el desafío de recuperar espacios de encuentro en la era de las redes

el desafío de recuperar espacios de encuentro en la era de las redes

Durante siglos, la vida social tuvo un ritmo sencillo: de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa. Luego aparecieron refugios cotidianos en los que se podía pasar horas sin obligación de producir, comprar o rendir cuentas como bares, plazas y clubes.

El avance de los algoritmos y la epidemia de soledad en las grandes ciudades puso en crisis estos espacios justo cuando más los necesitábamos. ¿Cómo recuperar las oportunidades para encontrarnos con desconocidos?

En la década del ‘80, el sociólogo Ray Oldenburg acuñó el concepto “tercer lugar” o “tercer puesto” para señalar lugares físicos que no son ni el hogar ni el trabajo pero que cumplen la función de permitir conversaciones espontáneas, vínculos intergeneracionales y un sentido básico de comunidad.

Durante el siglo XX, cafés parisinos, pubs ingleses y cervecerías alemanas fueron el paradigma de estos templos de sociabilidad despreocupada. Espacios donde la charla era la actividad principal, donde cualquiera podía sentirse parte y en los que las diferencias sociales se diluían. Según Oldenburg, estos ambientes funcionan como “anclas de la vida pública”.

Sin embargo, la pandemia aceleró un proceso que venía en marcha: la retracción de la sociabilidad. En los Estados Unidos, por ejemplo, las encuestas muestran que cada vez menos personas interactúan con extraños y que, incluso viviendo en ciudades llenas de cafés, gimnasios y parques, la mayoría no utiliza esos lugares para crear comunidades reales.

Y en ciudades europeas como Berlín (“capital mundial de la vida nocturna”), la mitad de los boliches históricos están en riesgo de cierre por gentrificación (renovación inmobiliaria: barrios pobres comprados por ricos), aumentos de alquileres y cambios generacionales.

En paralelo, los vínculos virtuales crecen de manera implacable gracias a las interacciones muy eficientes, pero incorpóreas, de las redes sociales, las conversaciones de WhatsApp y, cada vez más, los chatbots de Inteligencia Artificial. Como explicó el periodista estadounidense Patrick Kho, estas conexiones curadas por algoritmos no nos acercan a los demás, sino que nos alejan.

Y es que la sociabilidad auténtica necesita espontaneidad, no programación; necesita fisuras donde el azar pueda filtrarse. En un mundo donde todo intenta ser útil, estas conversaciones inútiles se vuelven un acto de resistencia. Son la gimnasia emocional que evita que la vida pública se desintegre.

Los terceros lugares no solo alivian la soledad social. También actúan como espejos donde se afinan nuestras identidades. No somos los mismos en casa ni en el trabajo que en un bar donde nadie nos conoce, en una plaza donde asistimos sin expectativas o en una biblioteca donde el silencio genera afinidad.

Oldenburg advirtió hace 40 años que para que un tercer lugar funcione debe estar libre de la lógica del rendimiento. Allí no vamos a vender, a promocionar, a hacer networking ni a cerrar objetivos sino que vamos a estar.

A dejarnos llevar por una charla que no conduce a ninguna parte, a mezclar edades, orígenes y profesiones. Son esos pequeños encuentros que, sin prometer nada, nos devuelven el mundo.

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