lo aprendo».

«No es fácil rebajarse para pedir ayuda, sobre todo para alguien que fue un poquito conocido en el mundo del fútbol. Cuesta, pero estoy en una situación límite. Digo que no es fácil porque la bola crece y se dicen muchas boludeces. Pero antes de publicar lo consulté con mi mujer, la jefa, y estuvo de acuerdo -sonríe-. Todo lo hago en consenso con ella: no me corto solo», le dice a Clarín expresándose con propiedad y serenidad pese al difícil presente. En su urgencia no hay desesperación, sino equilibrio.

Sí reconoce que le da pudor profundizar sobre cuestiones particulares y familiares, y también ahondar sobre haber sido víctima de estafas, injusticias y malas decisiones propias que lo dejaron sin recursos.

«Yo estoy pidiendo trabajo. Necesito laburar de lo que sea. Hace cinco meses que estoy parado, sin generar prácticamente ingresos, y tengo que darle de comer a mi familia y sacarla de este lugar de tres por tres. Tengo una mujer y tres hijos. ¿Sabés lo que sale un paquete de pañales? No tengo ni para cargar la SUBE«. Hay un cuarto hijo, de 11 años, que vive con la madre en Montevideo.

Escuchar al ex futbolista que jugó en Rusia, Chile y Perú retuerce el estómago, pero no porque genere lástima ni compasión. Todo lo contrario: su entereza y optimismo sacuden.

«Fui mozo, laburé en una pizzería en Liniers y me echaron por ser un reconocido hincha de Huracán. Me tuvieron quince días a prueba, me sentía de diez, re buena onda con los clientes, muchos de Vélez, con quien tenía la mejor, más allá del folclore del fútbol -subraya pícaro-. Pero los dueños me bajaron el pulgar por ‘mi perfil’, según me dijeron. Eso fue lo último que hice, en febrero».

Los mensajes de Morquio en sus redes sociales. Foto: Instagram

El diálogo con Clarín es en una austera y oscura habitación de hotel, en Congreso, donde vive Morquio junto a su mujer Madeline, dominicana, dos hijas del corazón de 17 y 9 años, y Eloísa, una bebé de 16 meses.

«Es un cuartito con tres camas. Te imaginarás que no es nada sencillo. No tenemos ni heladera ni cocina y el baño hace las veces de oficina o del espacio para poder hablar con mi mujer, porque cuando estamos en la habitación, las hijas son la prioridad», explica. Una tele chiquita, empotrada en la pared, devuelve imágenes silenciosas con dibujitos animados.

La voz de Morquio nunca se resquebraja y siempre mantiene un tono positivo, esperanzador. «Hace más de un año que estamos acá, viviendo así, apretados pero muy unidos. Antes vivíamos en un departamento en Gallo y Soler, Barrio Norte, donde alquilábamos», recuerda.

l ex jugador dialoga sentado en un costado de la cama, que hace de escritorio; su mujer está del otro lado dándole la mamadera a Eloísa. «Estamos más juntos que nunca y confiamos en que vamos a salir. Por ahora es esto, pero tenemos amor y fuerza», apoya Madeline, que abraza la pierna de su marido.

Con la camiseta de Huracán, frente a Racing. Siempre se caracterizó por ser un jugador fuerte, rústico y de nunca dejar de imponer su fiereza.

Prefiere no irse al pasado, dice que le urge el presente. «Yo cumplí mi sueño, tengo la vida hecha. Hice todo lo que quería como futbolista, vistiendo muchas camisetas y dos de ellas que amo. Pero hoy yo lucho por mi familia. Quiero darles un lugar digno. Tengo una hija de 17 años que es abanderada y es un orgullo para todo el grupo. Pero quiero darles dignidad, que tengan su lugar, las chicas por un lado y mi mujer y yo, por otro. Me cuesta mostrar mi casa -hace una pausa-. Es como mi casa, sí… Me cuesta mostrar la miseria, pero con la frente en alto«, saca pecho.

Desde que publicó en las redes hace menos de dos días, le llegaron distintas propuestas que, dice, está analizando. «Muchas tienen que ver con venta de productos, de suplementos energizantes, y otras con algún emprendimiento. También dirigir partidos en torneos barriales. Y hasta me llegó algo que prefiero no comentar mucho, pero tiene que ver con mudarse a Entre Ríos. Todo se agradece y todo se estudia -relata-. Si vos me preguntás, yo te diría que me gustaría tener un trabajo fijo, con horario, con sueldo. Estoy abierto a aprender lo que sea».

