Hace justo diez años, en 2016, la elegida por el Diccionario Oxford como palabra del año fue posverdad. La elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, la noción de la existencia de “datos alternativos” a cualquier historia oficial y el asentamiento de una cultura en la que la verdad —y con ella, la realidad y su interpretación colectiva— se tornaban cada vez más líquidas y difusas marcaron ese momento.
La última década bien pudiera definirse por la evolución de esa tendencia. Pero, ¿qué hay después de la verdad? La reciente entrada de la inteligencia artificial como un jugador más en este tablero; el quiebre en términos de relatos (particularmente salubristas y en torno a las nociones de libertad) que advino con la pandemia; y la disonancia colectiva en la que vivimos con relación a hechos sobre los cuales antes podíamos estar de acuerdo en su veracidad han, no solo cambiado el escenario político global, sino generado entre la gente un hambre por la verdad que no parece poder saciarse.
En el mundo posterior a la verdad, sorprende mucho menos el descubrimiento de un político o figura de poder en una mentira, que la posibilidad de que diga algo real, así sea una aberración. Entusiasma mucho menos, incluso. En la era de la posverdad, ya da igual cuántas verdades revelamos tras una campaña electoral o puesta en escena del poder; lo que se quiere es acceder y, sobre todo, sentir algo que pueda interpretarse como verdad. De Donald Trump a Javier Milei, pasando por Jair Bolsonaro y Nayib Bukele, entre otros, hemos visto este modo de hacer política triunfar entre los amplios sectores de la sociedad que los elige y defiende.
Mientras, la oposición, tantas veces, se concentra en atacar o deshumanizar a quienes les aplauden sin esforzarse por entender que no todo el que los celebra comulga con cada una de sus posturas, pero están tan hartos que prefieren un horror expuesto y estridente, que una verdad amable o una difícil de digerir.
Por supuesto que esa estridencia también ha despertado y autorizado desde la oficialidad la expresión de todo tipo de prejuicios y la revelación del verdadero sentir de muchas más personas que las que mostraban los tiempos de la compostura. No pocos estadounidenses coinciden con su presidente cuando afirma que los inmigrantes son criminales; que a las mujeres se les puede hacer cualquier cosa sin ninguna consecuencia cuando eres una celebridad; o que si un oficial del ICE asesina civiles destempladamente (como todo el mundo ha visto en numerosos ángulos de video), no pasó lo que sabemos que pasó, porque así lo han dicho y se acabó.
La lista es infinita y sus exabruptos prejuiciados —con consecuencias reales y mortales en los grupos marginados y señalados— ya no sorprenden a nadie. Como si dijeran: “Ese es el abuelo que se le va la mano y no pasa nada”. Lo que pasa es que pasa todo y sigue pasando.
Para Milei, llamar burro a otro economista, a la “casta política” una “organización criminal y una mafia”; para Bukele, bromear con ser el “dictador más cool del mundo”; y para Bolsonaro, decir que “las mujeres deben ganar menos porque quedan embarazadas”, entre incontables expresiones que hubiesen acabado la carrera de cualquier político en el pasado, apenas les dejan el mínimo rasguño. “No me gusta lo que dice, pero es genuino”, escucho decir a la gente una y otra vez.
En la política solíamos pedir que nos mintieran bien, si era posible. Cuidar las formas era fundamental, evitar el escándalo, lucir como un hombre o mujer de Estado. Hoy es todo lo contrario; hoy triunfa el deseo de una onza de realidad. Como si se dijera: revélame lo más siniestro, me da igual, con que crea que dices la verdad, que hablas sin filtros.
Supongo que no podría ser de otra manera en la era en que los filtros, los avatares y las distancias físicas son el punto de partida para las interacciones de tantas personas alrededor del mundo. Y lo son también para la difusión de los mensajes en la política cuando la democracia misma se aferra a uno de sus fundamentos esenciales: la voz. La ciudadanía tiene algo, mucho, todo que decir sobre su realidad, pero, si nadie escucha, se apoya al que grite más alto.
La democracia podría sobrevivir sin filtros; lo que sucede es que lo que se está filtrando es lo social, lo cultural, pero nadie se ocupa de filtrar los accesos desmedidos al poder económico, bélico y de influencia.
Por otro lado, los filtros importan. ¿Cómo vamos a vivir si todos decimos lo que pensamos en cada ocasión? Socializar requiere de un balance enorme entre pensamiento y acción. No por ser menos honesto, sino por colocar el bien común por encima del individual.
Hace falta todo tipo de esfuerzos para defender este modelo de gobierno tan asediado. Va desde lo más pequeño: más ejercicios democráticos a menor escala, ensayar la toma de decisiones colectivas desde lo más íntimo, desde la república del hogar y la comunidad. Hasta lo más expansivo: el uso del mecanismo mismo del gobierno para regular, detener y hacer frente a la desigualdad social que tan disparada está globalmente. Si no, estos hombres frágiles que se venden como hombres fuertes continuarán siendo lo que son hasta ahora: los bufones que entretienen al público, mientras la banda de intocables (ese 1% cada vez más estrecho) se lo traga todo.









