Seis mujeres acaban de perrear un féretro frente a doscientas personas. Desfilaron una tras otra, se agacharon hasta pasar de bípedas a cuadrúpedas y sobaron sus nalgas contra la madera. Hacía tan solo unos minutos, eran señoras que lloraban la muerte de un ser querido. Algunas a gritos incontenibles y otras más bien entre murmullos, con los ojos inflamados y cansados de tanto llorar. Hasta que un cantante en silla de ruedas irrumpió en la Villa Señor de los Milagros, un barrio del distrito de Carmen de la Legua, en el puerto peruano del Callao.
Pero en esta esquina de un parque sobre el que se ha instalado un toldo, la tristeza se ha puesto a bailar. La calle se ha encendido a ritmo de reggaetón. El Cangri del Callao —gorra, polo ancho de béisbol y una bermuda que deja al descubierto el vendaje de su rodilla derecha— domina la escena desde su trono de cuatro ruedas. “Yo no soy tu marido, ni tampoco tu hombre, solamente el cangri que cuando tú llamas te responde”, canta a unos pasos de la gigantografía del finado: un tipo robusto, de tez canela, vestido de arquero que levita en el cielo.
No es otro más de los velorios que anima desde hace un año. Matthew era uno de sus amigos de infancia, con los que peloteó cientos de veces al pie de las vías del tren. Matthew no era un bandido que fue acribillado por unos gatilleros con los que tenía algunas cuentas pendientes. Era, más bien, un hombre de 37 años al que se lo llevó la diabetes, esa enfermedad silenciosa que primero te negrea el cuello y, en un abrir y cerrar de ojos, te cercena una pierna.
Su esposa, sus hermanas, sus primas y sus amigas han preferido despedirlo a veinte uñas, en un perreo intenso hasta abajo. Nadie está escandalizado. La madre de Matthew, que ha observado el bailoteo con serenidad, se acercará después al Cangri del Callao para agradecerle por el gesto de no cobrar por el show. Eso sí, le han armado una bolsa para pagarle a su DJ y a sus coristas. Será una jornada incompleta: por el peso y la estatura del muerto, no podrán finalizar el espectáculo cargando el ataúd para rociarle cerveza. Pero aun así repetirán a todo pulmón: “Levántame el cajón, levántame el cajón. Tírame la chela, tírame la chela”.
Cristian Daniel Huancahuari Armes, el artista que intenta robarle una sonrisa a la muerte, recibe a EL PAÍS en su casa con un vaso de jamaica. Es un espacio amplio, de un par de pisos, con cámaras en la fachada, donde solo se puede ingresar con su huella digital. Los envidiosos no deben conocer su paradero. En el jardín, un juguete flota sobre una piscina de plástico y la parrilla aún tiene algunos restos de comida. “A mis 40 años ya no busco la felicidad, busco paz. La estoy experimentando y no la quiero soltar”, dice, sentado en el sofá de su sala, con las muletas al lado.
Al Cangri del Callao lo operaron hace unas semanas de los meniscos. Una vieja lesión que contrajo en un partido de fútbol y que demoró siete años en atender. Son tiempos mejores donde no falta dinero para cubrir sus necesidades y las de sus tres hijos. Tiempos donde la viralidad le ha permitido viajar por primera vez a Estados Unidos y Japón después de un 2025 con más de trescientos shows. Desde cumpleaños, quinceañeros, matrimonios hasta lo más llamativo de su cartera de negocios: animar velorios.

Cuando comenzó a repartir flow para expresar sus condolencias, le tiraban maldiciones en las redes sociales. Le decían que, más que honrar al difunto, invocaba al diablo, y que algún día pagaría por ello. Pero a este chalaco que de niño vendía dulces y de adolescente alquilaba luces y sonido, la fortuna le ha dado su bendición. Tras estar alejado durante muchos años de la música, el Cangri resucitó luego de la pandemia, con un repertorio que homenajea a los viejos ídolos del reggaetón como Daddy Yankee —de quien ha tomado prestado su apodo— y Nicky Jam.
Aunque muchos lo pongan en duda, el Cangri tiene modales: nunca pregunta de qué murió la persona a la que le canta y siempre pide permiso para darle el último adiós. Sus clientes son de todos los rincones de Lima, aunque cuando se trata de velorios, la mayoría son del Callao, un pueblo que carga con el estigma de la delincuencia. No hay semana en la que las bandas no se maten entre sí. Hay quienes bromean con que el aumento de los homicidios beneficia a su negocio, pero él se dirige con seriedad. No se le escapa ninguna risita.
“Mi intención es que las personas entiendan que hay que recordar a la gente con alegría. El dolor va a estar allí, pero ¿por qué no olvidarnos un rato de la tristeza? Yo quiero unir al Callao”, afirma. El Cangri está tranquilo con su conciencia. Alguna vez, luego de una presentación, sintió una palmada en el hombro. Cuando volteó, no había nadie. Atrás solo estaba un cuerpo en el descanso eterno.

Si bien su tono de voz y sus palabras contienen el fragor del barrio, el Cangri es un conservador. No porta lentes oscuros, tiene apenas un tatuaje —el año de su nacimiento, 1986, en la pelvis, para tapar una mancha— y se hizo su primer piercing el año pasado. “No quería darles un mal ejemplo a mis hijos”, dice. Pero, asegura, que ahora que ya están grandes se tatuará los ojos de los tres en uno de sus antebrazos.
Hace quince años, el Cangri creó un grupo llamado Los Cangri Boys, donde era mánager, DJ y cantante. Con ellos produjo jingles para las campañas de políticos que después le dieron la espalda. Uno de ellos fue el expresidente Ollanta Humala. “Yo caminé con él y su esposa Nadine (Heredia), los hice ganar las elecciones y después, cuando los busqué en Palacio, se hicieron los locos. Por eso no trabajo con políticos. Son lacras”, dice este artista urbano que hasta hace unos años pretendía postular a la alcaldía de su distrito. Hoy solo piensa en la música y en sus otros negocios: un restaurante y un local de eventos.
El sueño del Cangri es viajar a Puerto Rico, conocer a otros capos del reggaetón como Baby Rasta y Gringo, grabar con Nicky Jam y promocionar temas inéditos. A inicios de este mes, cumplió 40 años. Lo festejó con un cajón rojo que llevaba su nombre y una torta con un ataúd de mazapán. “Ya adelanté mi velorio. Ya me lo gocé por si acaso. Como dice la canción: ‘Lo que me vayan a dar, que me lo den en vida”.