"En otra vida, junto al ídolo", recordó Morquio una vieja foto suya junto a Maradona.

Cuenta que el último trabajo con salario fue como técnico en una liga de Luján hasta octubre de 2025. «No vale la pena mencionar el equipo. ¿Para qué le vamos a hacer publicidad? Estaba en negro, sin contrato, ganaba 1.200.000 pesos y me bajaron el sueldo a 800.000. El presidente me decía que no me podía pagar más, hasta que me echó. Yo dirigía la Primera y la Reserva, con la que salimos campeones… Les dimos el primer campeonato de un equipo de ese club y así se portaron», mastica impotencia.

Dice Morquio que se contactaron del Gobierno de la Ciudad para conocer su situación y ver cómo lo pueden asistir. «Me ayudan con la comida. Vamos a los comedores del Gobierno para el almuerzo y la cena. Voy, busco la comida y vuelvo… Es así, no queda otra: si no, no comemos», explica con una sonrisa de aceptación más que de resignación.

Festejando un gol con Huracán y mostrando la camiseta con sus dos amores: el Globo y Nacional de Montevideo.

Y se embala con el mismo ímpetu que tenía cuando marcaba a un delantero. «Tengo fuerzas y me sostiene la familia: ellas son mi pilar. No me puedo dar el lujo de deprimirme. Quiero hacer las cosas bien y no ir por izquierda. Yo no soy chorro, punga ni narco. Estoy limpio, por suerte. A pesar de mi urgente necesidad, quiero salir adelante porque estas mujeres me necesitan. Estoy enfocado a lo que venga. No miro más para atrás, ya me mandé mis cagadas. Como todo el mundo, me equivoqué. Pero ya fue…», describe.

Se le consulta por el ambiente del fútbol, si recurrió a pedir ayuda, y rápidamente reacciona: «Claro, estuvieron presentes, me llamaron, pusieron la mano en el bolsillo y me pidieron el alias de mi cuenta… Eso fue un gran espaldarazo, un subidón. No se borraron, me bancaron y están, claro que están, pero por supuesto que tienen sus cosas, sus problemas. El fútbol me dejó buena gente».

"No es fácil rebajarse para pedir ayuda, sobre todo para alguien que fue un poquito conocido en el fútbol", explica Morquio con pudor y vergüenza.

Hace memoria y los menciona cuidadosamente. Arranca con Miguel Brindisi y sigue: Hernán Buján, Gastón Casas, el Laucha Lucchetti, Diego Dabove, Diego Ledesma, el Pelado Moner, Bazán Vera, Martín Ríos, el Turco Marchi desde Agremiados, Alejandro Nadur, ex presidente de Huracán.

«No me quiero olvidar de nadie… Pero yo no pude salir o no supe. Llevo cinco meses en esta situación. ¿Qué pueden hacer? Además, yo no quiero plata: quiero trabajar para las cosas básicas de la vida», subraya por enésima vez.

Muestra que tiene dos currículums, uno con su trayectoria en el fútbol, que tuvo su punto final con la camiseta de Deportivo Maipú de Mendoza (2011), y otra con sus oficios de mozo, seguridad y conductor de vehículos. «Estuve como guardaespaldas y chofer de una persona conocida del mundo del póker y la tele. Fue una buena experiencia, duró un año y se cortó -rememora-. Quiero decir que estoy para ser chofer, para ser mozo o ponerme a aprender una actividad que desconozco. Estoy bien de salud, entero».

Se permite una digresión, un cambio que oxigena la charla y le dibuja una sonrisa sin nostalgia: «Patota me lo pusieron en un partido en Mendoza, entre San Martín y Huracán, en el Ascenso, en 2000. Tenía que marcar a un gigante paraguayo, Chiquito Romero, y nos veníamos fajando de lo lindo. En una jugada aislada, en un pelotazo, salté y le puse una plancha en la nuca. Se me vinieron todos al humo y empecé a torearlos con la cabeza a ver quién era el más guapo. No me achiqué. El partido lo relataba el Flaco Miguel Simón, que dijo algo así como ‘Ahí va Morquio patoteando, ahí va Patota Morquio’ y quedó. Hoy, a la distancia, es simpático».

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